Mis amigos Juana y Daniel viven en Alcalá de Guadaíra y, como buenos amantes de la naturaleza, el patio de su casa no es particular, hallándose cuajado de exhuberantes y bellísimas plantas de todo pelaje.
ME HABLA JUANA DE SU AMOR AL MEDIO AMBIENTE … y … jamás me había pasado … pero mi alma me retrotrae al paraíso de la infancia, donde me veo, con apenas seis abriles, con mis amigos Scouts, aventurándome en una barca vieja por el arroyo de la Carrajolilla en Chiclana, sintiéndome como el explorador Orellana surcando el Amazonas, que en vez de observar jaramagos en las orillas me acompañan ceibas y árboles de caucho en una frondosa selva.
ME COMENTA JUANA LO MUCHO QUE QUIERE A SUS ÁRBOLES … cuando me avergüenzo recordando un arboricidio sin nombre, que me atrevo a contar porque ya habrá prescrito mi delito, y del cual, si alguien quiere más detalles, le advierto que sólo hablaré delante de mi abogado.
Era un mocoso y estaba de campamento en Sierra Nevada, en una dehesa repleta de acacias o sophoras japónicas, unos árboles armados por entero de púas y de misterio, que inundan las pagodas de lejanos lugares.
Uno de ellos se hallaba plantado justo delante de la tienda de campaña que un servidor compartía con otros cinco salvajes. Todos nos habíamos pinchado con sus espinas y decidimos vengarnos de tan molesto vecino.
Cavamos un agujero junto a sus raíces, donde arrojamos compresas con menstruaciones que cogimos de las letrinas, lejía y matarratas por un tubo. Cosas de niños. ¡Angelitos …!
En breves horas, la acacia fue tornándose mustia y amarillenta, consumiéndose como se consume una vela. Y todos nosotros calladitos, calladitos, diciendo a los otros ¡qué pena!, ¡con lo bonita que era! y tal y tal. Que hace falta ser cínico.
Al amanecer del día siguiente nos sorprendió la presencia de un anciano con indelebles rasgos asiáticos y antigua vestimenta de oficial, sobre la que se adivinaba un descolorido símbolo del país del Sol Naciente.
Hablaba con las sophoras en un lenguaje imposible de comprender, pero con gestos que evidenciaban su profundo amor hacia ellas.
«Es el señor Kimura Yamagawa, no le molestéis».
Todos guardaban un insondable respeto hacia él, cuyo porte embriagaba de paz el ambiente y parecía hacer que se detuviera el tiempo, y ante el cual nuestros monitores se inclinaban o le besaban la mano.
En el desayuno nos contaron que Kimura albergaba una historia dramática y hermosa a la vez.
En la convulsa guerra del Pacífico, librada por los años 40 entre Japón y los aliados de Occidente, él era Capitán de escuadras de pilotos aéreos nipones, mártires de un código de honor inmisericorde: los kamikazes.
Los adiestraba para morir matando, estrellándose al grito de «Banzai», con sus aviones hasta las trancas de bombas, sobre los cruceros norteamericanos.
Hasta que su único hijo se presentó voluntario en uno de aquellos raids del terror aéreo.
Con el corazón roto, su propio padre le enseñó a morir causando el mayor estrago a una flota enemiga. Cuando le vio despegar y perderse en el cielo, Mikura se sumergió en una crisis que le condujo al mismísimo averno … Porque sólo un monstruo, cegado por hueras palabras de honra a la patria sacrificando a los otros, sería capaz de ofrendar a su criatura en una oblación estéril. Sólo un monstruo.
Su mente dolorida trazó un plan de salvación. Se encomendó a sus ancestros samurais y a su divinidad. Cargó de innumerables semillas la bodega de su avioneta y… y desertó, seguro de ser el primero y el único que pegaba la escollá en los anales del imperial ejército de Japón.
Despegó de madrugada de la base de aviación de Sendai, sobrevolando el océano y aterrizando, muchas horas después y justito ya de combustible, en un páramo de Monachil, en la Sierra Nevada de Granada.
Extrajo el cargamento del avión, se instaló como un ermitaño en una cueva cualquiera del Cerro de los Abencerrajes y comenzó a sembrar la simiente arbórea.
En el pasado él había ordenado segar las historias de centenares de chavales que eran la flor y nata de su nación. Por ello, su destino le abocaba ahora a compensar su biografía de brutalidad, llenando de vida aquel infinito mar de montañas.
Cada una de las acacias llevaba el nombre de cada uno de esos muchachos, tripulantes de cazas zero sin retorno y carne de cañón antiaéreo. Un kamikaze de muerte, un árbol de vida. Todos y cada uno de esos chicos … a los que el noble Capitán iba saludando uno a uno: Daichi, Haikita, Furo, Koyi …
Y se me pusieron de corbata cuando nuestro monitor nos aseguró que …
«… el árbol que se ha mustiado lo había plantado el señor Kurima en honor a su hijo Atsuhiro».
Formamos todos delante del anciano. Abríamos nuestra mano y él nos iba dando una semilla, para plantarla en la dehesa.
