El domingo 5 de enero de 1930, en plena Exposición Iberoamericana, el Ateneo de Sevilla sacó la XIII Cabalgata de Reyes Magos, la Cabalgata de la Ilusión, instaurada por José María Izquierdo en 1918 con apoyo del presidente del Ateneo Francisco Castillo Vaquero. En realidad, la Cabalgata no era un hecho aislado. sino que se enmarcaba en el programa de la Festividad de Reyes Magos que incluía también la visita de SS.MM. a dos entidades de beneficencia (el Asilo de Mendicidad de San Fernando y el Hospicio Provincial) durante el recorrido de la Cabalgata, y también la de una delegación de los Reyes a la Casa Cuna, y el envío de regalos a los niños enfermos del Hospital Central.
En esta ocasión, estando la ciudad en fastos, y habiendo habido ya tantos espectáculos parateatrales, el evento debía ser ciertamente especial y así lo planteó la Junta General del Ateneo que, desde junio de 1929 presidía Joaquín Hazañas y la Rúa, tras el fallecimiento de Aníbal González días después de haber sido este nombrado presidente. El resultado, según la prensa, superó con mucho a los cortejos anteriores.
Los cambios de aquel año
Aquel año, en los actos de la Festividad de los Reyes Magos hubo siete novedades relacionadas con la Cabalgata (el cortejo y el itinerario) y el reparto de juguetes.
En cuanto al cortejo de la cabalgata estas fueron tres: de una parte, un considerable incremento de los miembros de los séquitos de los tres reyes, todos ellos ateneístas; de otra que las carrozas de los reyes iban tiradas por cuatro caballos; por último, la construcción en las carrozas reales de unos tronos diseñados por Gustavo Bacarisas, director de la Sección de Bellas Artes del Ateneo, con la entusiasta colaboración de Eloy Zaragoza Elzaurdi, Juan Miguel Sánchez y demás compañeros de la sección de Bellas Artes del Ateneo, a partir de unos laudes cedidos generosamente por los hermanos Pazos.
Respecto al itinerario, aun sin modificaciones, había algunas novedades; una, un leve adelanto en la salida del cortejo, que sería a las seis de la tarde; la otra, que la visita que durante la Cabalgata los delegados de SS.MM. realizaban al Hospicio Provincial y al Asilo de Mendicidad de San Fernando, en esta ocasión las harían los propios reyes que personalmente entregarían los regalos a los niños.
Otras se referían al reparto de juguetes. A diferencia de otros años, ante la imposibilidad de incluir a todos los niños necesitados, se limitaría a los niños de las Escuelas Nacionales y los centros benéficos con población infantil. Además, en 1930 se repartieron juguetes caros, según la prensa de “bastantes miles de pesetas”. ABC contaría que aquel año habían sido “…una cosa seria. Relojes de verdad; acordeones, armónicas, guitarras con moñas de seda, automóviles con pilas eléctricas para el encendido de los faros, aeroplanos, ferrocarriles, patines con llantas de goma, balones de futbol, carteras y billeteros de piel, etc. para los niños; muñecas finas con atavíos regionales e internacionales, juegos de costura, de cocina, de tocador, salas de estrado, roperitos e infinidad más para las niñas”. Los mejores juguetes irían a las casas de beneficencia de los niños pobres y enfermos, que precisamente para no molestarlos no serían visitados por SS.MM. ni por su séquito.
Los Reyes Magos
Aquel año, los Reyes Magos fueron un empresario, un médico y un artista, en concreto, Ricardo de Zubiría y Rubio (Melchor), Manuel Martínez Montes (Gaspar) y Joaquín González-Sáenz Lerdo de Tejada (Baltasar). Hasta el día de Reyes, la prensa tenía vedado revelar los nombres de SS.MM., permitiéndosele solo difundir unas señas sobre sus personas.
Ricardo de Zubiría y Rubio (1903-1976), sevillano de ascendencia vasca era, según el cronista de El Correo de Andalucía, “un prestigioso industrial, joven, muy relacionado en los círculos aristocráticos, entusiasta de las fiestas, si los hay, que representa en nuestra ciudad importantes entidades del Norte de España” y empresas del sector siderúrgico. Con los años (1956-1964), sería Hermano Mayor de la Hermandad de la Esperanza Macarena, etapa durante la cual la Virgen fue coronada.

