«Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie», le sugiere Tancredi a su tío Fabrizio en «El Gatopardo»…
No sé si Iván Redondo habrá tenido tiempo u ocasión de leer a Lampedusa con tanto empeño como pone en revisar «El ala oeste de la Casa Blanca», pero la evidencia de la estafa en estos meses ha sido tan flagrante y abarca tanto que cuesta trabajo creer que el relevo anunciado del Consejo de Ministros sea cierto, más aún teniendo en cuenta que se trata de un anuncio a varios meses vista y yo no recuerdo una crisis de gobierno en mi vida que no se haya producido de repente, sin recados de adelanto y sin tanto toque de trompetas.
Para colmo, cuentan que la citada crisis estará condicionada por acontecimientos imprevisibles, como son el resultado de las primarias andaluzas del PSOE, la llegada o no de los primeros fondos europeos o el desenlace tras la concesión de los indultos arbitrarios y ‘contra legem’ a un puñado de sediciosos dirigentes catalufos.
«Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho!», le dice Don Quijote a su escudero al recordarle que los vaivenes del destino están sujetos a las contingencias y el transcurrir del tiempo. Mucho más si es Sánchez el que pronostica o anuncia previsiones que el vademecum del más torpe Iván Redondo desaconseja desde el capítulo uno.
Lo malo en estas circunstancias, como ocurre muchas veces, es que los verdaderos causantes de las hecatombes pretenden derivar su responsabilidad y maquillar su torpeza cortándole la cabeza si no a los inocentes, sí a algún subordinado. «¿A quién queréis, a Jesús o a Barrabás?…», ya saben, cumpliendo así en su literalidad con el sacrificio del chivo expiatorio, un cuerpo sobre el que descargar un castigo por las propias culpas y responsabilidades.
La cabeza del ministro de Universidades es un saldo que nadie compra ni por derribo del negocio y la del ministro de Consumo pueden enviarla al degolladero y nadie se dará por aludido. Igual que ellos, muchos otros, desde las dos Montero a Carmen Calvo y de Reyes Maroto a Pedro Duque, así que si derribaran a esos ministros no sería una una sorpresa sino un alivio para todos y también para el Gobierno.
No es una cuestión de nombres propios o de la inoperancia de departamentos superpuestos, que también, porque Educación, Universidades, Cultura y Deportes estuvieron en muchas ocasiones agrupados y en el gobierno de Sánchez se atomizaron de tal modo que las competencias sobre la economía del Estado hoy se distribuyen entre Hacienda, Economía, Seguridad Social, Economía Social, Consumo etc.
Ni se piensen, en cualquier caso, que una presunta reducción de carteras vaya a suponer amortizar cargos públicos, porque todo lo que ahorren en un supuesto agrupamiento de competencias, Sánchez lo empleará en abundar la lista de asesores y de altos cargos, pues se trata de la red clientelar que necesita para sostener las llaves del Falcon en su bolsillo gracias a su derrama de prebendas y de nepotismo.
Sánchez parece convencido de que en esa asociación de gañanes nadie se le revolverá ni le exigirá que pague con su propia sangre política las torpezas y las insensateces en las que ha incurrido. Y puede que lleve razón, porque en una timba de truhanes juegan todos con las cartas marcadas y ya apenas queda gente honrada capaz de responderle al jefe que se meta sus regalías por donde le quepan.
En todo caso, el «gatopardismo» siciliano del momento se sobreabundaba a sí mismo: «… tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado…, una de esas batallas que se libran para que todo siga como está».
Mientras haya virus, habrá peligro; o sea, que la rabia no termina mientas dure el perro.
He dicho.