Reconozco que me temblaban las piernas cuando él se acercó. Un inenarrable sentimiento me impulsaba a decirle la verdad, la razón por la que se había marchitado tan querido árbol para él, con el nombre de Atsuhiro, su hijo …
» … ejem … perdone, don Kimura … pero debo decirle que …»
Me interrumpió. En la soledad de la Sierra había forjado su corazón en la compasión, expandiendo su espíritu mucho más allá de la razón. Conocedor de la naturaleza humana, sencillamente me insinuó …
«No hables si las palabras que piensas decir no son más bellas que el silencio».
No abrí la boca, quedándome más callado que en Misa, como aquel que dijo. Porque mi relato de crueldad y veneno vertido en el árbol no era, ni de lejos, comparable a la hermosura del silencio.
Y también porque, en el hondón del alma, yo sabía que él lo sabía. Que de algún misterioso modo él habría intuido, en su gruta allende las montañas, que su hijo le llamaba. Seguro. Él sabía que habíamos sido unos diablos disfrazados de Scouts. ¡Vaya si lo sabía! Pero guardó un bellísimo silencio.
SIGO AL TELÉFONO CON JUANA, que me asegura que ha aprendido a valorar todas las formas de vida que nos rodean, vegetales y animales, hacia quienes se siente hondamente agradecida …
… y de nuevo me invaden recuerdos de montañero, cuando la egiptóloga Zoraida halló unas semillas en un sarcófago de la dinastía de Ramsés II.
De anteayer, cuarta más o menos. La friolera de tres mil años permanecieron esos brotes de simiente olvidados por la humanidad, pudriéndose en la panza de una pirámide.
A la mujer se le ocurrió sembrarlas en un paraje yermo de Güéjar Sierra y, aunque muchos la tacharon de ingenua, germinaron con una fuerza bestial, inundándolo todo de verde y de poesía. La esperanza y la vida venciendo a la desilusión y la muerte, en ininterrumpido ciclo y necesitándose mutuamente. Muchos bocatas me zampé de niño, elaborados con ese mítico trigo de Egipto, acompañado de jamón de Trevelez.
Y ENTONCES JUANA ME AFIRMA QUE SE LA LLEVAN LOS DIABLOS: en un inmenso y desolador descampado frente a su casa, sembró ilusionada un árbol, para que llenara de vida y sombra tan inhóspito lugar.
Le siguió en su loable ejemplo un vecino oriental, quien también plantó allí un árbol con sus cuatro niños, ante el cual, siguiendo un legado milenario, rezaban a sus antepasados y practicaban taichí.
Pero apenas había pasado una semana cuando cierto operario, cumpliendo órdenes sin corazón de gerifaltes municipales con actitud de perro del hortelano, que ni siembran ni permiten que otros siembren allí, arrancó con indiferencia los dos inocentes brotes … ¡CHOP!, ¡CHOP! … y los arrojó a un vertedero, como se arroja una lata vacía de un refresco de cola.
Juana se acercó al Ayuntamiento. Sencillamente quería donar a la administración municipal sus esquejes de ficus, de nogales, de palmeras, de naranjos … antes de que se pudran por falta de arraigo en mantillo.
Juana le pide a sus interlocutor, le ruega, que acepten tales semillas como una donación. Que los siembren donde estimen o, que si no quieren, que se lo permitan hacer a ella, sin que ningún vacaburro los tale.
Juana le indica que le encantaría ver crecer a sus árboles, a sus niños, para que den sombra a todos, sin distinción.
Juana y su interlocutor. La sabiduría frente al tedio. Cuando el sabio señala a la luna, el necio se fija en el dedo …
«Entonces me ha dicho, señora, que tiene unas malas hierbas, ¿no?»
Le digo a Juana que mantenga en alto la idea de que sus árboles agarren. Pese a la pasividad y la sinrazón de unos supuestos servidores públicos, poniendo mil trabas burrocráticas (de burro) al sueño de mi amiga y de Daniel.
Y recuerdo las semillas del faraón y las acacias japónicas mientras escribo estas líneas, viendo a varios vecinos de Triana que, ante la inacción municipal, se han embarcado en piraguas en el río Guadalquivir, recogiendo en bolsas desperdicios flotantes y cuidando la naturaleza de todos. Me consta que, sutilmente, alguien desde el Ayuntamiento de Sevilla les ha deslizado la posibilidad de sancionarlos. Pero ellos siguen, salga el Sol por Antequera y ahí se las den todas. Ofreciendo su mejor versión como seres humanos, abnegadamente y en silencio, como Juana y Daniel, para hacer de nuestro mundo un lugar más amable y más habitable.
Me encanta poder contar con mis amigos Juana y Daniel, dotados de una asombrosa sensibilidad por la naturaleza. Y estoy seguro de que, más pronto que tarde, sus injertos echarán frondosas raíces y crecerán robustos. Como las semillas del faraón de la arqueóloga Zoraida. O como las acacias del digno Kimura, cuyo nombre en lengua japonesa significa «Bosque de árboles».
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