El Rey Melchor, encarnado por Ricardo Zubiría Rubio, en la plaza de toros de la Real Maestranza antes de la salida de la Cabalgata de Reyes Magos (fot. ©ICAS-SAHP, Fototeca Municipal de Sevilla, fondo Sánchez del Pando).
Del doctor Manuel Martínez Montes, que encarnó a Gaspar, la prensa diría que este afamado médico “gozaba en Sevilla de generales simpatías por su exquisito trato y por su ciencia”.
Del ayamontino Joaquín González-Sáenz Lerdo de Tejada, que hizo de Baltasar, que era “un celebrado pintor de fino temperamento de artistas que ha conquistado muchos triunfos en su profesión”. González-Sáenz, formado con Virgilio Mattoni de la Fuente, Gonzalo Bilbao Martínez y Manuel González Santos, se había iniciado como profesor (Ayudante Meritorio) de Dibujo Artístico en la Escuela de Artes y Oficios en el curso 1928-29. Los triunfos a los que se refería el cronista eran el Premio en la Exposición de Bellas Artes del Ateneo (1920), el tercero en la Exposición de Bellas Artes del Ateneo (1925), la 1ª medalla en la exposición de Artes de Córdoba (1926), entre otros.
En busca de la colaboración ciudadana
Durante el mes de diciembre, el Ateneo desarrollaría una intensa campaña para captar fondos para la suscripción abierta para financiar la cabalgata, y para adquirir juguetes y dulces para los niños pobres de Sevilla; de otra, recoger dulces y juguetes, que los colaboradores podrían aportar directamente o adquirirlos en almacenes y tiendas en los que el Ateneo había abierto cuentas.
Especialmente la campaña de prensa se desarrolló en El Correo de Andalucía. Para incentivar las aportaciones, el Ateneo apelaba, con insistencia, a la satisfacción que produciría a los colaboradores “disipar penas, facilitar alegrías, cambiar la desgracia en felicidad de los niños pobres de los establecimientos de beneficencia de Sevilla”.

La campaña en El Correo de Andalucía se reforzó a partir del día 1 de enero, insertando en el diario, frases cortas (siete en total), al pie de otras tantas viñetas ilustrativas que se iban repitiendo.
Unos textos insistían en la necesidad de contribuir como forma de garantizar que todos los niños, ricos y pobres, tuvieran juguetes (Para los niños pobres, ilusión y juguetes; para los ricos, la alegría del desfile que les garantiza sus regalos al amanecer. Contribuid con vuestros donativos a ese contento que el Ateneo proporciona). Otras apelaban al sentimiento paternal, incluso de quienes no tenían hijos (Hasta para aquellos que no tienen el goce de los hijos, les bastará en la Noche de Reyes la alegría de los extraños, para sentirse satisfechos de haber contribuido), instándoles a realizar un esfuerzo económico (Al formar vuestros presupuestos de Pascua y Año Nuevo, no olvidéis la Fiesta de Reyes Magos que Organiza el Ateneo) que se vería recompensado con la alegría de los niños (Con la alegría de vuestros pequeños al presenciar el desfile de los Reyes Magos os sentiréis compensados del esfuerzo económico que represente vuestro donativo). También criticaba a quien no colaborara (Solo quien tenga adormecidos los más nobles sentimientos dejará de enviar su donativo para la Fiesta de la Noche de Reyes que organiza el Ateneo), aludiendo al remordimiento que les causaría (Los que pudiendo no contribuyen a la Fiesta de Reyes Magos ¡con qué remordimiento presenciarán el mágico desfile de la brillante cabalgata que para acompañarles, organiza el Ateneo!; Si queréis evitaros el remordimiento de ver desfilar, si haber contribuido, la Cabalgata de Reyes, ilusión de vuestros hijos, enviad al Ateneo un buen donativo).

