Al hilo del protagonismo apocalíptico que adquiere últimamente el estado del tiempo siempre que hace mucho calor o mucho frío, recordaba cómo en una reciente Semana Santa, en la sección meteorológica de una influyente cadena de televisión nacional, con énfasis sumamente alarmante la presentadora nos advertía de que estábamos con unas temperaturas no acordes con ese período del año, porque se trataba de temperaturas extremas que no conocíamos… ¡desde hacía 10 años! Impresionante.
Aunque ya apenas se le nombre, el motor y principal causante de toda esta locura climática fue Al Gore, ex vicepresidente de los EE.UU. y premio Nobel de la Paz en 2007, junto al Panel de las Naciones Unidas sobre el Clima (IPCC), debido a sus «esfuerzos» en contra del entonces denominado «calentamiento climático», y que hoy han optado por denominar «cambio climático», para no equivocarse más veces cuando de repente lo que venía era una ola de frío, en vez de calor. Al Gore, con su documental «Una verdad incómoda», sobre la amenaza de un terrible cambio climático a causa de los desastres de la civilización, se erigió en máximo referente del ecologismo progresista, pero también, en paradigma de la incoherencia de las elites progre climáticas, pues además de ser propietario de una empresa de zinc que contaminaba lo suyo, poseía una excelente mansión cuyo consumo energético era veinte veces mayor que el del hogar medio norteamericano. Pese a gozar de tan modesta «choza», se lanzó nuestro hombre de país en país a difundir su supuesta verdad incómoda dando conferencias, como la que impartió en Canarias en el verano de aquel 2007 por la modestísima retribución de 240.000 euros.
Sobre su citado documental, un juez británico sentenció en su momento que, si bien partía de cuatro hipótesis comprobadas, se incluían nueve afirmaciones no demostradas científicamente, además de contener un claro sesgo político, una visión alarmista, exagerada y unilateral, y un tratamiento apocalíptico que sentaba como dogmas afirmaciones que no habían sido contrastadas o que incluso habían resultado rebatidas. Es decir, que más que una verdad incómoda, lo de Gore era una verdad a medias, o una mentira, pero muy rentable; como lo demuestra que el «Gobierno de España» presidido por un tal Zapatero, le comprase 30.000 copias del citado documental por 580.000 euros, para distribuirlas por todos los colegios españoles y sembrarlos del apocalíptico adoctrinamiento climático en el que aún permanecemos.
Detectar auténticas verdades incómodas es algo relativamente fácil hoy, donde casi todas las verdades lo son. Pero el efecto que produce su denuncia, haya o no documental bien pagado de por medio, actúa en sentido adverso de lo que sucedió con Gore: ni premios, ni reconocimientos, ni conferencias millonarias, ni apoyos del progresismo, ni Oscar, ni Nobel de clase alguna, sino todo lo contrario. Si alguien quiere descubrir una verdad incómoda de alcance universal, ahí tiene el macabro negocio del aborto aceptado socialmente como una conquista de la humanidad y vendido como un avanzado derecho a la salud reproductiva de la mujer. Esta sí que es una verdad incómoda, y de efectos devastadores con los seres humanos más indefensos, que el ecologismo progresista no solo niega, sino que bendice y promociona con millones de dólares y euros, públicos y privados.





