Los discos de Raphael son el kilómetro cero de sus conciertos. Su puesta en escena es como la  última pista grabada. Su directo es la prueba definitiva de las mezclas. Aunque lo parezca, un disco de Raphael no está terminado hasta que él lo lleva al teatro. Allí encuentra su mejor envoltorio, la decisiva calidad de su sonido y de su hábitat, es su desenlace más inmenso, como cuando los ríos desembocan en el mar.


Los discos de Raphael siempre tienen sus bases en la naturaleza común de un antecedente histórico para la música española: el recital de la Zarzuela en 1965, el día que Raphael abrió para sí mismo y para todos la posibilidad de ser mucho más que un disco, mucho más que un cantante, muchísimo más que un baile. Sentó al público y le enseñó a escucharle. Le demostró que ofrecía la garantía artística bastante como para prestarle atención. Con el caso concreto y excepcional de Raphael  -único, incomparable e irrepetible-, el mundo del espectáculo experimentó el milagro de la inmensidad. Raphael inventó una extraña y controvertida especie escénica, personal e intransferible: el concierto de los desconciertos, porque siempre terminan rompiendo los esquemas, desbordando la capacidad de lo comprensible. Desde entonces,  nadie se explica a Raphael por más que queramos explicárnoslo. Es un fenómeno artístico a estas alturas inabarcable y, por eso mismo, escurridizo, el reto de todo analista musical. Alguien dijo que las cosas más grandes no tenemos que explicárnoslas, sino sentirlas.

RESinphónico ha sido elaborado por un meticuloso proceso  desde los legendarios estudios de Abbey Road hasta el Teatro Real. Desde Londres a Madrid. Es un disco bisagra con el que Raphael ha cerrado 2018, pero también con el que abrió 2019. Si el anterior se tituló “Infinitos bailes”, este podría haberse llamado “Infinitas posibilidades”. Cuando un artista logra una evolución tan inteligente para su dilatada carrera, aún puede ampliarla sin meros recuerdos ni nostalgias hasta una larga y difícil zona de actualidad, expectación y curiosidad del público. Raphael está en vigor cruzando por el mismo cómputo temporal donde tantos habitan ya la melancolía y hasta el ocaso. Raphael no fue. Raphael es. Y ha sabido hacer de su historia la conversión a una inagotable renovación.


El artista ha afirmado que este es el disco de su vida. Yo respeto esa valoración, pero creo que ni para el mismísimo Raphael  -comprensible en su natural y legítimo entusiasmo con la más reciente entrega de su alma- es ya posible abarcarse. Ni el mismo Raphael puede ya resumir a Raphael. Si llama a RESinphónico el disco de su vida, también es verdad que su vida está hecha de muchos discos. El contenido de un significado tan amplio como el que representa su nombre, no podría expresarse ya en una sola muestra, por extraordinaria que sea. Fuera de las murallas de RESinphónico también queda bajo el dominio de Raphael el territorio de un imperio de éxitos mundiales en los que nunca se pone el sol. “Balada de la trompeta”, “Desde aquel día”, “Ave María”, “Aleluya del silencio”, “En carne viva”, “El tamborilero”… Han sido, por ahora, casi sesenta años intensos e inmensos.

Este disco está hecho de cajas mágicas, pero sin trucos. Es un disco sin esconder nada en las mangas, se ve todo, se enseña todo, empezando por la voz valiente de Raphael. Es una voz verde, una voz de quirófano, como si los cirujanos nos llevaran hasta sus prodigiosas manos vestidos de esperanza. Es la maravillosa voz de siempre, pero distinta, la que se trajo un ser humano cuando experimentó la escueta línea que separa el fin de la vida con su prórroga. Cuando un hombre vuelve de allí, se nota que ha canjeado miedo por arrojos, y no queda duda de que ya siempre se atreverá con todo. Canta con voz de regreso, de punto y aparte, voz con los recursos que da la sabiduría, voz defendiéndose del pasado, es una voz promulgada como los decretos leyes: de extraordinaria y urgente necesidad, para él y para su público, no se puede desperdiciar un solo día sin esa voz con más dulzura que veneno. Y  en una de esas cajas mágicas de RESinphónico se guarda la  razón original, preciosa y romántica de este disco: que Lucas Vidal  -productor, arreglista e instrumentista a la flauta y al piano- es el nieto de quien dirigió Hispavox, la compañía por excelencia de los éxitos de Raphael. Y se han juntado el hambre con las ganas de comer, la pasión de dirigir con la locura por cantar. A Lucas Vidal le sabe tanto la música, que de pequeño saboreaba en sus armonías hasta la sintonía televisiva del tiempo.