Viñetas publicitarias en El Correo de Andalucía
Los juguetes se almacenaban en la planta alta del Ateneo, donde eran clasificados por “unos jóvenes entusiastas y desinteresados con arreglo a edades y circunstancias de los niños que van a recibirlos”; debieron recogerse muchos, pues según El Correo de Andalucía, el 3 de enero, ya se habían trasladado cajones con grandes remesas de juguetes a los centros de beneficencia de Sevilla, insistiendo en que ese año eran juguetes caros de “bastantes miles de pesetas”; ABC diría, sin embargo, que ese año “no había ni la riqueza en cantidad y calidad de juguetes, que los pasados” y que la suscripción pública se había retraído, pues a ella “no acudían los que debieran”. Resulta extraño el comentario sobre los juguetes cuando otros diarios son tan explícitos.
Para promover los donativos, ya desde la primera quincena de diciembre de 1929, el Ateneo fue publicitando las listas de personas e instituciones contribuyentes, con indicación de las correspondientes cantidades, o en su caso, productos, bajo una viñeta ilustrativa de Andrés Martínez de León (1895-1978), cuyo gran formato atraía al lector.

Una de las viñetas de Andrés Martínez de León sobre el listado de donativos (ABC, 7 de enero de 1930)
Este recurso, que se prolongó en el tiempo, era ciertamente inteligente y apropiado para estimular a la sociedad sevillana, siendo muy contados los donantes anónimos (por ejemplo, D. J. de la P. 5 ptas.). Martínez de León, que en la década de los veinte colaboraba como ilustrador con todos los periódicos locales, también realizó viñetas sobre la cabalgata en la edición de Andalucía de ABC donde el 7 de enero de 1931 reconvirtió en Baltasar, a su personaje satírico Oselito (trasunto humorístico de Joselito el Gallo).

El propio presidente del Ateneo, Joaquín Hazañas de la Rúa, abrió la suscripción con 250 ptas. Le seguiría Francisco Carrere Alzieu, director del Hotel Inglaterra, con 100 ptas. y el cardenal arzobispo con 50 ptas. Las cantidades eran muy variadas, predominando las aportaciones de 10, 5, e incluso las de una peseta. También se incluían aportaciones de productos para su distribución entre los asilados: una señora un pavo, Francisco Uceda Vera 54 paquetes de galletas, Isacio Contreras Romero 48 juguetes, Antonio Ochoa Vila 12 dulces; el Comisario General de Méjico en la E.I.A. seis latas de conservas, seis paquetes de tabacos, veinticuatro juguetes y sesenta y cinco jabones; el Horno de San Buenaventura mil tortas; Pedro Domecq y Cía. 100 botellas de vino…
Para obtener fondos, días antes de la Cabalgata, la Empresa del Frontón Betis, aprovechando el auge que este deporte vasco tenía en la época en Sevilla, programó una función extraordinaria, cuyos ingresos íntegros irían en beneficio de la Cabalgata de Reyes. Por estar la iniciativa tan próxima a la salida de la Cabalgata, los dos partidos programados se desarrollaron el 10 de enero, iniciándose a las diez y cuarto de la noche. Para promover la asistencia, la prensa insistió en que intervendrían los más afamados jugadores: en el primer partido, Iriondo-Andoain contra Echaniz-Izarraldo; en el segundo, Onaindia-Goenaga contra Artia-Egui. En los intermedios se jugaron las acostumbradas quinielas. La iniciativa tuvo bastante éxito, pues en sus palcos y canchas se congregó lo más escogido de la sociedad sevillana.
