
(NOTA DEL AUTOR: Por un elemental respeto a quienes me leen, jamás deslizo en un artículo una palabra malsonante. Sin embargo, para ser contundente, en esta ocasión he utilizado la artillería pesada. Por ello es posible que alguna expresión parezca fea. No es traidor quien avisa).
Justiniano Arratíbel fue párroco en Pamplona hace un siglo. Era un hombre corpulento y enorme, que había sido leñador antes que fraile. Campeón del juego de la pelota vasca y ganador de concursos de levantamiento de rocas, también corría maratones siempre que sus labores pastorales se lo permitían.
Los feligreses se le quejaban de las continuas burlas sufridas por un grupo de anticlericales que profanaban lugares de culto, destrozando y expoliando objetos artísticos. Pero él era tan piadoso que ni siquiera los denunció, animando a todos a tener una actitud de compasión hacia ellos, como buenos samaritanos.
Hasta que en la procesión del Corpus, nueve niñatos empezaron a vociferar desde un balcón, profiriendo gruesas blasfemias contra la custodia que él portaba, tachando a la Virgen María de ramera, a San José de proxeneta y a Jesucristo de doctrinario y maltratador.
Justiniano intentó contenerse, recordando su condición de sacerdote. Pero al ver la tristeza y la indignación en los rostros de las gentes, el gigante entregó la custodia al capellán que le acompañaba …
«Tenga usted, Padre, la Santa Hostia, que de las otras, las no consagradas, me encargo yo».
En una zancada se subió en un banco, saltó agarrándose al herraje del balcón y, con agilidad de simio, accedió a pulso hasta donde se hallaban los nueve progres de pacotilla, que se quedaron de pasta de boniato viendo a aquella especie de orangután con sotana plantándose en unos segundos delante de sus caretos, para proceder a continuación, sin encomendarse siquiera al diablo, a atizarles tan generosas y recias brasas que los aterrados blasfemos huyeron como ratas despavoridas, deslizándose desde la balconera a la calle y con sus insultos entre las piernas, ante un pueblo orgulloso de su cura al que no paraban de ovacionar.
Recogió la custodia y la procesión siguió sin incidentes. Mano de santo. O carácter de navarro, que viene a ser lo mismo.
Siempre me ha parecido jocosa pero, sobre todo, aleccionadora esta crónica pamplonica. Y me he acordado de ella al leer la burda, soez y sórdida felicitación de Navidad de Sandra Gómez López, Vicealcaldesa de Valencia. Omito a propósito el calificativo de «Doña». No se lo merece.
Junto a una imagen que muestra a la Virgen María en el momento de dar a luz a Jesús, la (supuesta) Vicealcaldesa afirma en su (supuesta) felicitación que «Hasta Dios nació del coño de una mujer (…) para que recordemos nosotras cuánto vale nuestro coño«.
Voy de frente: soy católico. La religión que profeso me insta a encontrarme con la bondad y la belleza del corazón humano, así como a albergar un infinito respeto a quienes tienen otras afiliaciones espirituales. Conozco a algún protestante, ortodoxo e hinduísta, coincidiendo con ellos en que el denominador común de toda creencia es el Amor. Con mayúscula.
Jamás se me ocurriría ofender en lo más mínimo las íntimas convicciones de mis amigos. Nunca me serviría de ellas por rédito electoral o por intereses sin nombre.
Por ello resulta particularmente repulsivo el guiño que Sandra hace a las feministas. Mejor dicho, a las feminazis. Valiéndose para ello del insondable misterio, únicamente alcanzable por la fe, de que una mujer haya alumbrado a Nuestro Creador.
No ofende quien quiere, sino quien puede. Francamente, su catetez me trae al pairo. Solo me asombra el nivelito de muchos de nuestros políticos, barriobajero y cutre, de la que ella es embajadora.
Pero invito a cualquiera con dos dedos de frente a dar la batalla cultural que la flatulencia de la tal Sandra requiere. Es cierto que ya no se llevan las formas ni los lechones del Reverendo Justiniano. Pero uno puede (y debe) acusar recibo de la desfachatez de la niñata con ínfulas de Vicealcaldesa para soltarle, de paso, una andanada a la perversa ideología de género que lidera el feminismo talibán, incapaz de respetar siquiera el ámbito de lo sagrado.
Porque hay que tener una gran patente de corso para actuar como Sandra. Para sostener una pancarta el 8 de marzo con la leyenda «La Virgen María también abortaría», para pasar a referirse ahora al nacimiento del Niño de Dios. ¿A qué jugamos?,¿muerte o vida?
También se necesita una elevada dosis de hipocresía para no guardar las formas con los católicos, mientras que nada insinúan del Islam. Para ofender a los musulmanes ni está Sandra ni se la espera, como no volvieron a piar sus colegas ideológicos tras los benditos bofetones que un cura pelotari, a lo Clint Eastwood, les endiñó en la balconera.
Pongamos pie en pared los católicos frente a quienes pretenden acomodar nuestra religión a sus intereses. No ofrezcamos la otra mejilla a Vicealcaldesas vacaburras, que el mismísimo Jesucristo repartió estopa a los mercachifles en cierta ocasión, látigo en mano. Que somos hermanos, pero no primos y muchos carecemos de vocación de mártires.
Choteémonos mucho de su atrevida ignorancia, que de ilusión se vive y también uno se ríe.
Porque un servidor trabaja en la Junta de Andalucía en temas locales, siendo frecuente que me toque presentar a políticos de Ayuntamientos de toda España cuando conciertan una reunión con nosotros.
Podría ocurrir y lo estoy imaginando… Ahora los veo. Viene el equipo de Gobierno municipal del Ayuntamiento de Valencia y debo hacer una reseña de ellos ante Directores Generales, Consejeros y demás.
¿La Vicealcaldesa se ampara en la libertad de expresión? Pues servidor también. Y como es Navidad, yo comparo a su cohorte de asesores pelotas y adláteres, incapaces de criticar las barrabasadas de su dictadora, con los borregos del Belén. El silencio de los corderos.
Y después tengo que decir algo de la Vicealcaldesa. De modo que, echándole morro al asunto, no la presento como Excelentísima ni como Vicealcaldesa. Sino por el título que ella solita se ha ganado y por el que la todos la conocemos: «La tonta del coño».





