Como mujer gitana, terapeuta y facilitadora sistémica, mi historia vital no puede separarse de la historia de mi pueblo. Escribo desde la vivencia y desde la memoria, porque al observar mi propio linaje comprendí que la sanación individual está imbricada en la historia colectiva.
El pueblo gitano llegó a la península ibérica en el siglo XV, y desde entonces ha vivido una historia de exclusión, persecución institucional y estigmatización social. Documentos históricos como las Pragmáticas de los Reyes Católicos (siglo XVI) o la Gran Redada de 1749, ordenada por orden del rey Fernando VI, representan momentos clave de una política de “control social” que buscaba separar familias, asentar o incluso diluir culturalmente a nuestra comunidad (Fraser, 1992).
Como apunta Ian Hancock, investigador reconocido internacionalmente sobre romaníes, “las políticas antigitanas no solo buscaron el control, sino la eliminación de nuestra identidad como pueblo”. Esta afirmación resuena con fuerza cuando se revisan las leyes de la monarquía hispánica desde el siglo XVI hasta el XVIII.
A pesar de ello, la comunidad gitana ha mantenido una extraordinaria capacidad de cohesión interna, transmisión cultural y resistencia, no solo física, sino también emocional y espiritual, que se traduce en valores como la familia, la lealtad, el honor, la palabra y la memoria de los ancestros.
La bandera gitana fue establecida por primera vez durante el Primer Congreso Gitano celebrado en Londres en 1971, durante el cual se perfiló también el que sería el himno gitano (Gelem Gelem).
Es una adaptación de la bandera de la India. Se divide en dos franjas horizontales, azul y verde, con una rueda roja en el centro. La parte superior, azul, simboliza el cielo, que es el techo del hogar del pueblo romaní. La inferior, de color verde, simboliza el suelo, el mundo por el que transitan. La rueda, también presente en la bandera de la India, expresa los deseos de libertad de circulación más allá de las fronteras establecidas.
La bandera gitana es seña de identidad de la comunidad romaní disgregada por todo el planeta. Como tal fue empleada durante el funeral del cantaor flamenco andaluz Camarón de la Isla (1950–1992), cuyo féretro fue cubierto con esta enseña
El himno:
Gelem Gelem (en romaní anduve, anduve) es el nombre que recibe habitualmente el Himno Internacional Gitano. También es conocido por los siguientes títulos: Djelem Djelem, Zhelim Zhelim, Opré Roma y Romale Shavale.
El Himno Internacional Gitano fue declarado formalmente como tal durante el Primer Congreso Internacional Gitano celebrado en Londres en 1971, durante el cual se percibió la necesidad de establecer un himno y una bandera común que unificara a las diversas comunidades gitanas dispersas por todo el planeta.
La mirada sistémica reconoce que las familias son sistemas que operan con reglas invisibles que sostienen o desordenan la vida de cada integrante. Bert Hellinger desarrolló la idea de que ciertos movimientos emocionales y de destino atraviesan generaciones y pueden manifestarse como patrones repetitivos de sufrimiento no resuelto.
En Órdenes del amor Hellinger describe que “el amor busca siempre el orden, y cuando el orden falta, el amor se transforma en desorden”. Aplicado al contexto gitano, este concepto resuena profundamente con la forma en que la exclusión sistémica ha generado heridas colectivas que se transmiten de una generación a otra.
La disciplina de las constelaciones familiares nos invita a tomar consciencia no solo de nuestras historias individuales, sino de cómo las historias no resueltas de nuestros ancestros pueden condicionarnos de formas invisibles. Esta perspectiva me permitió entender que muchas de mis preguntas internas tenían raíces en experiencias no vividas directamente por mí, pero sí por quienes me precedieron.
La cultura gitana se expresa no solo en tradiciones visibles, sino en una forma profunda de sentir, de estar en el mundo.
Familia como núcleo central, el sistema familiar se vive como un organismo completo donde nadie es excluido.
Respeto por los mayores, los ancianos no son solo respeto, sino memoria viva.
Honra y palabra, la palabra dada tiene un valor ético superior al contrato escrito.
Espiritualidad comunitaria, la fe, el rito y la celebración son redes de conexión emocional.
Como escribió el antropólogo Scott G. (Romani Identity and Cultural Expression, 2007):
“La identidad gitana no es un constructo individual, sino una vivencia colectiva que se expresa a través de la familia, la memoria y los vínculos emocionales».
Esta cita no solo describe estadísticamente una cultura, sino que me resonó personalmente al reconocer en mi linaje familiar esa forma de sentir y vivir los vínculos.
La historia de mi familia no puede escribirse sin mencionar a dos mujeres cuyo legado ha sido fundamental:
Mi bisabuela: Doña Manuela Virtudes Romero Moreno — “la Ajuntaora”
Mi bisabuela no fue solamente una mujer dentro de su época. Fue una autoridad moral dentro de la comunidad gitana. Muchos gitanos de la península acudían a ella para recibir el ritual del pañuelo en el matrimonio, acto de profundo significado cultural que verificaba la honra y el lugar social de la mujer.
