Da pánico pensar que parte de lo que llevan actuado y sobreactuado en el Gobierno y en Podemos esté condicionado por las vicisitudes privadas de esta plétora de irresponsables. Por ejemplo, que todos esos montajes de Irene Montero en claro discurso del odio contra los varones o a favor de Rociíto pudieran provenir de la situación personal que atravesaba su relación de pareja (o ex pareja) con Pablo Iglesias. Incluso que la dimisión del propio Iglesias tenga algo que ver con su situación amorosa particular.
Quiero decir que lo mismo se arrepiente un día cualquiera e intenta volver para que le nombren otra vez vicepresidente de su desidia con las residencias de mayores, donde ocasionó un pogromo de miles de muertos como no se recordaba desde las represalias de 1940 tras la guerra civil y desde los días de las chekas en Madrid.
Es otro de los inconvenientes, claro, de que la política se aposente en manos de adolescentes de espíritu, aunque tengan más años que la tos, como es el caso. Los desequilibrios sentimentales y la inestabilidad emocional nunca fueron buenas compañeras de viaje cuando de lo que se trata es de lograr equilibrar este barco a la deriva llamado España, que zozobra ya hasta con un escupitajo lanzado sin previo aviso y sin necesidad de recurrir a pandemias de ninguna clase.
Suben algo los contagios, pero las UCI siguen en su actividad normal, de modo que no hay razones para asustarse, porque que haya contagiados en mitad de una pandemia es lo menos que cabe esperar o no sería una pandemia, como es obvio y natural.
Si a alguien se le ocurre alguna otra razón para explicar que la epidemia ya no origine la demoledora presión sobre los hospitales que vimos hace unos meses, que lo diga ahora o calle para siempre. Falta por desvelar qué incidencia real tendrá sobre las camas hospitalarias el ascenso de contagios entre los jóvenes a medida que las restricciones se relajen, pero poco más.
El problema de todo esto es que han mentido tanto en estos meses, han usado tan torticeramente todos los datos reales para asuntos no relacionados con la salud, que aquí hay millares de personas que han decidido no creerse ya nada de lo que diga esa tropa de embusteros o de simples indocumentados, como el tal Fernando Simón, un tipo, insisto, que debería ser juzgado por sus ignominiosas transfusiones de falsificaciones de la realidad con una irresponsabilidad desproporcionada e inaudita.
De Pedro Sánchez sabemos que la epidemia nunca le causó demasiados dolores de cabeza, ocupado como estuvo siempre en prepararse el terreno para otros cuatro años a costa de lo que sea, incluso de las trampas necesarias para subvertir unas encuestas que le sitúan en la oposición incluso si pactara con el mismísimo diablo.
España había empezado a convertirse en un país antipático a ojos de millones de turistas que no alcanzan a comprender cómo un país tan hermoso y atractivo por muchas cosas puede lesionarse con tanto ahínco, pero ahora empieza a ser un país peligroso, inseguro, con unas leyes descuajeringadas que se sitúan una tras otra en el alero del Tribunal Constitucional antes de su entrada en vigor, con la presunción de inocencia arrasada o bajo mínimos, con la carga de la prueba invertida y situadas en el límite de riesgo del corralito o de la expropiación.
Que la intención de Pedro Sánchez es seguir tensando esa cuerda para permanecer en el poder a cualquier precio y convertirnos en una dictadura o en una democracia no homologable, para mí no admite duda. Está por ver si lo consigue, pero eso sólo el tiempo y los acontecimientos lo dirán mientras, como ya lo dije, pagan las multas y las penas judiciales con nuestros impuestos y elevan el delito al cuadrado o al cubo. Todo les da igual, aunque revienten las costuras de la Ley y de la Constitución.
He dicho.