El desarrollo del desfile
El día amaneció malo, pésimo; con cariz de nieve, un cielo gris y mucho frío. La amenaza de los copos se quedó en lluvia, pero no insistente. La lluvia parecía poner en peligro el desfile, aunque una hora antes del desfile las calles del centro de la ciudad estaban atiborradas de sevillanos y animadísimas de coches que se dirigían a la Plaza de Toros de la Real Maestranza desde donde salía la Cabalgata; diría un cronista que todo el que tenía coche en la provincia, venía a Sevilla a verla y que se notaba la presencia de muchos forasteros en las calles. La circulación de carruajes se hacía dificultosa; en los balcones de muchas casas, había colgaduras e iluminaciones especiales, entre las que, según la prensa, destacaba la de la casa de la viuda de González, junto a la redacción de El Liberal. En el Teatro San Fernando y en otros sitios del trayecto se habían instalado palcos. A medida que se acercaba la hora, los alrededores de la Plaza de Toros presentaban un aspecto imponente y la Guardia de Seguridad trataba de abrir la calle.
A pesar de la lluvia, en la Plaza de Toros todos los cargos del Ateneo trabajaban en ultimar el cortejo, en especial, el vicepresidente del Ateneo Manuel Jiménez Fernández, el secretario Monsalves, Modesto Cañal y otros ateneístas, como Tomás Pérez de la Concha-Hindenburg, mientras los participantes se preparaban en el ala de la enfermería de la plaza, convertida en peluquería y sastrería. Pérez de la Concha metía en cintura a la comitiva, intentando organizarlos mientras, ante la incertidumbre que las inclemencias del tiempo sembraba en los ateneístas, Hazañas se mostraba optimista y aseguraba a quienes le preguntaban que la Cabalgata saldría, aunque fuera “en lanchas”. Poco antes de la salida, a las cinco y media, el tiempo había cambiado radicalmente y, a las seis de la tarde, poco más, la Cabalgata asomó por la puerta de la calle Adriano que estaba atiborrada de público.
El itinerario
El cortejo repitió el itinerario del año anterior. Durante cuatro horas, de seis de la tarde a diez de la noche, y siguiendo el recorrido que hemos marcado en el plano de la ciudad que se editó en 1918 con motivo del II Congreso Nacional de Riegos, el cortejo recorrió las principales calles y espacios públicos abiertos del centro urbano, pasando por Adriano, Arfe, García de Vinuesa, Cánovas del Castillo, Plaza de San Fernando, Tetuán, Velázquez, O’Donnell, Campana, Martín Villa, Plaza de Villasís, Laraña, Plaza de la Encarnación a la izquierda, Plaza de San Pedro, Plaza de Argüelles, Almirante Apodaca, Alhóndiga, Plaza de San Leandro, Cardenal Cervantes, ASILO DE SAN FERNANDO, Santiago, Plaza de Ponce de León, Santa Catalina, Plaza de los Terceros, Bustos Tavera, Plaza de San Marcos, San Luis, HOSPICIO PROVINCIAL, Arco de la Macarena, Resolana, Feria, Cruz Verde, Doctor Letamendi, Europa, Alameda de Hércules, Trajano, Plaza del Duque de la Victoria, Campana, O´Donnell, Plaza del Pacífico, Murillo, San Pablo, Reyes Católicos, Pastor y Landero y Adriano, para volver de nuevo a la Plaza de Toros.

En verde sobre el plano de Sevilla editado en 1918 con motivo del II Congreso Nacional de Riegos, se traza el recorrido de la Cabalgata de 1930, partiendo de la Plaza de Toros. se marcan los dos centros de beneficencia visitados por SS.MM. (el Hospicio Provincial y el Asilo de San Fernando) (© L.A. Núñez Arce).
En los andenes del Ayuntamiento, el desfile lució especialmente. Desde los balcones, el cortejo fue presenciado por los infantes don Carlos y doña Luisa y sus hijos, a los que el alcalde de la ciudad Nicolás Díaz Molero había visitado días atrás para, personalmente, invitarlos al cortejo. Según la prensa, los infantes saludaron a SS.MM. También acompañaron al alcalde Suárez Sotomayor el director general de Primera Enseñanza (quien por la mañana se había entrevistado con Díaz Molero) con su esposa e hijo, el gobernador civil de Sevilla, Vicente Mora Arenas, y muchos concejales.
El cortejo
Aquel año, como se ha referido, el cortejo fue muy numeroso participando en él muchos ateneístas de cuyos nombres deja referencia la prensa local.
