Sobre el tema de la salud y bienestar, que obsesiona a Occidente desde mucho antes de la pandemia, el insistente bombardeo de mensajes de todo tipo nos obliga, aun a los menos inclinados a indagar en ciertas cosas, a pensar un poco y hacer uso del sentido común (en un área en la que antes no era tan necesario: se hacía “lo que mandaba el médico” y punto. Ahora, dejando ya aparte el asunto Covid, nos falta esa autoridad clara, todo es una vorágine de mensajes mil…).
Esto es buenísimo, esto es malísimo… Tal golosina o producto lácteo, ¡no lo tomes!, pues es super cancerígeno. Practicar determinado baile es buenísimo, proporciona gigantescos beneficios para la salud… Buenísimo, malísimo. Prohibido, o super recomendado.
Se ha perdido el placer de adquirir unas almendras por puro gusto: el paquete se obstina en indicar, al que simplemente tenía un antojo, que ese producto contiene “omega3” y que “es excelente para la memoria”. Se nos quitan las ganas de darnos caprichos, no creíamos tener grandes carencias ni íbamos buscando medicinas…
(Todo se vende como que es beneficioso para la salud, si no no interesa. La obsesión por la salud es típica de personas enfermas, ahora se ve que estamos enfermos todos… Pero ese es otro tema).
Hablábamos del sentido común. Si oímos decir: “Los frutos secos son muy sanos”, pues, aparte ya del aburrimiento de tanta cosa “sana”, diríase que sí suena verosímil. Los frutos secos, ahí en su cáscara, difícilmente estarán infectados por los temidos conservantes y aditivos… sí, parecen alimento natural y sano, aceptemos el consejo, ¿por qué no?
Pero si oímos afirmar que “quien ingiera diez nueces al día no tendrá jamás un cáncer”, pues ahí el puro sentido común se rebela. Aseveración tan pretenciosa y dogmática no puede ser cierta. No hay que “entender” de medicina ni de nutrición para percibir que es una afirmación arbitraria y aun grotesca…
Muy básico parece todo esto. Pero sumidos en este mundo post Covid, pues… ¿perdemos a veces ese elemental sentido común? No sé; se diría que a veces sí.
“La vacuna es segura para las embarazadas”. Semejante idea ha adquirido vigencia instantánea. Las implicaciones polémicas y políticas que acarrea el menor cuestionamiento de todo lo relacionado con este tema ayuda, claro, a la universalidad de esa vigencia. Pero, ¿hemos perdido del todo, del todo la memoria y la capacidad de razonar?
Recordemos la vida cotidiana hasta 2020. Las embarazadas no sólo no deben beber ni fumar, sino que, desde hace años, tienen prohibido el jamón y los embutidos. No deben acercarse a ciertos animales domésticos. A cualquier mujer en la consulta de un médico, aun en el dentista para hacerse un pequeño empaste de muela, se le pregunta antes que nada “si está embarazada o cree que puede estarlo”. La más suave anestesia, una crema, una pomada, todo se elimina o sustituye ante la posibilidad siquiera de un embarazo. Incluso siendo hombre, y sin familia femenina, y aislado en una torre, el concepto de la precaución que deben tener las embarazadas no le puede ser ajeno, pues si abre aunque sea una cajita de paracetamol, el prospecto le recordará con rotundidad ese tema.
En las noticias “de sociedad” de este verano, el cantante Bertín Osborne estuvo de actualidad por razones personales; repasando su trayectoria, un periodista recordó que, al parecer, la terrible minusvalía de su hijo mayor se debía al hecho de haber tomado la madre queso sin pasteurizar durante el embarazo. Sin entrar (Dios me libre) a cuestionar si eso es así o no, lo indiscutible es que así se cree y se considera. Es decir, el concepto de que durante la gestación, toda precaución es poca en cuanto a lo que la madre pueda ingerir, esa es una idea vigente, extendida, que todos aceptamos como cierta.
Cuando ahora de repente oímos afirmar, de manera dogmática, que “las embarazadas deben vacunarse” y que “la vacuna es segura para el embrión o el feto” (siendo las del Covid no estrictamente hablando una vacuna como tal, sino un tipo de tratamiento preventivo), pues… aun sin saber nada de medicina ni de nutrición… ¿el sentido común no protesta? ¿Cómo se pueden hacer afirmaciones tan categóricas?
Hay dos posibilidades. O bien eran innecesarias las infinitas precauciones que hasta ahora se exigían, y a partir de ahora las mujeres encintas pueden alegremente comer de todo, e ingerir los analgésicos y demás medicinas que vayan precisando…
O bien… Pues no sabemos qué decir. Jamás osaría opinar en nada relacionado con la medicina. Es una cuestión de lenguaje la que chirría…
(“La vacuna es segura” “Diez nueces al día evitan el cáncer”. No sé. Para dogmas… me quedo con los Diez Mandamientos)





