A mí, que no soy muy entusiasta del fútbol, siempre me provocó cierta ternura la figura de mi querido tocayo, Diego. En cualquier lugar del mundo a donde fuera, siempre había alguien que, al oír mi nombre, exclamaba sonriendo: ¡Maradona! Reconozco que esta identificación popular la contesté siempre con otra sonrisa. Porque no solo me mostraban la deferencia de conocerme un poco –mi nombre, mi idioma, mi cultura-, sino también un sincero respeto y admiración por la figura cuyo nombre yo portaba, que me otorgaba gratuitamente un plus de aceptación y simpatía. Por eso cuando vi a mi tocayo caer por las escalinatas del mismísimo Olympo, víctima de su debilidad humana, esa ternura creció aún más en mi corazón. Donde otros más vulgares sólo hubieran podido pecar de soberbia o de arrogancia, Diego pecó de humano, de demasiado humano. Y en esa humanidad postrera y frágil, en esa autoinmolación final, radica quizás lo más divino de Maradona. Ese quitarse importancia, ese decirnos que el dios de la tierra no vale nada, porque el verdadero está en todas partes, y en todos nosotros, creo que fue su lección postrera.
Maradona no venía de una “clase humilde” como ha dicho algún televisivo, sino de la pura miseria, de la no-oportunidad para un chaval como él. Pero salió de esa Nada, vaya si salió, ríanse del sueño americano, y lo hizo sin pecado ni delito –no como tantos otros que medran-, sino con su puro arte y su entrega nada más, ni menos. Fue su primera lección, mostrar que nadie nace condenado, que la voluntad existe y, por tanto, también la libertad, ¿hay algo más humano que la libertad? Y mostró que también existe su hija mayor, la rebeldía, contra la injusticia siempre, por definición. Por eso lo utilizaron los falsos libertadores en su marketing político, no podemos culpar de eso al Pelusa que, siendo poderoso, quiso seguir siendo leal a los suyos, los olvidados, y nunca traicionó a su clase (no como otros que conocemos bien). Luego, cuando la Argentina, herida por los años de dictadura, perdió una guerra, y fue humillada por la perversa superioridad anglosajona -a pesar del sacrificio de sus generosos aviadores- vino el Pelusa para poner las cosas un poco en su sitio. Vino a tomar la revancha de la forma más civilizada que existe, con el ritual del deporte, y dicen que el mismísimo dios bajo un momento de los cielos para echarle una mano en la tarea de cumplir su promesa, y vaya si lo hizo, y rescató la dignidad de una nación y de un pueblo. Y dio otra lección, mostrar que nunca está todo perdido del todo. Por eso quien no entienda la devoción que le tienen en su tierra es que no entiende nada. Pero no es solo cosa de los argentinos, allá por donde pasó lo adoran, que les pregunten a los napolitanos, que le tienen hasta un altar puesto como salvador también de su dignidad, restituida con un par de ligas para el Nápoles frente a los poderosos equipos del norte.
Ahora veo con tristeza como, tras su muerte, muchos contertulios y contertulias televisivas se atreven a juzgarlo frívola y cobardemente, y a escandalizarse por no sé qué vídeo de un Maradona deslavazado y aturdido incapaz ya casi de tenerse en pie. Dicen airados que no puede ser un referente para los jóvenes, y digo yo: ¿qué otros referentes hay? Ninguno. Ningún referente verdaderamente humano, pues hasta el concepto de humano ha sido destruido por esta corrección política infame, que es el rostro de la nueva dominación totalitaria. Por eso creo que la devoción popular por el antihéroe, el de la eterna sonrisa, es un signo de esperanza, aunque sigan criticándolo hasta borrarlo de la memoria, eso pretenden. Como si su humanidad fuera una amenaza. Y es que lo es. Porque evidencia todo lo que ellos no son. Y cuestiona también que tengamos que ser como ellos dictan. Los últimos serán los primeros, tocayo, y los que no teman perder su vida, esos la ganarán. Grande Diego, y humano, demasiado humano para estos tiempos de miseria sin alma. Diego, perdónalos, porque no saben lo que dicen.





