Una ciudad en la cual, lo que se barre en sus calles, es un perfume, ha de ser un lugar insospechado o un enigma caído del cielo…
Los ciudadanos de a pie, tan prosaicos a menudo, preferiríamos a veces que lo que se barrieran fuesen los restos de la abundancia: no sé, cabezas de gambas, conchas marinas, delicados huesos de costillas de cordero, raspas de pescados asombrosos o las sobras de los brotes verdes… Pero la ciudad ensimismada, la Ocnos de la ensoñación legendaria, se regodea en ofrecer en cambio lírica esquinada, resplandores en atardeceres lujuriosos, vencejos distraídos en el ocaso, rejas y parteluces como sueños, macetas formidables, rincones de nostalgia y patios silenciosos en los que la belleza misma se peina entre las sombras.
No hay manera de cuadrar aquí la realidad con la fantasía, el realismo mágico con la poética cotidiana. Todo es un desorden de los sentidos cuando la primavera estalla en la efímera complacencia renacida de los ciclos de la vida y la naturaleza.
No alimenta los cuerpos, pero el festín y los banquetes se los pega el alma, porque no sólo de pan vive el hombre, aunque nos haga tanta falta.





