¿Por qué siguen mintiendo?

Aún con el justificadísimo reparo ante la imposible comparación de estas torpes líneas mías con las dos piezas que voy a citar debo recordar aquí, una vez más y nunca serán bastantes, aquellos dos magníficos y seminales artículos del siempre genial en cualquier terreno, desde el profundo, más, siempre en su caso ameno, tratado filosófico a la crítica cinematográfica, Julián Marías.
El primero, “La vegetación del páramo” (publicado en La Vanguardia y El País en Noviembre de 1976 y luego incluido en el libro recopilatorio “La Devolución de España”, de 1977) , y el segundo, “¿Por qué mienten?”, publicado en ABC el 16 de Enero de 1997 y que yo, atrevida y suicidamente, parafraseo en el título de este artículo.
En ellos, el insigne filósofo y ensayista, trazaba con mano maestra el camino para, dejando atrás rencores e inquinas atávicas y huérfanas de razón histórica, poner en el lugar que le corresponde en la narración (Dios me libre de utilizar ese abominable vocablo tan manoseado de “relato”) del acontecer cultural patrio durante y tras la guerra civil, la producción literaria de aquellos días.
Porque, ¿quién en el ámbito literario puede hoy, si posee una mirada con un mínimo de objetividad, discutir la excelencia de poetas como Luis Rosales, Leopoldo Panero, Manuel Machado, Luis Felipe Vivanco o José María Pemán? Todos ellos falangistas y, ante todo y sobre todo, seguidores de la figura de José Antonio Primo de Rivera, de su carácter y estilo, y que dieron muestra de la fidelidad al mismo en aquella elegiaca  “Corona de Sonetos” de 1939, donde se le rendía homenaje por una pléyade de los mejores poetas, literatos y pensadores de aquellos años (además de los citados, Antonio Tovar, que aportó un breve prólogo en latín, Eugenio D,Ors, Álvaro Cunqueiro, Gerardo Diego, Dionisio Ridruejo o Pedro Laín Entralgo, entre otros).
¿Quién que no esté aquejado de la más pertinaz miopía intelectual puede dejar a un lado y apartar, como si no hubiera existido, la obra de un Josep Pla, tan detestado, a pesar de ser profundamente catalán, por el abstruso nacional separatismo de aquella región ( fue muy criticada y controvertida la negativa a concederle el Premio de Honor de las Letras Catalanas, la máxima distinción política concedida a los escritores en Cataluña), lo cual ya debería ser un título de gloria en su haber, si no tuviera muchos otros?.
Quizá afirmaciones como esta suya, ya en 1979, sirvan para explicar la marginación y el olvido al que muchos, desde la ideología dominante, pretenden sumir a Pla y tantos otros: «La izquierda ha hecho siempre lo mismo: su aberración de la realidad del país la mantiene, como siempre, en su ignorancia antediluviana. Hablan mucho, pero no dicen nada. […] Quieren ante todo ganar las elecciones y, una vez sentados en sus poltronas, hacer todo lo contrario de lo que han prometido.»
Pues al mismo Pla que escribió esa magnífica muestra de literatura de la memoria que es “El Cuaderno Gris”, debemos aquel breve pero esplendido ensayo que, sobre el testamento de José Antonio, que viene, ahora que se han cumplido ochenta y tres años de su asesinato, a mi memoria, escribió en El Diario Vasco un ocho de Noviembre de 1938, bajo la firma X.X. y que, entre otras admirables y magistrales líneas, decía:
“El estilo era en José Antonio una constante preocupación. ¡Tener un estilo! ¡El estilo de la Falange! Él solía recordar en ocasiones aquella frase de un prólogo de Rubén: “¡Tener ángel. Dios mío!” Y añadía que “tener ángel” no es otra cosa que inventar un estilo. Él lo había inventado. Ahí está, inmutable e inmutado, igual a sí mismo, ordenado, transido por una inextinguible ambición de exactitud, de precisión, de humanidad, de fineza y de matiz…”.

E igual que los citados, tantos otros como Rafael Sánchez Mazas, Rafael García Serrano, Wenceslao Fernández Flores, Samuel Ros, Cesar González Ruano, Agustín de Foxá, Adriano del Valle, Manuel Díaz Crespo o nuestro Joaquín Romero Murube, de cuya muerte el pasado quince de Noviembre se cumplieron cincuenta años, director durante años de los Reales Alcázares y que escribió páginas maestras sobre Sevilla y la sevillanía, como aquel “Sevilla en los labios”. El poeta que mejor ha descrito la profundidad de esta ciudad, sus silencios y, como el decía, sus “veladuras”, empleando un castellano refinado, finísimo y, al tiempo, cercano al pueblo, a sus costumbres y tradiciones.




“Hay una hora de delicia en el compás: la hora de atardecida, cuando ya el sol, vencido, deja caer las primeras brisas de la tarde. Un débil reflejo de oro agranda por las paredes la sombra de las flores. La portera  -esa viejecita tan sevillana, tan amable, tan limpia, que nos ha abierto al entrar- riega cuidadosamente las macetas, Huele la tierra mojada. La tarde pierde la linde de sus horas. Las albahacas, los jazmines, los nardos, dan la fragancia delirante de sus hojas. Y cuando mayor es el silencio y la paz del atardecer, suena la esquila en la espadaña: la oración.…”
Es el mismo Romero Murube el que, a pesar de su militancia falangista, sin sectarismos ni cegueras intelectuales, rendía homenaje en 1937 a su amigo Federico García Lorca dedicándole un libro compuesto por siete romances de su pluma o intentaba ayudar a su amigo Miguel Hernández a huir de la condena a muerte que pesaba sobre él por haber sido comisario político del Partido comunista durante la guerra.
Ojalá el ejemplo de Murube, o el del propio José Antonio Primo de Rivera, que nunca disimuló su admiración, respeto, y hasta cariño por Lorca, cundiera hoy entre tanta desidia y miseria cultural que desdeña la magnificencia literaria e intelectual desde el prisma y con las anteojeras de la intransigencia ideológica.
Mas no debemos confiar mucho en ello.

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