El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. El Conde de Ibarra

Queridos lectores: después del parón navideño y deseándoos un feliz 2023, reanudo esta serie de personajes ilustres que tanto contribuyeron a engrandecer nuestra querida Sevilla.

El personaje de esta semana fue otro alcalde de Sevilla, famoso, entre otras realizaciones, por ser uno de los fundadores de la Feria de Abril; hay una calle en la ciudad rotulada con su apellido y está retratado en un cuadro ubicado en la casa consistorial del Ayuntamiento hispalense.

José María de Ibarra (o Ybarra) y Gutiérrez de Caviedes nació en Bilbao el 6 de mayo de  1816, miembro de una familia de gran tradición empresarial, era el tercer hijo de José Antonio Ybarra de los Santos, fundador y patriarca de un grupo empresarial (germen de Altos Hornos de Vizcaya y del Banco de Bilbao). Estudió Derecho en Madrid, allí se licenció  en 1839 y se doctoró en 1841. En la capital, ya abogado, trabajó como pasante en el bufete de Juan Bravo Murillo (que unos años después sería Presidente del Gobierno) y, debido a sus ideas liberales  moderadas, participó en círculos políticos favorables a la regente exiliada María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (esposa del rey Fernando VII y madre de la futura reina Isabel II), en oposición al  progresista general Espartero, que se había convertido en Regente del reino. En 1841 volvió a Bilbao, participando en un fallido pronunciamiento moderado contra dicho general en apoyo de María Cristina, por lo que su padre vio oportuno alejarlo de  Bilbao  y decidió enviarlo a visitar a los diversos agentes de Ybarra, Mier y Compañía; viajó a Bayona, Barcelona, Valencia, Cádiz y Sevilla, ciudad, ésta última, en la que se estableció como comerciante a partir de 1843, tras contraer matrimonio con Dolores González Álvarez, hija de Ramón González Pérez , un indiano socio y amigo de su padre, colaborando en los negocios agrícolas de su suegro. Allí permaneció el resto de su vida, identificándose con la ciudad e  integrándose plenamente en sus costumbres, cambiando su idiosincrasia y destacando en todos las facetas de la vida de Sevilla. Afincado en Sevilla, vivió en la calle San José, frente a la parroquia de San Nicolás (de cuya Hermandad Sacramental se convirtió en hermano mayor en 1876). De viaje de novios llegaron a Bilbao en diligencia, en un momento en que el general Espartero bombardeó Sevilla, y allí celebró Ibarra la caída del poder de Espartero y el ascenso al poder del general Narváez (al cumplir la princesa Isabel la mayoría de edad y ser proclamada Reina de España). De vuelta a Sevilla, Ibarra, que procedía de una familia de gran tradición industrial, con iniciativa, tenía olfato para los negocios y al ser Sevilla una ciudad sin industrializar aún, sus ideas fueron bien recibidas por los sevillanos. Así,  con el apoyo financiero de su familia fundó aquí una empresa naviera dedicada al transporte y comercio de cabotaje entre Sevilla y Bilbao, la Compañía Vasco-Andaluza de Navegación,  que empezó con un velero y al que incorporaría posteriormente barcos de vapor que incrementaron el volumen de negocio de la empresa, llevando a cabo también una constante actividad  de transportes marítimos tanto a nivel nacional como internacional. Con el propósito de comercializar la producción agrícola familiar en Andalucía, sobre todo del olivar, fundó también la empresa de productos alimenticios “ Hijos de Ybarra, S. A.” dedicada al principio, exclusivamente, a la producción y venta del aceite de oliva y de aceitunas de mesa, que luego se ampliaría a diversos productos que se exportarían al extranjero, creando también una refinería y un envasado de aceite en lata, consiguiendo en 1876 el premio a la calidad en  la feria universal de Filadelfia. Llevada de un espíritu de modernidad y de innovación, la empresa alcanzó una calidad y una uniformidad desconocidas en un sector tradicional que todavía funcionaba de forma artesanal y fue aumentando su presencia a nivel internacional. Además, compró varias fincas rústicas en la provincia de Sevilla, (como la Hacienda olivarera de Quintos) en las que se estrenaron las primeras cosechadoras conocidas; invirtió en minas en las provincias de Badajoz y de Huelva, y participó en la fundación del Banco de Sevilla. Dichas empresas serían heredadas por sus hijos. Ibarra dotó a sus empresas de un estricto código de comportamiento sostenido en la autoexigencia, la dedicación y la iniciativa, con gran disciplina en el trabajo, una instrucción teórica y técnica, un eficaz reparto de responsabilidades y un claro sistema de sucesión; preparó a conciencia a sus hijos en estudios teóricos ( ingeniería, contabilidad, comercio,…) y prácticos ( que incluían viajes al extranjero para familiarizarse con sus técnicas comerciales y contables y aprender idiomas ), les enseñó el manejo de los negocios y les dio un reparto de responsabilidades, incluso directivas, pidiéndoles informes y noticias a sus hijos de la marcha de los mismos diariamente y les recomendaba un control exhaustivo de sus contabilidades particulares, pero manteniendo siempre Ibarra la unidad y el control de la empresa. Para asegurar la fortaleza económica y evitar la dispersión del patrimonio, Ibarra constituyó un pro indiviso que mantuviera unida la herencia de sus hijos  y les dejó claro que la sucesión se guiaría por la igualdad y la unión entre hermanos sin romperla bajo ninguna circunstancia. Sus hijos fueron integrándose en las empresas al tener la edad y la preparación suficiente, y desde el principio organizó la transmisión de las empresas constituyendo una nueva sociedad regular colectiva (José María de Ibarra e hijos), traspasando todos los activos, empresariales y familiares, de una sociedad a otra sin mermas, y así puso los cimientos del mecanismo en el que se basaría el éxito a largo plazo de la Casa Ibarra. Era un  poderoso y sólido grupo empresarial familiar,  y dentro de él había, por un lado, la actividad naviera, y, por otro lado, los negocios agrícolas, mineros y financieros unidos a la gestión del patrimonio familiar, dedicándose cada hijo, preferentemente, a una sola  actividad. 

