Raphael elige a Sevilla para despedir la etapa española de su gira «Loco por cantar»

La llama siempre “Mi Sevilla”

 Raphael terminó en Sevilla la etapa española de su gira mundial LOCO POR CANTAR, que a partir de ahora continuará por Europa y que ya pasó por América latina y los Estados Unidos. Para nuestro país, sus dos conciertos en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Fibes  -con todas las entradas agotadas-  han constituido un auténtico y lujoso broche de oro.

 Escribir crónicas sobre Raphael para quienes le ven, es perder el tiempo (para mí al menos); porque quienes le ven y hasta le siguen de una ciudad a otra, no las necesitan. Ya saben lo que hay. Y hay tanto que por mucho que yo cuente, por más que me esfuerce expresivamente (yo y quien sea), no abarco esa extraña dimensión del espectáculo que se llama Raphael. Llevamos 57 años de palabras invariablemente encadenadas a una carrera internacional: éxito, triunfo, apoteosis, delirio… ¿Y qué? ¿Qué hago yo ya con esas palabras? Que me las trago. Que están gastadas a base de casi seis décadas que las han reproducido multiplicadas, una y otra vez, por cientos de periódicos en tantos países y en varios idiomas… hasta en ruso o japonés. Esas palabras van tan indisolublemente unidas al nombre de Raphael, que parece como si fueran  un largo y rimbombante apellido cuajado de títulos.

 Intento escribir para quienes aún no hayan visto en directo a Raphael, para los que se creen que un artista inconmensurable cabe en la tele. Y escribo sobre todo para aquellos que ya han decidido su retirada sin haberlo visto en su vida, sin haber presenciado uno solo  -¡uno!-  de sus conciertos. Y eso si es que lo de “presenciar” cabe en el cosmos Raphael, porque sus conciertos te involucran, jamás se sienten desde fuera, sino en lo más hondo del corazón, te remueven la parte más dormida de las entrañas, la más agazapada en una tranquilidad de resignaciones con el amor que él agita. “Presenciar” es una actitud de vida vegetativa que no cuadra en un teatro cuando lo ha llenado Raphael.

 Los resultados de la analítica de muchos no tienen nada que ver biológicamente con la de Raphael. No se trata ya, a estas alturas, de un prodigio artístico incomparable, sino de un fenómeno genético tan digno de asombro como de estudio. Si yo fuera doctor en algo, repararía en el caso Raphael para investigar cuánto puede alargarse la juventud de un ser humano cuando se entrega a su vocación con rasgos sacerdotales, cuando su organismo desprende música y emite un torrente de voz, como si fuera el hermoso oleaje de las orillas de un océano, cuando ama con las fuerzas de un loco, cuando decide pecar digan lo que digan los demás. Estudiaría cómo lo respeta el tiempo cuando empieza a cantar…

 ¿Cómo coño se va a retirar un hombre en la plenitud de su vida? ¿Cómo se va a jubilar en su mejor momento, cuando ha logrado la mayor sabiduría de una profesión tan bellísima como difícil? ¿Cómo se va a ir si no se va el público, si todo asiento se va agotando a su paso por el mundo, si ponerse miles de personas en pie es un multitudinario acto reflejo cada vez que acaba una canción? ¡Ay, España sobre todo, siempre incómoda y envidiosa con el éxito ajeno, siempre presta para acudir a dar pésames, pero remolona y silente para felicitar las bonanzas y felicidades del vecino?

 ¡Vayan a ver a Raphael, cojones! Créanme que lo recomiendo de buena fe, que no llevo comisión en taquilla. No se pierdan siquiera por una vez en la vida a una leyenda de semejante peso en el mundo del espectáculo internacional. Una especie única que llegó con él mismo y se extinguirá con él mismo.

 A los demás, a las miles de personas que hicieron del auditorio de Fibes un manicomio en el que un loco por cantar desquició a quienes estaban locos por escucharle, no tengo que decirles nada ni de nada convencerles. Raphael les bastó, Raphael les bastará siempre. A ellos no les hago falta en absoluto. Les hace falta Raphael. Siempre les hará falta Raphael.

 Y a los demás, a los que dicen que Raphael debe retirarse, que se dediquen a sus ambulatorios, a sus exámenes clínicos, a sus diagnósticos y a sus consultas. Lo digo con todos mis respetos  -incluso para mí-, porque con la salud no se juega. Pero no se pierdan la próxima vez a este jovenzuelo de 75 años. Tiene decidido retrasar el final.



1 Comment

  1. edith velasco dice:

    Gracias Pepe. Sigues ostentando el títuto de: «el periodista que mejor escribe sobre Raphael».

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