En España, en teoría, en el ámbito político de libertad religiosa, cada cual tiene derecho a creer o no creer en lo que le dé la gana, siempre que no intente imponerlo, no perjudique a los demás, y respete las creencias o increencias ajenas, que sí cabe cuestionar racional y respetuosamente.Por eso, el ya célebre artículo de hace cinco años que ha lanzado a la fama a la nueva consejera de Igualdad de la Junta de Andalucía, Rocío Ruiz, donde se despachaba acerbamente contra la celebración de la Semana Santa en nuestra tierra, sólo cabría valorarlo atendiendo a la calidad de sus argumentos (bastante demagógicos y «personales», por cierto).

No obstante, es comprensible la preocupación que su opinión, dado su cargo, ha podido provocar entre quienes sí nos gustan esas celebraciones. Mas como se ha justificado diciendo que ahora ya no piensa igual, porque ha «evolucionado», pues seguramente que en breve la veremos presidir alguna procesión, e incluso de costalera si fuere menester.


Pero lo realmente grave de aquel artículo, y de lo que no se ha desdicho, eran sus elogios a una mítica «espléndida avanzada y culta civilización árabe»… Que la máxima responsable de Igualdad en Andalucía tenga como referente una idealizada cultura, nada envidiable para una mujer occidental, sí que debería resultar verdaderamente preocupante para todos y -especialmente- para todas.