Federico Relimpio Astolfi (Sevilla, 1965), escritor de novela negra y médico, lanza el próximo 25 de septiembre La Mole. Sus obras se sitúan en lo real, lo inmediato, en las calles de su ciudad, y sus personajes parecen proceder de la actividad clínica cotidiana. Su profesión lo aproxima al ciudadano común en momentos de especial fragilidad.

Tal y como él explica en su blog, su primera novela (K.O.L. Líder de Opinión) fue un acto de rebeldía en contra de las reglas de una profesión convertida en una prisión. Porque había un poder — en este caso, sanitario — que no estaba a la altura, ni de pacientes ni de profesionales. Su «salto al negro» lo conduce «el poder, y sus mentiras torticeras. El poder, y sus secretos inconfesables. Sus tramas y sus vericuetos. Sus penumbras, sus sombras y sus cuartos oscuros. Todo lo que nunca sabremos. Las víctimas que dejó en el camino. Libertad, solo de imaginar. De escribir. De ponerte entre las manos una trama negra-negrísima, ejecutada por gente despiadada como solo pueden ser los poderosos, que conducen sobre un asfalto donde se lamina toda esperanza».
Federico publica ahora su quinta obra, La Mole. Los incondicionales de la novela negra conseguirán mucho más que un thriller. Se asomarán a la estructura de un estado dentro del Estado, y aún se preguntarán si leen ficción o realidad.
Sinopsis
La Mole es más que un gran hospital; se trata del buque insignia de la Sanidad Pública de una determinada región de España. Un país dentro del país, donde el poder está en las mismas manos desde hace décadas.
Una madrugada, las urgencias de la Mole están bajo el asedio de dos clanes rivales procedentes del «Harlem», el barrio más conflictivo de la región y de todo el país.
Mientras acuden los furgones policiales, el interior del hospital se estremece con el hallazgo del cadáver de una desconocida. Un suicidio, en apariencia. Sin embargo, el examen forense no deja lugar para la duda: la mujer ha sido asesinada.
El esclarecimiento del crimen nos permitirá disecar la anatomía de un estado dentro del Estado, y denunciar el empleo de la sanidad como propaganda del partido hegemónico. Un laberinto de odio, traición y dinero. Desde el área de urgencias a los burdeles de lujo, pasando por los centros de poder regional.
Si desea recibir los primeros capítulos gratis de La Mole envíe una nota a este enlace con el asunto «LA MOLE» y el mensaje «ENVIAR LOS PRIMEROS CAPÍTULOS». El libro estará disponible vía Amazon, tanto en papel como en eBook a partir del 25 de septiembre.
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Tablón Cultural. Conociendo al escritor: Federico Relimpio Astolfi
Avance de los capítulos dos y tres:
Capítulo 2. La Escalera
Madrugada vieja, oscura, impenetrable. El gran hospital pretende dormir, a sabiendas de que será del todo imposible. Primeras horas del domingo, fin o comienzo de la se mana, según se mire. Paréntesis o descanso laboral para casi todos, menos para los sujetos a turno o guardia. La paz no cuaja abajo, en el área de urgencias. Ahí la algarabía es hoja perenne, con exacerbaciones puntuales y remisiones, que suelen coincidir con los partidos de fútbol de máxima audiencia. El sentido de la urgencia de la ciudadanía concede, pues, alivios previsibles. Aunque hoy la batalla viene siendo intensa.
Pero, con todo, las horas de la madrugada van transcurriendo, y se acallan las últimas voces hospitalarias. Tanto arriba, en las plantas — sedación manda —, como abajo, en urgencias, donde los últimos neuróticos son despedidos con una palmadita en la espalda y una carta para su médico de Atención Primaria. Aunque las circunstancias de hoy les hagan abandonar el centro por una puerta especialmente habilitada para la ocasión. Para nada es prudente hacerlo por el acceso habitual.
Entre urgencias y las plantas, hay un distribuidor donde confluyen una pléyade de ascensores. Unos alcanzan pisos más altos y otros se quedan más cerca. Unos arrancan de urgencias y llevan directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos. Otros están rotulados con «traslado exclusivo de pacientes y personal», aunque ello sea respetado según las horas y el criterio de cada quién. De otros ascensores hablaremos más adelante. Por ahora, nos bastará con indicar que nos hallamos en el nudo gordiano de un verdadero laberinto hospitalario.
