Con sinceridad les digo que no sé por qué resulta tan difícil explicar (o tan difícil entender) que un sólo contagiado en España es una pésima cifra de contagiados…
Y no, no es una pésima cifra en otros países, sobre todo en aquellos donde se aplican las medidas adecuadas y de forma intransigente.
Si algún partido deseara derribar de verdad a este gobierno mendaz e irresponsable sólo tendría que acotar una provincia o una comunidad autónoma bajo su control y proceder a aplicar exhaustivamente como experiencia piloto el catálogo de medidas a su alcance que han puesto en marcha en países enteros con un éxito incontestable.
No hace falta ser especialista en virología ni en nada para saber que los virus, por lo general, no desaparecen por arte de magia, a menos q se produzca una mutación de los mismos, en cuyo caso no es que desaparezcan, sino que dejan de importarnos y conviven con nosotros como parte misma de la naturaleza.
Mientras eso no ocurra, un contagio, sin todo el catálogo de medidas necesarias, es equivalente a miles de contagios: sólo es cuestión de tiempo.
Mientras el objetivo que mantengan las autoridades sea el de contener en cifras no alarmantes los contagios, sólo es cuestión de semanas o unos meses para que esa cifra se desborde de forma inexorable. Y lo hará siempre al modo de una oleada explosiva, que no es segunda ni tercera, sino la misma del comienzo, cuando el 31 de enero se detectó un caso de un alemán en Canarias y para el 8 de marzo eran ya muchos cientos de miles, tal vez más de dos millones según los cálculos de entonces del Imperial College.
Pueden guardar todos los protocolos y distancias que quieran, en cuyo caso el crecimiento de contagiados será quizá más lento, pero unas semanas más tarde, la cifra otra vez será simplemente insoportable.
La primera barrera de lo insoportable en términos de gestión de recursos será cuando los servicios de atención primaria se vean desbordados (como ocurre ahora y desde hace ya varias semanas), pero el aldabonazo suena cuando se colapsan los servicios hospitalarios y empieza a no haber camas, ni respiradores ni personal sanitario suficiente que atienda a los pacientes. El bocinazo de máxima alerta, al fin, es cuando la merma del personal sanitario por contagio deja desabastecidos a los propios hospitales de sus recursos humanos.
Estas tres fases y sus consecuencias, que desembocó en la abominable práctica de los triajes y en el cierre de servicios de otras especialidades, ya las vivimos durante el primer confinamiento.
La actuación (o mejor, la no actuación) del Gobierno incurrió en el ámbito del ilícito penal al llevar al sistema al desabastecimiento (de EPIs, de mascarillas, de geles, de respiradores…) por una absoluta imprevisión y una pésima -tal vez también corrupta- gestión de tintes criminales.
Pero vuelvo a lo importante: la cuestión, el objetivo, no es reducir la cifra de contagios (la puta curva), sino reducirla hasta dejarla a cero, porque mientras haya un caso, ¡un sólo caso!, el reloj o el calendario se encargarán de convertirlo en oleada.
Ocurre, claro está, que mientras menos casos existan, más difícil es detectarlos pero más fácil es aislarlos una vez que lo localizas. Pero para todo ello necesitas un sistema que de forma intransigente acumule el catálogo completo de medidas de aislamiento inmediato, de él y de su entorno sospechoso, ya sea por haber estado en contacto o por haber compartido espacios incluso sin saberlo.
He ahí para lo que sirve aquello de la geolocalización que este gobierno inútil e irresponsable no ha utilizado nunca y nos ha traído hasta la segunda ‘oleada’ y nos conducirá en sus brazos, no lo duden, hasta la tercera…, mientras no aparezca una vacuna eficaz.
En otros países (Corea del Sur, Japón, Taiwán, Singapur, China, Emiratos…), la geolocalización se ha empleado para saber, cuando la realización de PCRs detecta un caso, qué ciudadanos han estado en ese mismo local o en esa misma zona que el afectado en los 15 días subsiguientes.
En el caso chino, el teléfono móvil te avisa en base a las compras realizadas en los establecimientos donde el infectado efectuó un pago (la inmensa mayoría de los pagos se hacen allí mediante el teléfono). Si tú hiciste un pago en el mismo día o en los días posteriores en alguno de los locales donde lo hizo el contagiado, pasas a ser sospechoso (el móvil te lo avisa en color verde-naranja-rojo) y eres sometido a prueba PCR y, en su caso, a confinamiento o cuarentena inexcusable de 15 días, de la que sólo sales con otra PCR posterior.
El parámetro de las compras no es el único posible y cada uno de los países citados ha usado un criterio u otro, según sus modelos y posibilidades, pero todos permiten una persecución extrema y selectiva de los casos detectados. Entre tanto, a quienes llegan desde el exterior se les exige PCR y cuarentena. El resultado salta a la vista y la economía casi no ha parado desde entonces.
Todo esto lo saben Sánchez, Illa y Simón, pero aquí, ya digo, no se ha hecho nada ni siquiera parecido y el muy infame Illa, el muy desahogado Simón y el ya insuperable Sánchez se han limitado a regurgitar palabrería vana e inoperancia a través de la televisión para descargar su responsabilidad sobre los ciudadanos (nos acusan de manera genérica de no cumplir suficientemente con los protocolos) o sobre las Comunidades Autónomas, para lavarse las manos con el hidrogel de la poca vergüenza y del desparpajo. Sólo saben confinarnos. Y les sale gratis.
He dicho.






2 Comments
Me niego en rotundo, a que nadie, y menos un gobierno pueda rastrear mis pasos. La intimidad de la gente y su geolocalizacion, es para mí un derecho fundamental. He estado, y sigo perseguido por otros, toda mi vida, sin tener delitos de justicia.
Si la prensa necesita hacer esto, que lo justifique. Muchas gracias.
El decreto está hecho, caballero. Y no lo usan porque son unos inútiles. Además, existen otros parámetros de rastreo que no implican tanta invasión, la cual, además de que puede quedar exenta de forma protegida y telemática, no olvide que también está expuesta y es rastreada hoy sin su consentimiento. Y, en todo caso, hay otros variados sistemas que requieren de la colaboración del ciudadano que no pueden ser usados sin su aprobación y participación voluntaria. Por ejemplo, el sistema bluetooth empleado en Singapur o en Emiratos.
Considéreme entre los que desconfían plenamente de la invasión de la intimidad por parte de nadie y menos del Estado, pero me niego también a que me encierren como a un conejo.
Saludos y gracias..