Lo abrió la Banda de Cornetas del Regimiento de Caballería de Alfonso XII, a la que siguieron encabezando el desfile, siete batidores a caballo, vestidos con atuendos orientales, y portando estrellas y espingardas (escopetas de cañón muy largo usadas antiguamente por los musulmanes). Al mando de ellos iba Francisco Collantes; los seis restantes eran Enrique Pérez de la Concha, F. Fraguas, Carlos Fernández Pando, Joaquín Pérez de la Concha, Antonio Gamero y F. Díaz Gely. Les seguía la banda de cornetas del Regimiento de Caballería.
El grupo de los nigromantes, seis astrónomos encargados de la vigilancia de la Gran Estrella (la Estrella de Oriente), que habría de conducir a los Reyes precedía a cuatro astrónomos que portaban sobre sus hombros una gran plataforma con una gran Estrella de Oriente, iluminada con un gran reflector y con una cola de unos 5 m. de longitud, que por ende podía verse a gran distancia.
A continuación, iban los grupos de los reyes. Cada uno constaba de los mismos componentes: un jefe de grupo, el séquito del rey, la carroza real, un correo de órdenes, más miembros del séquito real, a los que seguían los juguetes, primero portados por burros con angarillas y después en carretas; cada grupo lo cerraba una banda de música (que eran respectivamente, la del Regimiento de Soria número 9 en el de Melchor; la del Regimiento de Infantería de Granada núm. 34 en el de Gaspar y la Banda de cornetas y tambores de la Cruz Roja). Cerraba el desfile la Banda Municipal.
La prensa menciona el nombre de los ateneístas de los distintos séquitos, que como se refirió, aquel año eran muchos más. Sus miembros iban a caballo con estandartes y grandes faroles de formas variadas con banderas de países imaginarios, diseñadas desde la sección de Bellas Artes del Ateneo.
Los del rey Melchor que le antecedían eran Jaime Rodríguez, E. Jiménez, José María García y Bravo Ferrer, Federico Contreras, Juan Távora, José G. García Fernández, Meliton Romero, Manuel García Bravo Ferrer, José L. Parodi, Salvador Diánez Leal, Francisco Martínez y don Manuel Ordóñez y Ruíz Granado. Tras la carroza del rey Melchor, encarnado por Ricardo de Zubiría y Rubio, iban su correo de órdenes, Tomás Sanz, y el resto de su séquito, todos ellos a caballo: Guillermo Bonilla, don Manuel Rull García, Manuel González Valverde, Rafael Luca de Terra, Ramón Mallol, Fernando Samada, José María Cañada, Alfredo Moreno, Ángel Chiclana, José Vilar, Ramón de la Bastida y Miguel H. Solís.
El jefe de tropa del séquito del rey Gaspar, encarnado por Manuel Murga de la Vega abría el grupo. Los que antecedían a la carroza del rey eran, entre otros, Ramón Fernández, Juan Dumolard, Juan Delgado, Antonio de la Cueva, Antonio Monge, José Rojo García, Antonio Ruíz Teruel, Antonio García Ramos, Antonio Duque Calderón, Juan Vázquez, Enrique Blázquez y José Segura. Tras la carroza del rey Gaspar, encarnado por el médico Manuel Martínez Montes, iba Miguel García y Bravo Ferrer, como su correo de órdenes. Le seguían los restantes miembros de su séquito: Francisco Solís, Rafael Carmona, José Manuel Amores, Ángel Amores, Manuel Duque, José Ramírez, Manuel Nogueira, Manuel Díaz Crespo, José Amores, Manuel Rey, Alonso Cárdenas y Ambrosio G. Ojeda.
El grupo del rey Baltasar, a diferencia de los anteriores, estaba precedido por dos nuevos batidores (Maximiano Cruz Rubio y Ramón Monsalve Cruz), a los que seguía el Jefe de Grupo, Rodolfo Cascales Sánchez de la Concha. En el séquito del rey, precediendo a la carroza del rey Baltasar, que en este caso llevaban cuatro caballos blancos, iban muchos ateneístas, entre ellos diversos artistas relacionados con Joaquín González-Sáenz Lerdo de Tejada, que encarnaba al rey: Manuel Echegoyán, Enrique Segura, Guillermo Caballero, Leopoldo Espejo, Leoncio Barrau, Ignacio González, Juan Gotor, Alfonso Sánchez de Imaz, Enrique Estella, Eduardo Acosta, José Morillo, Eduardo Cruz, Salvador Pascual, Adolfo Salazar, Antonio Cossío, Miguel Sánchez de Imaz y Jesús Rentería.
