Si algo positivo pudiera extraerse del destrozo que llevan causado en apenas tres años de gobiernos socialistas, eso tal vez será, quiero pensar, que la cicatriz será tan marcada y tan profunda que casi nadie en su sano juicio podrá olvidar el daño originado, lo cual les debería mantener apartados por largo tiempo de las tareas que jamás debieron recaer en esta tropa de adanistas y perversos.
En algún momento de esta historia se les quebrará aún más el relato y ya no les quedará ni Franco como argumento para justificar tanto desfalco y tanto atrevimiento.
Un tipo surgido de la nada, o todavía peor, nacido de la fullería y del desprecio de los suyos, como un mal sobrante o una excrecencia residual, se alzó sobre toda su capacidad para el daño y la insustancia y está convirtiendo el suelo patrio en un erial donde no crece ni la hierba, donde el paro es una lacra, donde la inflación está cogiendo una carrerilla infernal que conduce a un abismo, donde todo el mundo anda confundido, anonadado, sin saber si habrá final del túnel y donde se trazan y se cavan trincheras por nimiedades inexistentes, que abarcan desde la condición sexual que a nadie importa a la verdad histórica reciente.
El sanchismo sólo busca la confrontación, odia la diversidad y abomina de la pluralidad, y por ello divide, separa, trocea y atomiza a todos, suponiendo que de los cien mil enfrentamientos logrará una tabla rasa donde reescribir lo que ni siquiera sabe a dónde conduce a base de aceptar o proponer extorsiones y chantajes.
Toda su obsesión parece limitada a lograr que nadie tenga dónde agarrarse y en ese vértigo conseguir que todos sientan el vacío de sus vidas secuestradas por la voz automatizada de consignas huecas y un vocabulario de plástico sin significado.
No está dejando en pie ni la educación más elemental y, cuando ya no tiene nada entre las manos, propone estimular sexualmente a niños de 0 años. Todo es una debacle, un paroxismo, una sinrazón, una hipótesis imaginaria que habla de ecologismo inane, de agresiones feminoides, de transiciones hacia ninguna parte, mientras deambula con el mayor desparpajo en un avión particular para acudir a la boda de un cuñado, rodeado de escoltas y de frases absurdas, a mayor gloria de sus empeños y de sus desafíos frente a un espejo, como una madrastra herida de soberbia en su narcisismo hiperbólico.
Digo que tal vez tanto abuso pueda ser una medicina de futuro, una verdadera vacuna que nos libre de esta enfermedad, pero no las tengo todas conmigo y desconfío de su abultada capacidad para la trampa, porque para la mentira ha dado sobradas muestras de ostentar títulos mundiales imperecederos y una hipertrofia de su facultad para el embuste, la desvergüenza y la añagaza que no tiene precedentes en la Historia.
Así las cosas y, aunque las encuestas reflejen un desplome sólido en sus expectativas, sólo cabe imaginar que ensayará cualquier cosa que haga falta detrás de la cortina para no bajarse del avión y para electrocutarnos a todos en una silla o con la factura de la luz.
He dicho.





