Cuenta Plutarco, biógrafo de Julio César, que Clodio Publio Pulcro, uno de los caudillos de la última República romana, se había enamorado de Pompeya, mujer de Julio César. Como no lograba de ningún modo acercarse a ella, urdió una trampa. Se vistió de mujer y, aprovechando la oportunidad que le brindaba la celebración de la fiesta de la Bona Dea, en la que solo se permitía la entrada en la casa a las mujeres, consiguió introducirse en la vivienda del César.
Fue descubierto, pero logró huir. César, aunque estaba convencido de la inocencia de su mujer, la repudió, justificando su divorcio ante el Senado con la célebre frase: Mulier Caesaris non fit suspecta etiam suspicione vacare debet (A la mujer del César no le basta con ser honrada. Tiene también que parecerlo).
Han pasado veintiún siglos y ahora a nuestro “Cesar” le acontece un doble caso de corrupción. Tanto su mujer como su hermano están siendo investigados por el Poder Judicial. La diferencia fundamental es que Julio Cesar repudió a su mujer y el actual opta por la defensa de su mujer y su hermano.
Es difícil predecir el final de estos procesos, lo cierto es que hay muchas contradicciones y “cambios de opiniones”. Nos recuerda a Marco Fabio Quintiliano, poeta y abogado romano, cuando decía Mendacem memoren esse oportet (El que miente necesita tener buena memoria).





