En la molicie izquierdista siempre toca empezar por el principio: o sea, desde el principio. Y por los principios fundamentales de las cosas, digo.
Me refiero a que desde que comenzamos la era de Acuario, hace más de 20 o 30 años, con los prolegómenos ‘hippies’ de «The Fifth Dimension» y los melenudos de «Hair», agravada con la superstición añadida del cambio de siglo y de milenio, persiste esta corriente entre buenista y gilipollas que aspira con firmeza a reinventar el mundo y que exige regresar a los orígenes de todo… Hasta inventar la rueda otra vez. Y el fuego. Y la pólvora.
Debemos suponer que en esa ingenuidad caprichosa de revisitar el origen ansían encontrar un desvío, un camino o una deriva que no termine de nuevo en este mismo sitio, convencidos de ser más listos que los humanoides y los humanos de entonces. A día de hoy, en los casos más extremos, todo esto se resume en gente que pregona de manera vaga e imprecisa cierto deseo de volver a la vida en las cavernas, crear reservas para ‘les gallines’ y que contempla la Naturaleza y no al ser humano como eje del universo.
La gran revolución desde el Renacimiento, luego reforzada con la Ilustración, consistió en sustituir a Dios del pantócrator de nuestras vidas para situar al hombre y a la Ciencia en el centro y medida de la cosmogonía universal, lo que implicaba una ética o una moral que limitaba no con los meros intereses de los individuos pero sí con su intrínseca naturaleza de seres ontológicamente iguales en la condición básica de la vida.
El ser humano y la Razón como sustancia y frontera de todas las cosas, donde todo se condicionaba al logro no de la felicidad misma, pero sí a la posibilidad de que cada individuo la buscara: «The pursuit of happiness», según la certera expresión utilizada en la Declaración de Independencia de los EE.UU, como un derecho inalienable y exponente de su libertad.
Desde entonces para acá hemos parido derechos (acompañados de deberes y obligaciones) a destajo (que sólo pueden ser individuales, por más que nos atañan por igual a todos), en un esfuerzo depurativo que colocaba al ser humano en el centro del benéfico marasmo cultural de Occidente. Todos igualados por el mismo rasero de nuestros derechos individuales, no colectivizados, porque los derechos o son individuales o no son derechos. O dicho de otro modo: los derechos colectivos no existen, agrupes a sus individuos como los agrupes, ya sea por sexos, por raza, por géneros, por clase social, por creencias o religiones, por territorio, etc.
Aburridos de aquel enjundioso proyecto del ser humano como la joya más valiosa de la evolución o de la Creación divina, como se prefiera, el comunismo llegó (y vuelve ahora por sus fueros de hace cien años) para acabar de un plumazo con toda aspiración individual y queriendo convertir a las masas a esa nueva religión colectiva del igualitarismo que pretende otorgar derechos a los perros o a ‘les ballenes’, a las selvas y a los ríos, a los pueblos y a los territorios, etc., reclamando su derecho a la autodeterminación e incurriendo en el caso del Papa Bergoglio en un lesivo pecado mortal de panteísmo que olvida que la Naturaleza en general, o los primates en particular y cada territorio o cada pueblo en singular, no son sujetos de derechos.
Somos los individuos, como ejes de esta confrontación permanente con lo eterno, los poseedores del derecho inalienable a disfrutar de la Naturaleza y, por responsabilidad con el resto de individuos presentes (y tal vez futuros), tenemos también la obligación de conservarla y protegerla mediante la herramienta singular y distintiva del raciocinio.
Entiéndanlo de una puñetera vez todos esos demagogos de la izquierda, que lo mismo que reclaman derechos exclusivos de las mujeres (por serlo) o de las personas «trans» (por autoproclamarse) legitiman con ello que los islamistas exijan una «Declaración Universal de derechos humanos de los musulmanes», lo que contradice de forma severa y en su misma enjundia la pretensión y el enunciado, pues si no son de todos, no son universales, y, es más, ni siquiera son derechos, sino privilegios.
No intenten explicárselo, les ruego, a Irene Montero, a Adriana Lastra y asimiladas, más que nada por la inutilidad del esfuerzo, pero grábenlo en el frontispicio de sus existencias si quieren que sobrevivamos a estas nuevas oleadas de colectivismo ‘mindfulness’ y de puritanismo ‘woke’ que ya arrastró durante siglos y milenios al ser humano por el fango de una peripecia dolorosa llena de caudillos, de promesas falsas y de diosecillos manipulados que condenó a los hombres a una esclavitud que parecía perpetua porque el pensamiento libre y la individualidad se consideraban anatemas.
Lo resumo mucho: cuando oigan a alguien proclamar la conquista de un derecho de nuevo cuño para un colectivo, sepan que acaban de atentar contra los derechos inalienables de cada uno de nosotros. Odian al ser humano. Y no hay más.
He dicho.





