Esta semana hubo otra vez reunión de viejos amigos…, todos nacidos entre 1954 y 1964, es decir, hoy, arriba o abajo, entre los 55 y los 65 años; la última generación, por así decirlo, que estudió en el colegio y hasta en la universidad bajo la dictadura franquista.
Nadie, ni uno sólo de nosotros, es capaz de recordar ni una sola lección, ni siquiera una vaga referencia, hecha por un profesor o que figurara en nuestros libros de texto mencionando las atrocidades cometidas por el bando republicano o los nacionalistas antes, durante o después de la guerra civil.
Jamás nadie nos contó nada sobre las checas, la quema de Iglesias y conventos, el fusilamiento de curas y las violaciones de monjas, el robo de los tesoros nacionales, el destrozo de imágenes valiosísimas, las venganzas y traiciones que ellos mismos padecieron a manos de los suyos desde Moscú, la obtusa y ominosa deslealtad constitucional de los revolucionarios, las sacas y los secuestros, las torturas y las mofas por el ‘delito’ tan sencillo de tener una propiedad o por asistir a misa, el saqueo del oro de Moscú, de los tesoros almacenados y rapiñados en el yate Vita con destino a México donde Indalecio Prieto se lo fumó todo, de las montañas de joyas y obras de arte de las catedrales expoliadas y luego amontonadas en camiones en el Castillo de Figueras o en las minas de talco de La Vajol, muchos de los cuales fueron robados y desaparecieron para siempre por grupos de oficiales y milicianos… Nada de eso nos contaron, ni palabra.
Recordamos, eso sí, exaltaciones del bando vencedor y alguna hazaña apoteósica o épica, que en verdad lo fueron, como la defensa y resistencia numantina en el Alcázar de Toledo, además de una retahíla de recitaciones cursis que padecimos, muchas de ellas, no estará de más decirlo, producto de aquellos años y que se repetían casi por igual en cualquier lugar de Europa y bastará con recordar que todavía a finales de los años 50, en la muy democrática Inglaterra, mantener relaciones homosexuales era un delito penado con la cárcel y podía conducir a la castración química.
Sólo al morir el dictador empezamos a conocer y a revisar de verdad lo sucedido y lo hicimos gracias a la libertad de expresión, que permitía publicar en revistas y libros los hechos acaecidos y situados en su contexto por especialistas de muy distinto signo.
En ambos bandos supimos enseguida que se cometieron atrocidades, aunque en el bando republicano todo comenzó desde la misma proclamación de la República, mientras que en el otro bando de los nacionales las barbaridades fueron casi todas consecuencia de la guerra y de la represión posterior.
Lo cierto, digo, es que nada de eso nos contaron, ni lo uno ni lo otro, y es obvio que habrían podido sentirse legitimados para hacerlo tras ganar la guerra y establecer una dictadura. No lo hicieron. Y creo que pudo ser por pudor, por alguna clase de decencia que les recomendaba no incidir en el relato de la barbarie, pues barbaridades perpetraron todos.
La memoria histórica, ahora llamada democrática, es una pazguata y una torticera que miente una vez más. Los que fuimos testigos de aquellos años damos fe de que los niños de entonces fuimos tratados con algo más de respeto intelectual y moral del que ahora pretenden imponernos por ley, con la prohibición y amenaza de cárcel.
Pero si prestan un poco de atención, comprobarán que incluso Pablo Casado se comulga esas trampas para elefantes y el otro día en el Congreso, en un rapapolvo impecable a Sánchez, se tragó que nuestra guerra civil fue una lucha entre quienes pretendían una democracia sin ley y quienes querían una ley sin democracia. Y esto, lo lamento, no es del todo cierto, porque deja sin paternidad a millones de españoles que por librarse de la peste de la violencia gratuita desarrollada por las izquierdas y por evitar la caída en brazos de los soviets se sintieron obligados a apoyar al bando contrario, sin que ello les convirtiera en afanosos de una «ley sin democracia» que no buscaron ni pretendieron nunca, aunque los hechos acabaran siendo los que fueron.
Está visto que la izquierda sabe lo que hace con estas mentiras, porque tiene la certeza de que un ‘centro centradísimo’ se muestra siempre dispuesto a tragarse la bazofia que expelen desde el corner y a masticar ese sapo de las mentiras a tener que pelear por defender la verdad.
He dicho.