El rey Baltasar, causó gran expectación; de él diría El Correo de Andalucía que era “… un Rey simpático, jovial, efusivo, radiante de cordialidad, desbordante de simpatías, de cariños… El joven maestro de la pintura, muy en rey, cumplió a las mil maravillas su misión…Tuvo para cada niño una sonrisa, un saludo…Y también como sus compañeros en este fugaz reinado…”. Según contaban, en la Plaza de Toros llevaba 22 kg. de caramelos (un alarde para la época) que repuso a su paso por la calle Tetuán.
Tras el monarca y su correo de órdenes, José Fernández Venegas, iban –entre otros– Manuel Cordón, Andrés Gotor, Adolfo Barrau, Francisco Carrasco la Rubia, Ventura Castelló, Manuel García, José García, Carlos Milla, Antonio Pérez Torres, José Valor y Hoyos-Limón, Francisco Carmona y Justo González.
Las paradas en centros de beneficencia
El cortejo hizo dos paradas en centros de beneficencia para que los Reyes entregaran juguetes a los niños. En la calle Cardenal Cervantes entraron en el Asilo de San Fernando, donde SS.MM. fueron recibidos por los miembros de la Junta Municipal, compuesta por Prudencio Arenas, Miguel Bravo Ferrer y José María Tassara; por el capellán del Asilo, Olmo; la madre superiora, sor Magdalena de Doy, y hermanas de la Caridad; en representación del Ateneo, por el presidente Joaquín Hazañas de la Rúa, el vicepresidente Manuel Jiménez Fernández, y por Zarzuela. También había muchos invitados. Al entrar los Reyes, la Banda Municipal tocó la Marcha Real. Los niños esperaban a los Reyes en el patio, donde se habían instalado los tronos y que se había adornado lujosamente con tapices, guirnaldas y gallardetes, con farolillos a la veneciana iluminando vistosamente la fuente. El rector de los Escolapios ofreció la imagen del Niño Jesús a la adoración de los Reyes y séquito, ceremonia tras la cual, los Reyes repartieron los juguetes y los dulces entre los niños.
Después de la visita, la Cabalgata siguió por la calle Santiago, la Plaza Ponce de León, Santa Catalina, la Plaza de los Terceros, Bustos Tavera, la Plaza de San Marcos y la calle San Luis. Según la prensa en las calles Bustos Tavera y San Luis había muchas colgaduras en los balcones y se lanzaban bengalas. Hacia las ocho de la tarde, SS.MM. visitaron el edificio del Hospicio Provincial, situado en el antiguo Hospital de los Inocentes, al final de la calle San Luis; el zaguán, el patio principal y los pasos a las galerías y salones del Hospicio estaban artísticamente adornados con guirnaldas de follaje y flores artificiales y farolillos a la veneciana, es decir iluminados en su interior; el patio estaba techado con una gran estrella de follaje y lámparas eléctricas y se habían colocado farolas monumentales en sus cuatro ángulos y escudos de las Repúblicas americanas en los arranques de los arcos.
En el Hospicio Provincial cumplimentaron a los Reyes el visitador, vicepresidente de la Diputación, Camacho Baños y el segundo diputado señor Beca Mateos, y por el presidente del Ateneo, Hazañas de la Rúa, y por Hermenegildo Gutiérrez, José Monge Bernal y otras personas que harían el reparto de juguetes y dulces. A la entrada del cortejo la banda del Hospicio interpretó la Marcha Real y el coro de los niños cantó. Según la prensa “los pobres hospicianitos acompañados de las madres encargadas de su educación”; el patio del Hospicio, que estaba muy iluminado, se hizo el reparto de los “valiosos” juguetes que previamente habían sido sorteados.