En un contexto donde la honra determinaba no solo la reputación personal sino el estatuto social, la palabra de mi bisabuela era ley. Su honestidad, coherencia y sabiduría se convirtieron en referentes que trascendían el entorno local y se extendían más allá de los límites geográficos.
Más allá del rito, su figura representaba la justicia interna del clan: su voz era respetada porque era sentida como verdadera.
Mi abuela: Rosario de la Cruz Romero, sostén del clan. Fue ella quien me crió en un verdadero clan familiar donde convivían varias generaciones. Ella no solo protegió vidas, sino que enseñó a sentir pertenencia. Me llamaba “su negra”, expresión de cariño profundo que me dio un lugar emocional privilegiado. Me enseñó a valorar la dignidad humana incluso cuando la sociedad externa nos negaba reconocimiento. Me mostró que la coherencia, la resistencia y la solidaridad no son solo valores, sino prácticas diarias.
Ambas mujeres —mi bisabuela y mi abuela— compartieron y sostuvieron familias mientras lidiaban con sus propias heridas, traumas y desafíos personales. Sin embargo, nunca dejaron de sostener. Esa fuerza no es anecdótica: es inherente a muchas mujeres gitanas que han sido pilares de sus comunidades.
Honro profundamente a mis padres, Salvador Martínez de la Cruz y Francisca Martín Irlandés, quienes me dieron la vida. Provengo de dos linajes distintos pero complementarios: uno más enraizado a un lugar, otro más nómada, ambos valiosos y fundamentales en mi identidad.
Mi camino profesional fue un proceso de descubrimiento personal que cruzó varias dimensiones:
- Reconocer lo que no estaba resuelto.
- Mirar la historia familiar con honestidad.
- Integrar mis dones emocionales y espirituales.
- Conectar teoría sistémica con experiencia vivida.
Como terapeuta y facilitadora sistémica, hoy integro conscientemente herramientas terapéuticas contemporáneas con una comprensión profunda del legado cultural gitano. Fue esta integración la que me llevó a ser considerada una de las primeras mujeres gitanas en España en aplicar la mirada sistémica y las constelaciones familiares dentro de mi propio contexto cultural.
Mi trabajo no se limita a procesos terapéuticos individuales. Tiene un componente social y cultural: ayudar a las personas a reconciliarse con su historia familiar, abarcar sus raíces y encontrar su lugar dentro de su sistema.
A día de hoy, el pueblo gitano sigue enfrentando prejuicios, estereotipos y formas de exclusión simbólica. Aunque han cambiado las leyes y se ha avanzado socialmente, la percepción cultural aún arrastra imaginarios del pasado.
La exclusión actual no siempre es abierta, pero sí sutil: expectativas bajas en educación, estigmas laborales, representación cultural insuficiente y narrativas históricas incompletas. La lucha por reconocimiento y pertenencia no se ha terminado.
Desde mi experiencia, tanto personal como profesional, considero que la sanación individual está necesariamente ligada a la sanación colectiva. Por eso he decidido solicitar formalmente a la Asociación Española de Consteladores y Facilitadores Sistémicos que consideren este enfoque como un movimiento de inclusión cultural y reconocimiento histórico, y que me permitan colaborar como embajadora y pionera de esta mirada integrada entre cultura gitana y constelaciones familiares.
No lo hago por notoriedad, sino por responsabilidad.
Sanar no es olvidar.
Sanar es nombrar, reconocer y dar lugar a lo que fue para que pueda vivirse con dignidad en el presente.
Mi identidad gitana es raíz, memoria y compromiso. Mi profesión es herramienta y responsabilidad.
Mi invitación no es solo teórica: es práctica, comunitaria y vivencial.
Agradezco profundamente a mis ancestros, a mi linaje materno y paterno, y a la enorme riqueza cultural que significa pertenecer al pueblo gitano.
Todo lo que soy nace de esa herencia.
Con gratitud,
Tamara Martínez Martín
Terapeuta y Facilitadora Sistémica
Primera mujer gitana en España en integrar la mirada sistémica con el contexto cultural gitano
Bibliografía y fuentes para contraste histórico
- Fraser, Angus (1992). The Gypsies. Blackwell.
- Hancock, Ian (2002). We Are the Romani People. University of Hertfordshire Press.
- San Román, Teresa (1997). La diferencia inquietante: Viejas y nuevas estrategias culturales de los gitanos. Siglo XXI.
- Hellinger, Bert (2001). Órdenes del amor. Herder.
- Fundación Secretariado Gitano — Informes sobre discriminación y comunidad gitana en España (varios años).
- Documentos históricos sobre la Gran Redada de 1749 y legislación antigitanista (Archivos Históricos Nacionales).