Lo que ha hecho en RESinphónico Lucas Vidal es saber agradecer un regalo, el que le hizo Raphael al entregarle parte de su más representativo repertorio alejandrino y encomendarle que chocara los cinco con la música electrónica. Me consta que la reacción del joven compositor fue prudente en las primeras realizaciones. Pero Raphael le pidió más. Y más. Y en un alarde del riesgo al que está acostumbrado en toda su carrera, le retó a cruzar con esas canciones desde los años 60 y 70 hasta nuestros días. Fue como empujarle a atravesar el alto puente colgante de cuerdas y listones que tiembla entre los dos extremos de un desfiladero. Pero Lucas Vidal ha demostrado no tener vértigo, sino entusiasmo y felicidad bien trabadas con una inteligencia musical extraordinaria. Sólo la introducción de “Inmensidad”  -no en vano el primer corte del CD o el vinilo-, sólo eso y antes de que Raphael empiece a cantar, parece ya un libro con las memorias del artista, una escritura magistral y sobrecogedora que arrancara desde la revelación que Rafael Martos tuvo bajo la carpa de un teatro, como si hubiera creado esa música llevando su piano hasta las mismas estancias de la humilde vivienda de la calle de Las Carolinas, en una partitura impregnada de un tiempo viejo de academia que logró el milagro de este largo presente de éxitos. Es la inmensidad de Raphael precedida por una música que viene de lejos, envuelta por su leyenda.

Digan lo que digan comienza casi a capela, como voceada muy temprano por callejones, en el pregón madrugador de un vendedor de periódicos que diera la gran noticia a contracorriente de todas: Más dicha que dolor hay en el mundo.

Mi gran noche aumenta su enorme capacidad de himno. En directo hace caer sus palabras como meteoritos sobre el público. Al clásico donde se creó el icono de la chaqueta al hombro, Lucas Vidal le ha descorrido enteras las puertas del siglo XXI.

Yo soy aquel expide el DNI de Raphael con decenas de fotografías. Está orquestada con sus huellas dactilares, con fecha de nacimiento, con datos de origen sin caducidad, en la persistencia invencible de haber estado aquí aquí durante cerca ya de seis décadas.

Canta Los hombres lloran también con hermosas lágrimas nuevas de su madurez expresiva, de su dolor experto en dolores. Lucas Vidal le ha escrito de maravilla el íntimo rincón donde desahogar las penas. Y los ojos cargados y brillantes.

Promesas es un sinfónico oleaje con las idas y venidas de los propósitos humanos que no llegan a buen puerto. Seguramente sea la secuencia más cinematográfica del disco, con la que abre los conciertos, donde habla de lo borrado, pero también de lo indeleble.

Completan RESinphónico Hablemos del amorVolveré a nacerNo vuelvasQué sabe nadieLoco por cantarCuando tú no estás y A que no te vas. Un equipaje multicolor siempre en negro, para llevarse a la gira mundial que está a punto de comenzar por América. Es más que un disco, incluso si fuera como dice Raphael el mejor que ha grabado. Es el caso inclasificable de un artista que, más allá de su arte, lo más grande que nos está enseñando es la actitud humanamente ejemplar de que el día que nos vayamos para siempre, por muchos años que cumpliésemos, lo hagamos en la flor de la vida.