En Sevilla también se interesó por la política, que alternó con los negocios privados. Tenía un acentuado sentido del servicio público y el 3 de enero de 1846 fue nombrado segundo teniente de alcalde del ayuntamiento de la capital hispalense y posteriormente alcalde interino; en agosto de 1846,  junto con otro concejal, Narciso Bonaplata, un empresario catalán – también sevillano de adopción como Ibarra-, con el fin de reactivar la economía sevillana y recuperar las ferias fundadas por el rey Alfonso X  el Sabio, ideó la creación de una feria anual para la compraventa de ganado caballar, vacuno y ovino libre de impuestos, a celebrar durante tres días en el mes de abril, proponiendo dicha idea al ayuntamiento en sesión plenaria de 15 de agosto, la cual gustó, ( después de algunos inconvenientes con el alcalde Conde de Montelirio, quien pensaba que ya existían algunas ferias de renombre próximas a Sevilla, como la de Mairena del Alcor o la de Carmona, que pusieron  trabas, presiones y protestas para que la feria de Sevilla no se celebrara en el mes de abril ) siendo aprobada dicha propuesta por el consistorio el 18 de septiembre, tras estudiarse todos los pormenores y elaborarse su presupuesto, fijándose su celebración los días 18, 19 y 20 de abril, ( con el tiempo irían aumentando los días de duración ). Así, se remitió a Madrid un expediente de petición solicitando permiso del Gobierno de la nación para celebrarla, encabezado por una carta –oficio redactada personalmente por el propio Ibarra, dirigida a la reina Isabel II en nombre de la corporación municipal, haciendo constar que  tanto Madrid y Barcelona como muchos pueblos y ciudades de España, ya organizaban su feria. De este modo, la soberana aprobó la fundación de la nueva feria por Real Decreto de 5 de marzo de 1847  y concedió a  la ciudad de Sevilla el privilegio de feria, que se celebró con gran éxito por el respaldo de ganaderos e industriales, siendo el lugar elegido para tal evento el Prado de San Sebastián, también llamado Prado de las “ Albercas,” un terreno comunal extramuros propiedad del ayuntamiento, por su  proximidad y sus pastos para el ganado. Se instalaron dos abrevaderos para el ganado, se otorgaban premios a quienes presentaran las mejores lanas y a los que mostraran los mejores bueyes, los carneros más jóvenes y los caballos más rápidos, y se instaló una caseta municipal para atender a personalidades. Al principio había casetas comerciales solamente, (un total de 19) pero  el pueblo sevillano, atraído por el evento, fue acudiendo a la feria y se fueron montando muchos puestos de venta de productos, de  artículos y de comidas, tiendas y tabernas por las clases populares, así como atracciones. Pero llegó un momento en que las casetas destinadas a la diversión ya eran más numerosas que la de los comerciantes, y se fue creando un ambiente de fiesta con bailes y cantes típicos de la ciudad, lo cual provocó la protesta de los ganaderos, ya que dicho folclore les molestaba y dificultaba los tratos comerciales, quejándose  y  solicitando del ayuntamiento mayor presencia policial, a fin de acabar con el jolgorio sevillano. Progresivamente, con el paso de los años, esta feria fue perdiendo su carácter mercantil, y fue adquiriendo otro de tipo festivo y lúdico (el que existe actualmente), y, aunque  Ibarra asistió al principio a la feria, luego quedó indignado al ver la  creciente transformación del evento, contrario a sus pretensiones, que nada tenía que ver con la feria original, reprobándolo repetidamente y defendiendo el motivo comercial y principal del mismo, ante las quejas continuas de los ganaderos. 

José María de Ibarra ocupó todo tipo de cargos por los que nunca aceptó remuneración; además de concejal y teniente de alcalde, (igualmente de alcalde, a lo que me referiré más adelante) fue diputado provincial y presidente de la Diputación y miembro de numerosas juntas de beneficencia a las que favoreció con su dinero particular, y ayudó personalmente a los niños desamparados, a los enfermos y a las personas necesitadas con ayudas económicas, contribuyendo a la mejora de asilos y hospitales. También perteneció a la Hermandad de la Santa Caridad, fue director gratuito del Hospital Central ( de las Cinco Llagas, en el que se hicieron obras de higienización ), dirigió el Hospital de San Lázaro ( realizándose una reforma completa del edificio para mayor comodidad de los enfermos, de cuyo cuidado se encargaron desde entonces las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl )  y en 1846 fundó el Asilo de la Mendicidad de San Fernando, (a cargo también de las hijas de la Caridad), acogiendo a ancianos imposibilitados, a niños huérfanos desamparados  y a pobres de solemnidad, que pedían limosna en las calles y plazas de Sevilla. Este asilo estuvo muy bien dirigido y administrado por José Pereira de la Torre  y contaba con un médico, un capellán, y maestros de música, de talleres y en el que se aseaba, alimentaba y se enseñaba a leer, escribir, las reglas fundamentales de la aritmética y la doctrina cristiana, fundamentalmente, con disciplina, obligando  a trabajar a todos, siempre que lo permitiera su salud; a los jóvenes se les enseñaba un oficio , y a los que tenían disposición se les enseñaba música, integrando después la banda municipal. El asilo se mantenía sobre todo con el producto de entierros, rifas y limosnas de particulares bienhechores. Era un hombre de un corazón abierto a las desgracias y al infortunio que trataba de remediar con su caridad. Por todo ello, por su dimensión católica y humana, alcanzó gran popularidad.  Asimismo recibió condecoraciones y nombramientos tales como académico de la Real y Eclesiástica de San Pedro en 1841, de la Real de Bellas Artes de Sevilla desde 1855 y de la Real de Jurisprudencia y Legislación, y fue nombrado caballero de la Orden de Beneficencia, así como presidente de la Junta Provincial de Beneficencia y de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, director del Banco de Sevilla y  cónsul del Tribunal de Comercio.

En 1860 Ibarra costeó con su dinero particular la instalación en Sevilla de un hospital para atender a los soldados vascos heridos en la guerra de Marruecos. Este gesto altruista de José María con sus paisanos hizo que fuera nombrado “ Padre de la Provincia “por la Junta General de las provincias vascas en su sesión de 22 de julio  celebrada en Guernica; este reconocimiento fue ampliado por la Diputación de Guipúzcoa, cuyo organismo comunicó este gesto a todos los alcaldes y párrocos para que lo divulgaran en sus tablones informativos. Estos honores fueron acompañados por el regalo de un jarrón de bronce con escenas bélicas referentes a la guerra de África, en agradecimiento por la ayuda prestada a los heridos. 

La semana próxima continuaré con la semblanza de este personaje tan importante para nuestra ciudad.




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