Lenguaje y poder

Muchos amigos se sorprenden cuando les digo que siento debilidad por Francia, sobre todo por su historia y su literatura. No me pregunten por qué: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Posiblemente tenga su origen en haber sido alumno lasaliano, en aquellos años de estudiante de bachillerato en que confundes profesor con asignatura, en la huella que me dejaron las lecturas de Julio Verne, Alejandro Dumas y Balzac, en una peregrinación de joven a Taizé, en que París fue mi destino de viaje de fin de carrera o en que tengo dos nietas alsacianas. 

Les cuento esto porque recientemente hemos sabido que el gobierno francés ha decidido prohibir el uso del denominado lenguaje inclusivo en los colegios, porque entiende que dificulta el aprendizaje de lectura y escritura de los menores. La medida no es aséptica, porque supone un contrapunto a la tiránica corrección política que intenta obligarnos a un determinado uso de las palabras, y por tanto de los conceptos, desde instancias de poder con un claro sesgo ideológico para imponernos un modelo social por la vía del lenguaje.

Los franceses no aceptan la degradación del canon, y eso significa que aman la escuela como el lugar en el que el niño (entendemos todos que niños y niñas sin necesidad de explicarlo) se convierte en ciudadano gracias al acceso a una cultura común. El lenguaje es la razón común, no una razón de parte.

Esta imposición a la que ha hecho frente el gobierno francés, no es baladí, porque intenta condenar a la muerte civil a aquellos que nos oponemos al uso del “todos y todas” (y ahora “todes”) y nos negamos a confundir el género (masculino, femenino, neutro o epiceno) con el sexo (varón o hembra). Lo que empieza remarcando la diferencia entre masculino y femenino, termina convirtiéndose en una purga a los disidentes.

Los usos lingüísticos desvelan una forma de entender la realidad. Esta idea de que las palabras con las que designamos las cosas tienen consecuencias psicológicas y culturales en la mente de los hablantes, es una creencia que ya nos explicaban a los estudiantes de Lingüística de COU cuando leíamos a Chomsky, y que luego se puso de moda con la programación neurolingüística (PNL), es decir, que no es algo nuevo.

En efecto, en Psicología del lenguaje, materia troncal en la carrera de Psicología, se estudia la relación entre lenguaje y pensamiento, poniendo de manifiesto que al cambiar las palabras, se altera el concepto que significan y con ello la idea, paso previo para modificar el pensamiento.

Invito a mis lectores a reflexionar sobre cómo se intenta cambiar el nombre de las cosas para hacernos creer que así se muda también la naturaleza de éstas, ya que como he dicho, el lenguaje estructura el pensamiento, pero no tiene el poder de alterar la esencia de los significados. Llamar a una guerra conflicto bélico, calificar a unos asesinos como comando (expresión militar) de ETA, denominar a una recesión económica como crecimiento negativo, son claros ejemplos de expresiones que hacemos nuestras sin darnos cuenta de que hay una intencionalidad detrás.

“Sé hábil en palabras. El poder del hombre está en el lenguaje. Un discurso es más poderoso que cualquier combate”, aforismos (el género literario más antiguo según algunos) escritos unos 1.500 años antes de Cristo en “Instrucciones a Merikare”, allá por la XVIII dinastía egipcia, lo que nos da una idea de la antigüedad del vínculo entre poder y lenguaje.

Mientras tanto, el ayuntamiento de Sevilla ha publicado recientemente unas orientaciones metodológicas para un uso no sexista del lenguaje donde se incide en que “las mujeres quedan ocultas bajo el lenguaje genérico” y recomienda escribir “la población de Sevilla” en lugar de “los sevillanos”, “la plantilla” en lugar de “los empleados”, etc. Como si la dialéctica marxista de la lucha de clases, felizmente superada, hubiera sido sustituida por la lucha de sexos (el género es una propiedad gramatical). Pero no nos engañemos, no es cuestión del signo político del partido que ocupa actualmente la alcaldía: el mayor partido de la oposición, como en tantas otras cuestiones, se limitará a “conservar” los “progresos” alcanzados por su oponente una vez que se produzca la alternancia.

La asunción de que en español el uso del masculino plural con sentido inclusivo por pura economía del lenguaje, es “absolutamente general”, como nos ha dicho la Real Academia Española de la Lengua, y que tal utilización no oculta ni resulta irrespetuosa con las mujeres, debería bastar para conjurar unos problemas, figurados, que pretenden distraernos de otros reales. Esta aproximación no sólo es la más respetuosa con nuestra lengua, sino que además es la que resulta ser más precisa y más elegante desde un punto de vista literario.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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