La libertad es una liebre que corre siempre delante de nosotros y acechada por sus depredadores. Su enemigo natural, el más agresivo y peligroso, es siempre el poder, los que ostentan el mando, pero hay otro igual o más pernicioso en el que se apoyan para exterminarla: «el pueblo», en su peor sentido.
El pueblo es el concepto, pero se compone a menudo de individuos ramplones, romos y cobardes que no temen a Dios, sino a los hombres que aspiran a ser libres. Temerosos de la libertad, reciben una soldada o una promesa de seguridad a cambio de odiarla, capaces de unir sus esfuerzos y sus palos o machetes a los poderosos para fagocitar «uno de los dones más preciados que dieron a los hombres los cielos», en palabras del Quijote a Sancho.
En estos días lo estamos contemplando en Cuba (pero también en Colombia, en Chile, en Sudáfrica…), un páramo en el que la libertad quedó arrasada y extirpada de la realidad de sus ciudadanos a lo largo de 62 años, porque el comunismo vende (no cree en ella) la execrable e infértil utopía de que es posible dominar eternamente la voluntad de los hombres criados en una granja y al servicio de los intereses de un sistema, de un modelo que constituye una pirámide en lo alto de la cual realizan sus ofrendas continuas de seres que aspiran a ejercitarse como seres libres y lo hacen en nombre de un presunto bien común o de un supuesto interés colectivo general. Todo para el pueblo pero sin el pueblo es la máxima expresión de la demagogia y del populismo infinito que se retuerce a lo largo de los siglos como trampantojo de las tiranías y los sátrapas del socialismo.
Pero la pulsión de la libertad es implacable, no así la igualdad ni el cambio climático de la impostura, etc. Sólo la vida está por encima en el rango de valores de los bienes más preciados de la existencia, de modo que ni la cobardía, ni la traición, ni la mentira, ni el adoctrinamiento, ni la persecución, ni la tortura, ni el asesinato han logrado nunca eliminarla de la consideración esencial: «Que es mi barco mi tesoro,/que es mi dios la libertad,/mi ley, la fuerza y el viento,/mi única patria la mar…», pone Espronceda en labios del pirata, convertido en metáfora de todos los seres humanos que aspiran a ser libres.
Hablo de la libertad como sustancia inherente a la condición y al intelecto humanos, un concepto que sólo a los seres racionales atañe y que en nada se parece, salvo como metonimia, a la restringida e inconsciente ‘libertad’ aplicable a una planta silvestre o a una gallina que deambula su existencia por la selva. Dice Orwell en su célebre «1984» que bajo el Ingsoc (acróstico de «Socialismo inglés»), las palabras habían sido prohibidas o resignificadas, de tal modo que el concepto «libertad» seguía en uso, pero sólo permitido para construir frases como «este perro está libre de pulgas».
Socialismo y comunismo son dos basuras primordiales que durante años han vendido como un bálsamo capaz de apaciguar los rigores del azar y de aminorar la incertidumbre de la vida, pero eso es una trampa, una añagaza, un encubrimiento de la compasión y la solidaridad que nos habita en cuanto seres sociales y asociados para la convivencia y que no necesita dueños extractivos que nos esquilmen la voluntad y nuestro esfuerzo.
El socialismo es la máxima expresión del egoísmo concentrado en unas pocas manos, que deletrea los intereses particulares de unos grupúsculos tramposos que dictan lo que has de hacer para mantenerse en el poder. No nos quieren libres, sino atados y sumisos, mientras se vanaglorian de una paz de cementerio.
Desde los grandes padres de la patria norteamericana a Ronald Reagan o Donald Trump, nos han recordado siempre que el preámbulo de la Constitución americana arranca con su «We the people» (las personas, la gente), que sitúa a los individuos no como sujetos receptores de derechos que los poderosos otorgaran, sino como verdaderos titulares de quienes emana todo el poder de su gobierno, sometido a control, limitación y desconfianza, porque el gobierno no es una máquina incólume sino un parapeto tras el que se esconden otros hombres.
El poder legisla a veces sobre derechos que nadie, salvo grupúsculos inconsistentes constituidos como «lobby», les había reclamado, de modo que los gobiernos se erigen en concesionarios que regalasen benefactores privilegios, obviando que son los ciudadanos los únicos con esa prerrogativa. Un gobierno, por definición, es siempre un bulto sospechoso, de quien hay que desconfiar en todo, porque nada bueno en realidad puede emanar de quien dispone a su capricho de la voluntad de los individuos.
Un socialista no lo entenderá jamás porque el catecismo de su religión se lo impide. Odian la libertad porque le tienen miedo.
He dicho.






1 Comment
Así es Pepe. ¡Los socialistas y los comunistas odian la libertad! En este caso en particular y por lo que me toca, odian la libertad de los cubanos que aspiran a ser libres.