Ana Frank y la naturalidad

Releyendo el diario de Ana Frank a estas alturas, soprende algo que pasaba desapercibido cuando se leía a la misma edad que la autora (pues entonces era simplemente como hablar con otra adolescente, y una de las más empáticas en sus aficiones). Y es la enorme naturalidad con la que asume unas crueldades que describe como de paso, sin ni quejarse. Hay una total ausencia de victimismo. El diario se centra en su vida personal, sus lecturas, sus sentimientos. Da la impresión de que el tono no sería muy distinto de haberse escrito en circunstancias normales, como de hecho transcurren sus primeras páginas, antes de que se refugiaran en el escondrijo. 

Normales en cierto modo, claro. El diario comienza refiriéndonos su vida cotidiana, el colegio, los compañeros, un amago de vida sentimental… Y completamente de pasada, como algo naturalísimo, dice por ejemplo: “¡Qué calor! Y lo peor es tener que ir a pie a todas partes. Ahora empiezo a comprender lo maravilloso que es un tranvía, pero los judíos nos vemos privados de ese placer […]. Por fortuna, se generaliza la moda de invitarnos a tomar algún refresco”. El indescriptible horror, a nuestros ojos, de que a los judíos se les prohibieran tranvía y bicicletas, todo salvo caminar, eso lo dice del modo más casual, como una molestia inevitable.

Cuando por fin, cargados, atiborrados de bolsas, emprenden lo más discretamente que pueden el camino del refugio, Ana Frank anota luego:  “Los obreros madrugadores nos contemplaban con un aire de lástima y sus rostros reflejaban la pena que les causaba no poder ofrecernos medio alguno de locomoción. Nuestra estrella amarilla bastaba para impedírselo”, y continúa describiendo tan singular mudanza exactamente con el mismo tono con el que, en otras circunstancias, hubiera narrado un viaje de fin de curso, con mirada de niña atenta, observadora, deseosa de aprender…

El maravilloso testimonio de esta infortunada niña merece enorme atención, y la ha recibido (si bien a veces por parte de personas que no parecen ni haberlo leído, a juzgar por cómo la llevan a su ideología… pero eso es otro tema).

Centrémonos en la naturalidad con la que en todo tiempo, cuando se trata del aquí y del ahora, los seres humanos asumen injusticias que luego, descritas en un libro, quedan como atroces e insoportables. Es curioso, pero vivir la realidad al parecer es menos tremendo que leerla o verla en un documental…

Ahora Austria dice que confinará a los que no han querido inyectarse. Que no podrán salir de sus casas, salvo para lo imprescindible. Y esta inaudita monstruosidad, de someter  a arrestro domiciliario a personas que no han cometido delito alguno, se comenta… tal cual, como una noticia totalmente menor. Si algún comentario inspira, es cuándo otros gobiernos empezarán a hacer lo mismo. 

“Es por salud”, dirán. Bueno, aparte de que eso es enormemente discutible  (la OMS afirma que estas inyeciones “son seguras para la mayor parte de las personas”. Pero, ¿y las que estén dentro de la menor parte?), pero dejándolo estar, aun adhiriéndonos a la mayoría de la humanidad que hoy día considera que estas vacunas “son buenas”, pues… cuando se discriminaba a los judíos también se daban razones convincentes. Todos las grandes opresiones de la humanidad se han hecho por algo. Ni Hitler ni Stalin afirmaban que había que encarcelar o liquidar a estos o aquéllos por puro gusto o por ganas de fastidiar. Siempre daban razones. Nos parecerá horroroso, pero en la Alemania nazi miles de personas creían de buena fe que la extinción de la raza judía era una cosa buena para la Humanidad. En el lado comunista, otros tantos miles de personas también llegaron a creer de buena fe que los horrores soviéticos (siempre menos comentados que los nazis) eran necesarios por una cuestión de “justicia social”. Razones siempre hay.

Cuando se redacta una Declaración de Derechos Humanos, o cuando los derechos de los ciudadanos se enumeran en la Constitución de un país, se sobreentiende que hay que mantenerlos en todas las circunstancias. Precisamente se enuncian porque sabemos que las tentaciones de pasar por encima de ellos son continuas (¡los gobernantes siempre encuentran tan buenas razones!). Si no, huelgan. 

Ana Frank no podía coger el tranvía. Los sevillanos aún pueden, al día de hoy, tomar el autobús sin mostrar papeles; pero por megafonía se les recuerda constantemente: “Eviten hablar en el autobús”. ¡Eviten HABLAR! Esto es la democracia occidental del  siglo XXI.

Y mientras tanto, a los asesinos en serie, a los peores criminales, nadie les discute sus derechos, esos Derechos que se consideran tan básicos que no se les niegan ni a los que atentan contra los del prójimo, porque Europa es muy civilizada y hasta a los terroristas hay que proporcionarles defensas legales y pensar en sus derechos… Y entre tanto derecho, a los no criminales se les encarcela sin juicio previo hasta que no se dejen ser pinchados. Y aquí no ha pasado nada.

Pero habrá que hacer como Ana, seguir viviendo, leyendo, disfrutando de lo que se pueda. Un día, generaciones venideras se admirarán de la naturalidad con la que vivimos tan inauditas opresiones…




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *