«Nadie puede amar y quedar inmune» (proverbio chino).
Hacía tiempo que no me reía tanto.
Me cruzo en la playa con mi amigo Manuel, alias «El Malaguita», a quien se lo llevan los diablos, a juzgar por su sincero careto de cabreo.
Sin encomendarse ni siquiera a Lucifer, me dispara a bocajarro …
«¿Sabes cual es la diferencia que hay entre una princesa y una bruja? … Dos años de matrimonio, colega. El día de mi boda estaba convencido de que me casaba con un ser angelical. Pero me han bastado un par de abriles para darme cuenta de que convivo con la mismísima Cruella Devil”.
Siendo estudiante me aventuraba con el Malaguita todos los viernes a beber litronas en el Charco de la Pava.
Aquella divertida etapa duró hasta que el Malaguita se enamoró. Me decía que había conocido a la chica más bonita de Triana, pero que también era la más pija del mundo.
Nunca le creí en esto último. Lo que ocurría es que él era un auténtico desastre en su vestimenta. Y claro. A poco que su novia se arreglaba, a él le debía parecer que acompañaba a la modelo Claudia Schiffer.
El Malaguita está cabreado, indignado, ultrajado, humillado. María del Amor, que así se llama su mujer, le ha exigido que se vista en condiciones para bajar a la playa. Que es la última vez que se le ocurre presentarse ante sus amigas con una camisa de tirantas llena de lámparas, con chanclas de plástico y una sombrilla publicitaria de «Supermercados El Barato de Conil».
Intento razonar con él. Le digo que el cuento ha cambiado y ya no estamos en la Pila del Pato, metiéndonos entre pecho y espalda toda la birra con salmuera de Sevilla. Que caiga en la cuenta de que tiene a su lado a una preciosa compañera. Y que, aunque solo sea por demostrarle que la quiere, que no vaya hecho una piltrafa.
Le comento que el matrimonio, como cualquier ámbito de convivencia, requiere ceder en ocasiones, ser astuto y negociar como en un zoco árabe … hoy gana la parienta, mañana quizá también … pero pasado mañana … pasado mañana no me esperes hasta bien tarde, que he quedado con la peña en el Bar Coli.
Mis palabras le cabrean aún más. Y se marcha refunfuñando, repitiéndome que entre una infanta con sangre azul y una hechicera del averno hay una tenue frontera de apenas un par de tacos de almanaque compartiendo lecho y macarrones.
He oído sentencias parecidas. Como que el matrimonio supone resta de dineros, división de opiniones y multiplicación de conflictos.
Pero que no esperen mis palmaditas en la espalda el compadre Malaguita ni semejantes cenizos, que todos sabemos que donde hay vida hay problemas y se trata de derrochar arte para afrontarlos.
Cuando a un servidor le presentaron a Rocío, quien ahora es mi esposa, la conversación que mantuve con ella no fue de calado intelectual ni filosófico …
«Rocío … bonito nombre … ¿estudias o trabajas?»
Pero volví a casa tocado en el alma, preso de su imagen, como quien hubiera contemplado la inenarrable belleza del Cañón del Colorado, la majestuosidad del Taj Mahal, el señorío de La Alhambra… Con las patitas colgando me quedé. Y con el convencimiento de que la Embajadora de la Humanidad (con mayúsculas) había venido a visitarme desde más allá del cielo. Ahí me las den todas. De perdido al río. Rocío.
Hay quienes dicen que esta atracción es un truco del que se sirve la naturaleza para que veas idealizada la relación con esa persona, sin pararte a pensar en el esfuerzo y las adversidades que inevitablemente te traerán la procreación de hijos.
Es posible, no lo sé. En cualquier caso, tal ardid de la naturaleza me resulta totalmente compatible con la intervención de El De Arriba, que mortaja y casamiento bajan desde el firmamento, como aquel que dijo.
Es decir, que por un misterioso designio el enamoramiento acontece porque El Artista del Cielo nos permite ver a alguien tal cual es, en su arrolladora bondad y en su plenitud de belleza, en la infinitud de su persona, sin juicio ni crítica.
Y ese enamoramiento señala un camino de encuentro con el ser humano. De modo que, saliendo de uno mismo y entregándose sin condiciones a quien es tu complemento, uno abraza a la humanidad entera. Ella es la música que prefiero. Y sus acordes me hacen valorar la melodía de cada hombre y cada mujer.
Reconozco que sigo manteniendo los mismos pecados que tenía cuando hice la Primera Comunión, que ya ha llovido. Únicamente se han echo mayores, cumpliendo años a la par que yo. Y si exijo que ella me acepte sin juzgarme, también debo ser capaz de tener una mirada amable hacia su historia y sus deseos de superar sus heridas vitales, sus frustraciones y dramas, sabiendo que sus defectos son sencillamente debilidades que me remiten a su pertenencia al género humano.
Siempre he pensado que en cualquier vocación que uno pueda sentir, ya sea a casarse, o a hacerse maestro, o cocinero o fraile, más que las evangélicas palabras «Ven y sígueme», lo que el alma nos dice realmente es: «Ven y MUERE».
No me miren así, por favor. No quiero ser aguafiestas ni mentar al lagarto. Pero el amor verdadero nos lleva a la muerte a uno mismo.
La muerte nos aterra. Y ese es el camino que señala el amor. Cuestionando nuestros criterios. Renunciando a parcelas propias. Y tras la muerte … la vida, para alcanzar infinitos horizontes de una libertad cada vez mayor.
Me hago estas reflexiones a pie de playa, agradecido al Padre Carlos Coloma, al Diácono Alberto Pérez y a nuestros vecinos María José, Ignacio y Macarena, que durante este año (y los que te rondaré, morena) nos han enredado a Rocío y a mí para hablar junto a ellos en la Pastoral Familiar de la Parroquia de San Vicente.
Y entonces, de pronto, aparece … aparece LA VIDA. Mi compadre Malaguita, ataviado con sus mejores galas. Así, como suena. No es coña marinera: Un polo Lacoste amarillo, pulserita de España en la muñeca, gafas de sol, zapatillas playeras marca Álvaro Moreno, toalla con la leyenda «New York City». Hasta gomina se ha echado en el pelo, el tío. Quién te ha visto y quién te ve, don Manué.
«Me trago mi mosqueo y mis amargas palabras, amigo Pepe. Una tras otra y con supones gordos. Disculpa, compañero. Voy junto a mi princesa».
Me enorgullezco de compartir amistad con el Malaguita. Porque él desecha el aquelarre de bruja y apuesta por escribir la historia de su salvación con su infanta. Enseñándome su cabreo y su resurrección. Que el amor nos conduce a la muerte. Y la muerte a la vida.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





