Hasta la fecha, quienes han estudiado la resistencia del socialismo o del comunismo a desaparecer del imaginario social se regodean en destacar la fuerza que tendrían los manidos señuelos utópicos que contiene, referidos sobre todo a conceptos como la igualdad, la solidaridad con los más débiles, los pobres, los ricos, la explotación laboral, la liberación de un presunto yugo opresor, etc.
A mí me parece, sin embargo, que ninguno de esos conceptos por separado, pero tampoco juntos, reúne ni siquiera en su versión más benéfica e ingenua la consistencia necesaria para justificar la pervivencia tan agresiva y recurrente de una ideología cuya meta es atroz.
Más aún porque demasiada gente lo sabe y, en 150 años de Historia, ni el socialismo ni el comunismo tienen un sólo ejemplo que ofrecer en el que la puesta en práctica de estrategias en torno a semejante palabrería haya generado el más mínimo bienestar o una pizca de felicidad a la comunidad a la que se dirigían.
Por el contrario, ambas ideologías, estratégicamente sucesivas, acumulan en la práctica y sin excepción tal cantidad de barbarie, de arbitrariedad, de prohibicionismo, de asesinatos en masa, de hambrunas, de opresión, de desigualdad, de pobreza y, en definitiva, de fracaso individual y colectivo, que hace pensar que el verdadero motivo de su reaparición cíclica en el mundo (si es que alguna vez se han ido) se debe a intereses de los sectores más poderosos e influyentes, capaces de manipular a las masas más o menos a su antojo.
Visto de este modo, el comunismo, cuya versión plastificada sería el socialismo, a cuya fase inicial alguien se encargó de disfrazar bajo el oxímoron conceptual de “socialismo democrático” y hasta se atrevieron con eufemismos irrisorios como el de “democracia popular”, no ha dejado de estar nunca presente en nuestras vidas y nunca lo suficientemente demonizado, a pesar de la flagrante intención firmada de repartirse el mundo con el nazismo al comienzo de la II Guerra Mundial. A pesar también de los más de cien millones de muertos y de los gulags y campos de reeducación; a pesar del autarquismo feroz y blindado; a pesar del sometimiento y de la atadura bestial de sus súbditos y siervos; a pesar de la desaparición completa de las libertades y de los derechos fundamentales; a pesar de la persecución constante de la discrepancia; a pesar de la crueldad y la violencia extremas en la eliminación taxativa del oponente y de cualquier atisbo de sistema electoral limpio…
Pienso en esa clase de votantes medio pijos que se aglutinan en Podemos o en Sumar (recuerden que Podemos es el que desde sus inicios tiene normalmente la mayor tasa interna de votantes de clase alta), aunque también en el PSOE, gente de clase media que se auto califica de izquierdas (las izquierdas en el XVIII y el XIX eran los llamados liberales), lo que hoy no es otra cosa que votantes automatizados o capturados por el concepto de “socialismo” en cualquiera de sus formas, y no puedo creer que toda esa gente aceptaría de buen grado el destino final de una sociedad comunal y colectivizada que les prohibiese viajar fuera del país y les condujese como a borregos para llegar a su cenit con la dictadura del proletariado.
Lo cierto, digo, es que el comunismo (y su versión soft -el socialismo- aún con más ahínco y protección) siempre ha permanecido en esta Europa de las desdichas actuales y Occidente no quiso dedicar el mismo empeño que puso en demonizar al nazismo (siendo los dos primos hermanos), compartiendo parecidos fines de sometimiento, colectivización e intervencionismo, reclamando las mismas técnicas y estrategias de imposición y control absoluto y totalitario e incluso habiendo sido socios durante un tiempo para repartirse el mundo.
En cuestión de apenas unos años, los organismos de la UE, los de la ONU, los grandes bancos y corporaciones, las fundaciones más rimbombantes, las universidades más esbeltas, los grandes medios de comunicación y, para colmo, los ejemplos más obvios de millonarios inescrupulosos (se suponía que eran ellos la máxima expresión del capitalismo financiero y especulativo) parecen estar de acuerdo con los mapas como quinquenales del comunismo y en un plan de corto, medio y largo alcance que viene impuesto desde arriba por una élite, de cuyos sobornos u extorsiones no escapan ni los intelectuales de las universidades (los antiguos monasterios del saber), ni la otrora poderosa industria del automóvil, ni la Ciencia empírica, de tal suerte que se sienten capaces de colocar en manos de una adolescente enferma de 16 o 17 años como Greta Thunberg la promoción de una especie de religión perentoria apocalíptica sobre la salvación del planeta, aunque la realidad de los datos y los hechos les desmienta a diario y les arruine sus predicciones.
Y lo mismo cabría decir del resto de apartados de un catecismo veloz e inconsistente que incluye la feminización del mundo hasta el absurdo, la promoción de patologías mentales sobre la auto identificación de los individuos que supuestamente les permitiría asignarse orgullosos la sexualidad, la raza, la altura y hasta la edad que les venga en gana, pero que a la vez no te permitiría escoger tus filias o fobias íntimas, tus amores o tus odios y ni siquiera la manera o el día de bañarte en una playa. Recuerden que nada de esto empezó con la prohibición generalizada de fumar, pero fue un paso de gigante para comprobar hasta dónde estaríamos dispuestos a tragar en cuanto a obediencia debida. O de vida.
Hoy, maltratar y perseguir al que fuma no es ‘pecado’, pero advertir de los riesgos para la salud de la obesidad es “gordofobia”. Exhibir acusaciones generalizadas contra el varón (si es blanco) se aplaude, pero prevenir contra los riesgos de la hiper sexualización infantil es “homofobia”. Deplorar la Historia europea es una fiesta, pero avizorar los riesgos de una inmigración ilegal descontrolada tiene multas…
Ya hemos superado, creo, las fases de tanteo (de tonteo) y se han lanzado por la pendiente de no ocultar que el objetivo consiste en que “no tendrás nada y serás feliz”, cuya primera parte del aserto parece una firme declaración de intenciones y lo segundo una vaga promesa que nadie recordará cuando hayan eliminado la agricultura, la pesca, la caza, la industria, los vehículos privados y cualquier obstáculo que se les atraviese en el camino para que el individuo se vea obligado a subsistir mediante una paguita del Estado y comiendo insectos sin salir de su comarca.
Regresando al principio, les advierto de una cosa más: el comunismo no es una utopía (tampoco el socialismo) ni se basa en utopías, sino que es un plan demoledor y totalitario de sometimiento de los individuos libres, una regresión real en toda regla para desandar el proceloso y largo camino de la libertad en el que la Humanidad y la selección natural han gastado lo mejor de sí mismas durante milenios.
Y tumbar todo eso es mucho más sencillo de lo que pensamos, porque para ello bastará que una generación (15 años) abandone por decreto los olivos, la recogida de la fresa, la vida o la rutina del esfuerzo de sacar adelante un rebaño de ovejas o una granja para que ya nadie más sepa retomar un modelo de vida que nos ha traído hasta donde estamos.
El comunismo blandiblup y seráfico de Yolichari Díaz o el más montaraz y asilvestrado del machote Iglesias y sus ninfas difieren en casi nada del discurso implacable de los grandes poderes globales o del irresponsable y caricaturesco disfraz del sanchismo que repele incluso a los suyos en cuanto les dejan fuera de las listas y no les alcanza el abrigo y la prebendas para todos.
Y ojo, porque en la mayoría de todos estos asuntos, el PP y sus homólogos conservadores en Europa están en eso mismo.
He dicho.





