A mi compañero Curro, que dice ser «boquera del talego» (Vigilante de Seguridad en mi centro de trabajo), Sevilla le apasiona un mazo.
No tenía ni idea de la fabulosa historia que me regala …
… Cuentan las crónicas que John Downie, inglés de pura cepa, se enamoró de nuestro país al visitarlo por casualidad.
Desde entonces se sentía español de corazón. Por ello, cuando las tropas napoleónicas ocuparon España, se alistó como voluntario para expulsar a los invasores.
Lo destinaron a la frontera con Portugal, donde con pocos medios y mucho ingenio formó la «Legión Extremeña» con patrióticos paisanos, medio campesinos y medio guerrilleros, eligiendo para ellos atuendos militares antiguos, propios de los Tercios de Flandes.
Tras demostrar su valor en una veintena de ocasiones y antes de marchar a Sevilla, la Marquesa de la Conquista, conocedora del espíritu quijotesco del inglés, le dio la espada de su antepasado, el glorioso explorador Pizarro. Todo un símbolo ponerla en manos de un extranjero que tantísimo amor sentía hacia España.
Cuando el 27 de agosto de 1812 el mariscal francés Jean de Dieu Soult lo ve capitaneando tan peculiar ejército, se sonríe pensando que sólo son unos cómicos españoles. Para nada. Les duele Sevilla y les duele su patria.
Desde la trianera Plaza del Altozano los franceses comienzan a emplazar sus cañones, convencidos de que una andanada de fuego barrerá de un plumazo a tales idealistas.
Downie sabe que hay que actuar. Y que hay que hacerlo ya, porque la quietud da alas al diablo …
Se lanza al galope por el Puente de Barcas blandiendo su gloriosa espada, como emulando a Don Quijote en su carga contra los molinos, resultando gravemente herido por un balazo en la mejilla.
Cae del caballo. Sacando fuerzas de donde no las tiene arroja la espada de Pizarro a sus compañeros, evitando que caiga en manos enemigas. Genio y figura.
Enardecidos por su arrojo, siguen su ejemplo toda la Legión Extremeña e innumerables vecinos, malamente armados con toscos trabucos, guadañas y bieldos para aventar trigo, pero deseosos de que los indeseables okupas con bayoneta peguen la escollá de Sevilla, abalanzándose en tromba contra ellos a través del milenario puente.
Los fransuá apenas tienen tiempo de llevarse a Downie atado a un cañón y salir pitando.
El mismísimo Duque de Wellington, conocedor de la suerte de su compatriota, lo canjea por 190 prisioneros franceses, recogiéndolo más muerto que vivo … pero él quiere vivir y sigue viviendo en Sevilla.
En esta ciudad se convierte en un personaje de leyenda pero real, hablando glorias de España, de sus costumbres y, sobre todo, de sus gentes, ganándose el respeto de todos al mostrarse con orgullo como un fiel español, siendo nombrado – entre otras distinciones – Alcalde de los Reales Alcázares. Falleció aquí en 1826.
Me fascina su historia, de la que un servidor reconoce que no tenía ni flores hasta este momento. Me asombra y me indigna que haya quedado sepultada en el olvido. Me sobrecoge que sea desconocida también para la inmensa mayoría de los sevillanos (¿me equivoco?).
¡Con lo fácil que sería que nuestro Ayuntamiento, a través de su página web, hiciera una breve reseña de este mítico guerrillero, así como de tantísimos insignes olvidados que consagraron su vida a hacer grande a Sevilla, legándonos su ejemplo y su buen hacer!
Pero cuando ya me quedo mudo de admiración, cuando me siento alelado a las finas hierbas, cuando me convierto en pasta de boniato … es cuando mi amigo el boquera me pega con la última en la frente, al contarme que el gran John Downie se halla emparentado, por línea materna, con Ignacio Echeverría.
¿Lo recuerdan? El 3 de junio de 2017, armado con un sencillo monopatín y arropado con su valor y su fe, se enfrentó a unos terroristas que atentaban contra los viandantes en Londres, dejándose su vida en tan loable empeño para que otros ganaran un tiempo precioso y lograran ponerse a salvo. ¡Sólo Dios sabe cuántos siguieron viviendo por la valentía de Ignacio!
Gracias a los miembros de la «Asociación Voceando por ti Sevilla», que removieron Roma con Santiago para que se le otorgarse a Ignacio un merecido lugar en el callejero de Sevilla, el héroe del monopatín tiene su plaza junto al Río Guadalquivir: «SKATE PARK IGNACIO ECHEVERRÍA».
Uno está seguro de que, para obrar así, este chico debió aprender en su familia la estela militar de abnegación y compromiso que sembró en su querida España su ancestro inglés.
A este menda le encantaría (y estoy convencido de que a muchos de ustedes también) que en el Mercado municipal de abastos, colindante con el antiguo Puente de Barcas en el que John Downie se dejó media vida, el Ayuntamiento reconociera su hazaña mediante un sencillo azulejo de cerámica de Triana, recordándose así y haciéndose justicia a nuestro inglés de alma española y sevillana.
Que nunca es tarde si la dicha es buena.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com

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