Hace ochenta y un años se producía el fusilamiento de uno de los mejores hijos que ha parido España. Pero como el odio, la insidia y la manipulación han ido emponzoñando la redacción de nuestra historia, no resulta  hoy fácil explicar quién fue en realidad José Antonio Primo de Rivera. Como tampoco comprender qué perseguía al fundar Falange Española («qué intentábamos que fuese…», escribía en su testamento tres días antes de ser asesinado «legalmente»), y cuánto de esa idea se llevó con su muerte, tan temprana como injusta. Porque bien sabido es que tras aquella muerte hasta los buitres se emplumaron de azul para picotear en las entrañas de una victoria que, sin la parte fundamental de mística y poesía de su mensaje, resulta difícil imaginar que se hubiera conseguido.   


Aunque sólo fuera por la elevada calidad humana que supo aglutinar junto a él desde el principio de aquella aventura… Aunque sólo fuera por las masas de jóvenes que en el escasísimo período de tres años comenzaron a seguirle ilusionados… Aunque sólo fuera por eso, la persona, vida, pensamiento y obra de José Antonio debería ser tratada con un mínimo de interés y respeto entre nosotros. Basta leer sus discursos, sus escritos, sus numerosos artículos, las reseñas de sus actos por toda España recogidas en la prensa, sus lúcidas intervenciones en el parlamento durante el poco tiempo que allí estuvo, (casi todos ellos tan vigentes hoy), para darse cuenta de que tuvimos la suerte de contar con una persona singular de mente privilegiada, que hoy pretenden despacharnos simplonamente con dos frases sacadas de contexto y con el brochazo descalificativo del consabido término cuasi diabólico que, por tantas razones, difícilmente le cuadraba para poder definirlo tan burdamente.

Exceptuando algunos personajes aislados de su tiempo, ni la derecha ni la izquierda simpatizaron con él ni con su discurso; aunque fue ésta y no aquélla la responsable final de su muerte. Y eso pese a que él mismo girara hacia este ámbito político en no pocos de sus planteamientos, queriendo buscar elementos de encuentro y superar el enfrentamiento cada vez más cerrado entre ambas perspectivas políticas. Él, que procedía de la derecha tanto por origen social como por formación y costumbres, y que defendía a la Iglesia Católica en un tiempo de enorme turbulencia, llegó a ser visto en vida por los derechistas más recalcitrantes y clericalones como un hereje sospechoso, para después de su muerte, pasar a ser cuasi beatificado por esos mismos. (Sin embargo, hoy puede resultar un trabajo de Hércules encontrar un sacerdote que se preste a celebrar una Misa por su alma).

Como han apuntado sus críticos, quizás pretendió reunir José Antonio demasiadas cosas a la vez en su proyecto, incluso antitéticas, y aunque dotado con la capacidad necesaria para poder abordar aquel reto, con su muerte la aventura fundacional se conviritió en una misión imposible o diferente. Muestra de ello es el error que repiten muchos de sus seguidores políticos, ofreciendo un espectáculo de división y enfrentamientos internos que dañan profunda y directamente la médula de credibilidad del discurso joseantoniano, y lo lastra ante el pueblo español para otorgarle un atisbo de viabilidad

Sea como fuere, ochenta y un años después de su muerte, quienes nos consideramos admiradores de su pensamiento, de su estilo de vida, de su ejemplo, de su mirada rebelde y generosa ante la realidad estrecha de su tiempo, y que además pasamos olímpicamente de los tribunales de la corrección política, no sólo no nos avergonzamos de intentar seguir su estela y tenerlo por referente moral más allá del pensamiento político, sino que nos sentimos muy orgullosos de ello.

Seguirán con la saña y con la antipatía  sin conocerle, y sin conocerle le seguirán insultando y ninguneando desde los medios de comunicación y desde una y otra miopía política, pero nunca conseguirán que  a todos los que nos consideramos deudores de aquel gran español, siempre nos quede el ejemplo de quien lanzó un mensaje diferente y que supo enfrentarse a la vida con la misma gallardía que lo hizo ante la muerte. Una gallardía que hoy resulta insoportablemente provocadora a quienes han reducido el noble ejercicio de la política a una mercadería de intereses personales y a un sucio juego de supervivencia en la ocupación de cargos públicos y de partido.   

Seguirán con la saña y con la antipatía…, pero a nosotros nos queda su eterno mensaje de que el mejor patriotismo no nace del sentimiento sensual de un nacionalismo individualista, complaciente y divinizador del objeto amado; sino del amor amargo por una patria que nos duele y a la que amamos con ansias de perfección. Precisamente porque está muy lejos de lo que nos gustaría que fuese.