Frente a los ascensores, la escalera. Que no es de caracol, pero como si lo fuera. De abajo a arriba: sótano, semisótano — nivel de la calle y de urgencias —, planta baja, diez plantas y, encima de todo, una más para la maquinaria de los ascensores. Si optamos por subir a pie, re correremos las escaleras tramo por tramo, rodeando un hueco central desde donde se ve, desde arriba del todo, la lejanía del suelo del sótano, cemento grisáceo. Sugiere lo fácil que es, en un momento dado, acabar con todo. La es calera limita hacia fuera por paredes acristaladas para mejorar la iluminación — poco útiles en esta noche oscura — . Y hacia dentro, por una añeja baranda que retrotrae al visitante a la época de construcción del hospital, hace unos sesenta y pico de años.
Pero seguimos abajo, en el distribuidor del semisótano. Por aquí sentados, dos celadores. En el bolsillo, los buscas. Si hay movida, enseguida los llaman. Charla de todo y de nada. De fútbol, sobre todo, estos fines de semana. Que si el fichaje tan carísimo pinchó y el míster no llega a navidades. Ganas de un cigarrillo, cuando termine el turno. Ya va quedando poco. Además, a ver si se termina de aclarar el cirio que han montao esos frente a las urgencias.
—¿Sigue la pasma ahí fuera, Luis?
—Y más refuerzos que se traen. Estado de sitio.
—¿Qué fue, al final?
—Está por ver, tal y como está la cosa. Ya van dos muertos, uno de cada familia. Y una chiquilla de tres años, que se debate en la UCI entre la vida y la muerte.
—¿Alcanzada por las postas?
—Jugandito en la puerta de su casa, Pepe. El Harlem ese está peor que el Yemen. Pero a ochocientos metros de aquí, mal contados. La Guardia Civil solo entra con tanqueta.
—A ver a qué hora vamos a salir de aquí. Y cómo…
—Pues en tanqueta, ¿no te lo estoy diciendo…? ¡Hostia! ¿Qué ha sido eso?
El golpe ha sonado seco. Como un saco de arena que cayera desde muy alto. Ha retumbado en todo el semisótano de un modo sordo, sin ecos o resonancias metálicas. Luego, nada, el silencio. De fondo, algunos gritos sofoca dos procedentes del exterior. La guerra de clanes, que aún continúa. Y los furgones policiales, que van tomando posiciones.
—Vino de ahí, Luis, de la escalera…
Mirada hacia arriba, con precaución. Nada, nadie. Silencio mortal. Los neones de la noche. Ni una mano furtiva sobre los pasamanos. Unos segundos. Ahora, los ojos al piso de abajo, al sótano, el final de la escalera. Y ahí está. El origen del sobresalto.
Desmadejada, boca abajo, una mujer en pijama clínico. Sanitaria en uniforme de trabajo. Un pequeño charco de sangre alrededor de la cabeza. Los zuecos están aquí y allá, desprendidos de los pies en lo que impresiona como una larga caída, quién sabe desde qué altura. Pepe amaga con dar un paso: tal vez se le antoje que aún sea posible hacer algo. Pero el compañero lo detiene con firmeza, la manaza sobre el hombro:
—Está muerta, ¿no lo ves? Hay que llamar al jefe de la guardia.
Capítulo 3. Autopsia
La sala de autopsias podría dibujarse a carboncillo, lápiz o tinta china: una gama de grises, desde el foco cenital a la pantalla que muestra las radiografías. En el centro, la protagonista a su pesar, tendida sobre la mesa, cubierta por un lienzo blanco. De este, sobresalen los pies por abajo, las manos a ambos lados y algo del cabello por arriba. A un lado, una mesa auxiliar con el instrumental, un dictáfono, un bloc de notas y un bolígrafo. Según se ve, el procedimiento acaba de concluir.
Frente a las radiografías, dos mujeres. La primera frisa la cincuentena. Observa las imágenes con una mirada peculiar, como si intentara extraerles un mensaje cifrado. La mujer enfunda la edad y la gravedad en un pijama clínico y, sobre él, lleva una bata blanca. Se trata de la forense, sin lugar a dudas. La otra es más joven, treinta y tantos. Pelo corto, ausencia de adornos o maquillaje. Hábito de calle cubierto por una bata blanca. Pero, en este caso, se advierte de inmediato que la bata no es de ella: le está enorme. Parece que se la acaban de prestar a fin de meter la nariz en este lugar. Al fin y al cabo, se trata de su profesión: meter la nariz en los desaguisados.
—¿Quieres ver el cadáver, Pepa? — suelta la primera, sin alzar la voz.
—Por supuesto que no — responde la agente de Policía —. Para eso estás tú, Luisa.
—No impresiona mucho, de todas formas. La muerte por precipitación es así: lesiones internas gravísimas, con una repercusión externa menor. La fallecida tenía mi edad, más o menos.
