El poeta detrás del chiste

Disculpen la autocita, pero en un artículo mío reciente, “El humor que nos robaron”, decía lo siguiente refiriéndome a la revista La Codorniz: “Con ella desapareció una forma culta, afilada, irónica y mordaz de hacer humor inteligente dirigido a un público al que, como decía su lema, se le presuponía también el intelecto y el ingenio”. Y, pesimista, finalizaba: “Hoy, me temo, eso sería mucho suponer”. 

Hoy quiero glosar brevemente la figura de Antonio de Lara Gavilán, conocido como “Tono” por sus muchísimos seguidores y admiradores de aquellos años y por los poquísimos que, desgraciadamente, hoy conocen de su existencia.

Merced a la benemérita editorial Renacimiento de Sevilla, a la que tanto hay que agradecer, llega a mis manos un magnífico libro que lleva por inspirado título “Tono, un humorista de la vanguardia” (no confundir la vanguardia intelectual a que se refiere dicho título con el panfleto al que llaman periódico, ayer adorador de Franco y hoy masajeador de independentistas catalanes).

El volumen, elaborado entre la autora de la única tesis sobre Tono, y uno de los escasos acercamientos a su figura, Gema Fernández-Hoya, y los especialistas en cine español y, según la ficha de la editorial, “investigadores del codornicismo cinematográfico”, Felipe Cabrerizo y Santiago Aguilar, es una delicia de principio a fin que he devorado en apenas tres días y que nos aproxima por primera vez a este curioso, extravagante y personalísimo integrante de esa otra Generación del 27 a la que José López Rubio dio carta de naturaleza en su discurso de ingreso en la RAE, en 1983.

Del porqué se ha sumido en el olvido y el ostracismo la figura y la obra de Tono, como la de Neville, Mihura, Jardiel Poncela y tantos otros, ya he hablado aquí en otras ocasiones, pero se resume en una sola razón: su ideología. Nadie dude que de haber sido todos ellos opositores al régimen de Franco e izquierdistas al uso nos los recordarían hoy a todas horas y tendrían calles, plazas y premios que llevarían sus nombres.

No es así, Tono fue siempre falangista, al igual que Neville o Mihura, y, por tanto, hoy apestados a los que se niega el pan y la sal. Por eso es tan de agradecer la labor de editoriales como Renacimiento en medio de este magma irrespirable de pensamiento único en el que nos estamos fundiendo.

Maestro del humor surrealista, absurdo a veces, disparatado las más, Tono es definido por todo aquel que llegó a conocerlo como un hombre básicamente bueno y bondadoso, generoso, educado, elegante… En fin, podríamos concluir que reunía todas las cualidades idóneas para que la izquierda y la progresía actual lo rechacen.

Pero dejó una obra ingente y fue director de varias de las publicaciones humorísticas más prestigiosas de la época, en los 30 y primeros 40 la revista falangista Vértice, después la revista Cámara y luego, en los 50, la revista Foco.

 Dueño de una vida apasionante, en los años veinte vivió en París y disfrutó de la bohemia y las vanguardias de la ciudad luz. Posteriormente, como hicieron varios de sus compañeros de generación, fue a Hollywood donde trabajó para la emergente industria cinematográfica como escenógrafo.

Durante la guerra civil fundó con Miguel Mihura la revista La Ametralladora para aportar humor y alegría e insuflar ánimos a los combatientes del bando nacional y que sería el germen de la posterior Codorniz. También colabora en esa época con las revistas falangistas Unidad y la ya nombrada Vértice.

También, durante la guerra, colabora con su amigo Mihura en varias obras de teatro e incluso realizan juntos una película al acabar la guerra que se llamó Un bigote para dos.

 Pese a su fama de, digamos, vago, o más diplomáticamente, alérgico al trabajo, trabajó incansablemente y colaboró con otras revistas de humos como Gutiérrez (junto con el humorista español K-Hito del que siguió su estilo de humorista gráfico) y Don José, entre muchas otras. Más tarde lo haría en revistas y periódicos como SemanaBlanco y NegroArriba o ABC y siguió escribiendo obras de teatro, dibujando, escribiendo, trabajando para el cine…

Recibió varios premios casi al final de su vida, como el «Mingote» en 1968 o el  «Olivo de Oro» en 1975.

Como dramaturgo, en las abundantes obras de teatro que escribió, es deudor del estilo disparatado y surrealista de un Ramón Gómez de la Serna, el fundador de la más famosa tertulia literaria, la del café Pombo de Madrid y creador del género literario conocido como Greguerías, que él definió como «metáfora más humor», otro más de los castigados y marginados por el iletrado pensamiento progre.

Tono, queda dicho, fue falangista y, quizá por ello, despreciaba lo burgués. Muchos de sus chistes gráficos y buena parte de su obra teatral abundan en esta ridiculización de una burguesía a la que caracterizó detrás de la astracanada y el absurdo.

Merece la pena aprovechar esta oportunidad que nos da Renacimiento de acercarnos a la fascinante personalidad y la necesitada de reivindicación obra de Antonio de Lara Gavilán, “Tono”, un hombre consagrado a hacer humor pero que llevaba dentro un poeta, quizá porque, como agudamente, como en el era habitual, dijo su amigo Miguel Mihura:

 El humor es un género literario al que se suelen dedicar los poetas cuando la poesía no da lo suficiente para vivir bien”.

 

Editorial Renacimiento




  

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