Después del desfile, todos los que habían tomado parte en la cabalgata, además de un gran número de aficionados, se reunieron a cenar en el Pasaje del Duque, siguiendo la tradicional costumbre; la comida transcurrió en medio de una gran animación.
Otras visitas de beneficiencia
En la tarde del día 5 de enero, un segundo cortejo visitó la Casa Cuna para repartir dulces y juguetes a los niños; la delegación salió del Ateneo a las seis y media, dirigiéndose a la Casa Cuna en automóvil. Los Reyes –Mario Bueno (Melchor), Narciso Espinosa de los Monteros (Gaspar) y Rafael Ruiz Maldonado (Baltasar)– iban acompañados por su séquito, integrado por Manuel Gómez Moreno, Nazatit, Leoncio Barrau y Agustín Zaragoza. Los Reyes fueron recibidos por el visitador, Manuel González Parejo; por la presidenta de la Junta de Damas, la condesa de Lebrija; el médico del establecimiento, Guillermo Rodríguez Izquierdo; la superiora de la comunidad, sor Petra, y capellán, don Rafael Segovia.
El jardín de la casa y la fachada de la capilla se habían iluminado artísticamente. Después de orar un momento en la capilla los Reyes repartieron los juguetes y, a los niños de pecho, sonajeros. La prensa cuenta algunas anécdotas como el regalo que se dio a Miguelito España Sevilla, el bebé de tres meses que había sido adoptado por las Diputaciones Españolas con motivo del reciente congreso de Diputaciones Españolas; o que, además de los regalos individuales, los Reyes entregaron para todos los chicos una monumental pelota de colores y que Gaspar dio un muñeco gigantesco a la pequeña más traviesa de la Casa. Tras el reparto los reyes fueron obsequiados con un lunch.
En la mañana de Reyes, de diez de la mañana a las once y media, Ricardo Monsalves y Gabriel González Garrido fueron al Hospital Provincial para hacer entrega de juguetes y golosinas.
El Romance de Reyes «La noche de los niños»
El día 5 de enero, en El Noticiero Sevillano, Don Cecilio de Triana dedicó este Romance de Reyes a “La noche de los niños”, con el que cerramos este escrito.
La noche de los niños
(Romance de Reyes)
¡Esta noche es de vosotros I
esta es vuestra noche, ¡oh, niños!
los que a los Magos benéficos
las cartas habéis escrito,
¡que no hacen falta! porque
ellos, que son adivinos,
acertando qué queréis
os lo entregarán solícitos!
Esta noche, por las calles,
(como cortejo magnífico
y espléndida «Cabalgata
de la Ilusión» sorprendidos
contemplaréis la llegada
de los Tres Reyes benditos,
que van a los niños pobres
a obsequiar; porque a los ricos
le dieron a sus papas
ese clásico encarguito.
¡Noche de Reyes! Sevilla
Escribió la ya en el Libro
de sus Noches Grandes; vuela
en ella el sutil espíritu
del que la ideó; y su alma
que se atisba en el infinito,
en esa noche se llena
de inefable regocijo.
¡Noche de los Niños! Nombre
de dulce ternura henchido,
en que los pequeños sueñan
i y los viejos no dormimos!
—iQué me traerán?—se preguntan
—¡Será lo que le he pedido?
—El juguete que me traigan
¿será feo, será bonito?
i Me servirá ?—A mi hace años
(quizás llegue al medio siglo)
«Los Reyes Magos», trajéronme
cual valioso regalito
una pluma y un tintero…
i y con él, todavía escribo!
i Oh, Reyes Magos, magnánimos!
que emprendéis vuestro camino
en camellos perezosos
o en clásicos caballitos,
pudiendo venir en auto,
en dirigible, o en hidro!
Reyes Magos, que a Sevilla
llegáis; sed bien venidos,
que yo al pasar, envidioso,
al saludaros, os digo:
—¡Quién volviera en su ventana
a poner el zapatito,
y a echar otra vez las muelas,
los dientes y los colmillos…!





