Nuria Postigo es sevillana, tiene 44 años, estudió Bellas Artes ya en el siglo XXI y ha encerrado su vida en un mundo de colores imposibles, tal vez imaginarios, pero que iluminan una ciudad más allá del pensamiento que se le escapa y se le desborda entre los dedos, como un aluvión de músicas o de volantes coloristas que ornamentan la luz de sus paisajes. Es la autora del cartel de la Velá de Triana de este año, que se presenta dentro de unas horas y cuyo contenido se reserva y guarda como el secreto de una pirámide egipcia.
Es hija y nieta de flamencos, del célebre guitarrista José Luis Postigo, uno de los grandes acariciadores de la bajañí y coleccionista sabio de ese instrumento. Sus rincones preferidos en Sevilla se encuentran en el Barrio de Santa Cruz, donde respira la luz de las mañanas, y se confiesa entusiasta de la Semana Santa.
– Cuénteme con palabras lo que has hecho en el cartel de la Velá…
– Imposible, porque me lo tienen prohibidísimo antes de la presentación, pero tiene algo de homenaje a la copla y al flamenco, dedicado al arte de Triana. Y un toque de alegría para aliviar la pena de que este año tampoco se pueda celebrar como debería por culpa de la pandemia.
– Vaya, pues hagámoslo en plan adivinanza, ¿le parece?
– Dale…
– ¿Se ve el río?
– Sólo un poco.
– ¿Y el puente?
– Sí, el puente sí se ve.
– ¿Alguna Virgen?
– No, no hay Virgen.
– ¿Atardecer de nostalgias o luz de alegrías?
– Tiene mucha luz y mucho color.
– ¿Introvertido e íntimo o extrovertido?
– Alegre y extrovertido.
– Creo que ya lo tengo…
– (risas) No, no. Son metáforas, nada más, que si no, la liamos.
– ¿Por qué los miedos y esos ataques de responsabilidad al presentar un cartel?
– Porque no es lo mismo que un cuadro. Un cuadro es algo más personal, que te puede gustar o no, pero un cartel está dirigido a que la gente se identifique y lo haga un poco suyo
– ¿Cuándo empezaste a pintar?
– Desde niña. En mi casa siempre hubo gente muy relacionada con otras artes a través de la música y de la guitarra de mi padre. Pasaban músicos, pintores, toreros… Empecé a pintar retratos de algunos de ellos, pero más tarde me pasé al paisaje y a estudiar otros motivos en Bellas Artes.
– Y fuiste abandonado las formas por el color, las manchas…
– La luz, los silencios, los espacios vacíos, los ambientes…, eso fue lo que empezó a interesarme. Cuando salíamos a pintar al aire libre en las clases a mí no me atraían tanto los objetos, los bultos, las formas, sino la luz y el ambiente que llenaba aquellos espacios.
– Algo así como los músicos, que cortan el silencio en trozos; o lo de Miguel Ángel, que decía que le quitaba al bloque de mármol lo que le sobraba… y le salía el David o el Moisés, ¿no es eso?
– Sí, algo parecido. Eso que no todo el mundo ve, pero que algunos sienten y que lo inunda o lo envuelve todo. La luz…
– Toda la vida rodeada de guitarras. ¿Las ha pintado muchas veces?
– No creas. Alguna vez, sí, porque pinté a Manolo Franco o a mi padre, pero vivimos rodeados de guitarras, con la magnífica colección que se conserva en el Callejón del Moro, en la Casa de la Guitarra, donde se conservan algunos instrumentos de 1.800, que ahora está cerrada por la pandemia, pero que esperamos volverla a abrir para septiembre y continuar con los espectáculos.
– Dígame quién le impresionó de esos artistas grandiosos del flamenco a los que conoció desde pequeña.
– Son muchos… Miguel Vargas, por ejemplo, que es de la familia; pero también Luis Caballero, Paco Taranto, Manolo Franco…
– ¿Y el pintor que más admira?
– Zóbel, sin dudarlo. Me tiene atrapada desde hace años y me interesa todo ese trabajo suyo de manchas y colores que hay en el Museo de Cuenca y que parece guiado por la música.
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