Queridas futuras madres.
Parir duele… mucho. Vais a tener la inconmensurable suerte de conocer dos tipos de dolores: el físico, que aunque intenso es efímero, y el psicológico, que ya no desaparecerá nunca de vuestras vidas.
Por mucho que lo disfracéis de ilusión, emoción y felicidad, ser madre es el fin de la paz personal. Es como romper el cerdito de barro que guarda celosamente 27€. En el momento que le pegas el martillazo, las monedas están pero el divertido envoltorio ha sido cruelmente destrozado. Pérdida irreparable.
Os aviso que el alien que vais a liberar os va a chupar la sangre, os va a comer la paciencia y, encima, os producirá estrías. Los primeros años, todo serán fotos y vídeos… Primer baño, primera sonrisa, primeros dientes. Con los abuelos, con la tita, con el perro. Primeros pasos, primer batacazo… Gateando, el tacatá, la bici… La papilla, la fruta y la gracia de darles a probar el limón. Bautizo, medallita, la vacuna. Todo ello aderezado con altas dosis de insomnio por masiva ingesta de gases.
Pecho ahora, luego y después. Flatos, fiebre y babas. Vigilancia enfermiza de su respiración mientras duermen. Baño, cordón umbilical y mollera intocable. Sus primeras palabras os van a desolar: papá. A vosotras os mirarán fijamente, a su padre (al que ven sólo un ratito al día), lo recibirán siempre con un ataque de nervios envuelto en gritos de júbilo. Con papá jugarán en la bici, a mamá llorarán cuando se caigan de la bici. Será el vínculo placentario, que no placentero. Algo debe haber, aún desconocido, que explique porqué las madres ajustamos perfectamente el pañal cogiendo con una mano los dos piesecitos como si de un conejo se tratase, demostrando cuánto puede dar de sí una sola toallita. Una… Una sola.
Después de esos maravillosos años, llega la primaria. Disfraces, fiesta fin de curso y maquetas con palillos. Collar de macarrones y Christmas para los abuelos. A sus ganas de juego, mis canas imparables. Hoy un hamster, mañana una tortuga. Una tos nocturna directamente ligada al desvelo. Eucalipto hervido ahuyentando la sombra de la neumonía.
Queridas futuras madres. Sin saberlo iréis tejiendo una inmensa red, día a día, año tras año, y ya os aviso que al final no tendréis dónde guardarla. Vuestro camino será titánico, agotador y casi sin reconocimiento. Digo casi porque vuestra madre sí os alentará, pero sólo hasta el momento en que empiecen a querer llevarse al nieto a su terreno. Ahí pasaréis de ser madre a bruja. Ese pequeño monstruo habrá aprendido a dar la vuelta a la tortilla a una velocidad vertiginosa. Vienen con la lección de la manipulación abuelera aprendida.
Cuando se tiren de cabeza a la adolescencia, os vais a enterar lo que vale un peine. Entran en un estado catatónico del razonamiento, en el que se autoproclaman poseedores indiscutibles de la verdad y no recuerdo bien en qué hemisferio de su privilegiado cerebro, se yergue la extraña enfermedad que les susurra constantemente lo solos que han estado y están, y que si no fuera por sus amigos…
El ser humano a esa edad viene defectuoso. Hay una pieza desconocida que falla. Llámalo rebeldía, llámalo incomprensión… pero falla de serie. Hay mil denuncias que se han admitido a trámite, pero ahí están… nadie sabe cómo hacerles una resolución que siente precedente.
No os quiero asustar, pero os vendrá un frente tormentoso acompañado de granizos de «te odio» y os acusarán despiadadamente de su primer fracaso amoroso. Seréis las culpables absolutas de todo. Vosotras tendréis la culpa de su pelo lacio, de su estatura, de su acné. Os mandarán a callar mil veces y os darán mil portazos dejando claro que su cuarto es, a parte de una pocilga irrecogible, territorio comanche, arapahoe y sioux.
No os dejéis engañar si entre temporadas de silencio y miradas condescendientes os regalan en Instagram una bonita dedicatoria a la mejor madre del mundo… Porque momentos después de haberlo leído, y sabiéndose espiados por su enemiga número 1, os desagregarán sin piedad… sin miramientos y encima, no recogerán el cuarto. Con lo que además de tontas, se os va a quedar cara de culpables.
Y ya, para terminar, agradeciéndoos que hayáis atendido este desahogo escrito, un último consejo a pesar de todo: Cuidadlos desde la sombra porque ellos, los hijos, somos nosotros.
PD: NUNCA, repito NUNCA permitáis que se vayan de botellón sin quitar los pelos de la ducha. Ahí es donde más les duele.
Os quiero, colegas…