—O sea, que estás segura.
—¿De la causa de la muerte? Por completo. Llegó viva al suelo. Porque, caso de estar muerta antes de ser arrojada al vacío, no presentaría hemorragias. Ni internas ni externas. Para sangrar, es preciso que exista circulación. Vida. Y este cadáver, por dentro, es purita hemorragia. Ni una víscera intacta.
—Más — uno de los monosílabos inequívocos de Pepa Losada. Tiene el tono de un susurro y la forma de un imperativo insoslayable. Suele imponer una tensión al ambiente que cuesta revertir.
—Tienes más en tu cabeza, Luisa Carreño, no me lo niegues — insiste Pepa.
—Podría mandarte al carajo, y lo sabes. Te salvas porque me caes bien. Te consiento lo que a nadie, ni dentro de esta sala, ni fuera.
Una vez más, un silencio tan mortal como el contenido de la sala. La doctora abandona las radiografías y se acerca con calma a la mesa de autopsias. Rodea el cadáver, como absorbiendo sus verdades y, de repente, retira el lienzo. Allá expuesta, la muerta, desnuda bajo la luz cegadora del foco cenital. Abiertas en canal, hace un rato, las tres cavidades: cráneo, tórax y abdomen. Eviscerada y luego cosida de cualquier modo.
Atónita, Pepa, los ojos más que abiertos. Va a presenciar un momento de inspiración peculiar. Algo antiprofesional, en principio. Porque, siendo estrictos, la agente tendría que esperar al informe definitivo. Claro que, entonces, se perdería un tiempo precioso en la marcha de la investigación.
—Mírala, Pepa. Todo cadáver nos trae su mensaje, su historia. Dime, ¿qué ves?
—Luisa, no me vaciles, que estoy de hostias — responde la agente, sentada en una banqueta alta, a tres metros —. A ver cómo te lo digo, tía: estoy de once semanas y acabo de echar el desayuno, ahí fuera. Y a ti se te antoja ahora que me ponga a examinar un fiambre. Me han sacado de la cama al alba: que una se había largao de este perro mundo por la vía rápida. Y tan rápida: escaleras abajo, por el hueco.
—Ahora te va salvar la preñez. Te lo resumo: nada, excepto las lesiones de la caída.
—¿Nada?
—Nada, Pepa. Ni un corte, tiro o cuchillada. Ni el más mínimo signo de violencia.
—Entonces nos apuntamos a la hipótesis de partida: suicidio. Simplifica las cosas.
—Descartado, subinspectora — afirma la forense con una mueca inclasificable, sin dejar de observar el cadáver.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Son décadas en esto — la doctora convierte la mueca en una sonrisa sarcástica —. Y todavía no he visto a un suicida al que le extraiga una gasa de la boca, ¿te la enseño…? El homicida se la introdujo a la fuerza, con la intención de sofocarle los gritos. Es lógico: a menos que la víctima sea empujada de modo inadvertido, el homicidio por precipitación conlleva lucha. Como es racional, la víctima se defiende, se aferra a su agresor; bajo las uñas, se encuentran restos de vello, sangre o hebras de la ropa del homicida. Pero nada, en este caso. Las uñas de la víctima parecen recién pintadas. Solo te puedo transmitir una impresión confidencial: homicidio por precipitación. Ha blando en plata, Pepa: que alguien la mató tirándola por el hueco de la escalera. Alguien muy especial, eso sí, capaz de hacerlo sin dejar traza sobre el cadáver. Lo que tengo no me permite sugerir si la tiraron desde la cuarta, la sexta o la octava planta. Todas habrían causado una muerte similar. Aportarán más luz los análisis toxicológicos, con el objeto de ver si iba medicada o drogada. Por cierto, si fuera sedada y bien sedada, tendríamos una explicación para la falta de lucha. Pero estos resultados tardarán aún unos días. Por otra parte, ¿sabéis ya de quién se trata…? Sobre el cadáver o en el pijama no hay nada que sirva para identificarla. Ni una nota en los bolsillos. Nada. Y la cara está destrozada por el impacto de la caída.
—Ni idea, Luisa. Mis chicos están por todo el hospital. Y solo han transcurrido cinco horas desde el crimen.
De repente, la irrupción del tono de un móvil. Casi un sacrilegio, en la quietud del ambiente. Pepa le dispensa un ojo irritado a su aparato. Mientras conecta, suspira:
—Hablando de mis chicos, por aquí asoma uno. A ver… Dime, Curro.
En el silencio sepulcral de la sala, la voz masculina es perfectamente audible:
—Tienes que venir a ver esto, Pepa. Enseguida.