Cuatro años han estado con una matraca de «trama rusa» que nadie sabe de lo que va ni tampoco nadie entiende para qué narices habría querido Putin ayudar a Trump a ganar unas elecciones habida cuenta que las relaciones con los rusos no se han movido de su sitio y al menos no las ha llevado al límite que alcanzó la cosa a propósito del conflicto sirio, que a punto estuvo con Obama de desembocar en una catástrofe global.
Tampoco sabemos por qué ahora no ha comparecido Putin en estas nuevas elecciones, pero se han entretenido de lo lindo mientras en el país se fabricaban millones de puestos de trabajo y se alcanzaba el casi pleno empleo hasta en las ruinas de Detroit.
Cuatro años destrozando escaparates y arrasando ciudades con brigadas de ultraviolencia que apaleaban y arrastraban a simples ciudadanos que portaban la bandera norteamericana y apoyaban al partido anti esclavista de Abraham Lincoln.
Cuatro años que nos han retrotraído a los años de la guerra de los yanquis del norte contra los terratenientes del Partido Demócrata del Sur, porque esto muchos no lo saben, pero aquellos del látigo en la espalda eran los del partido de Obama y de Kamala Harris. A Biden ni lo menciono para el caso porque el pobre mío es una cafetera estropeada con la psique al borde del colapso del Alzheimer y enfangado en toda esa pringue pedofílica que arrasó allá a la Iglesia católica.
Que nos quieran vender que Biden será el presidente electo no pasa de ser una broma, porque puede que en mitad de su mandato (si el Tribunal Supremo lo consiente) la palme, o ‘lo palmen’ o se lo quiten de encima con el brochazo gordo de su evidente pedofilia las chicas del «Me too».
De «Kemala» Harris nadie sabe casi nada, pero sacarían del armario la bandera feminista que no pudo ondear la maléfica cornuda Hillary Clinton, capaz de tragarse los «tarros» (expresión cubana) o pitones que le regaló su esposo, con retransmisión casi en directo desde el despacho oval, con tal de hacer realidad su frustrado sueño de ser la primera mujer en llegar a ‘emperaora’.
Aún supura bilis, pero ya da igual, porque ya no es casi nadie en el mundo del ultrapoder y ahora sólo le queda ser una bruja enloquecida por la fiebre y una ‘peona’ o un engranaje prescindible en la maquinaria del locutor del parte radiofónico, que es quien de verdad aspira a gobernar, tras haber dedicado ocho años como presidenta de gobierno (Secretaria de Estado) a incendiar el Mediterráneo, donde favoreció la implantación de una dictadura islámica en Egipto, reventó en pedazos a Libia y lo convirtió en un Estado fallido, abrasó todo el Medio Oriente fabricando el ISIS, arrasó Siria, levantó en armas a los palestinos, puso en la boca del desastre a Ucrania, descuajeringó Irak y Afganistán, tensó con Irán, con Corea del Norte y China hasta lo indecible, pasteleó hasta con los Castro y con Hugo Chávez y sus herederos y el Foro de Sao Paulo floreció como un almendro cargado de frutos pochos: Evo, Correa, Ortega, Kirchner, Maduro, Lula, López-Obrador…
Hace apenas unos años, Hussein Yussuf Abdul Obama, el locutor del parte, se vio forzado a negociar en un Partido Demócrata escindido que se dirigía hacia los acantilados del cisma abierto por el ala oeste del partido, que sobre el mapa queda a la izquierda.
El comunista Bernie Sanders, asiduo visitante del castrismo y del Palacio de Miraflores de Caracas, le abrió una brecha de agua al plácido buque de los del ‘burro’ que podría restarles una parte imprescindible de votos necesarios para llevarles a ganar unas presidenciales, así que se vio obligado a pactar y a concederle a Sanders su parte alícuota del lobby hasta llegar a permitirle ahora que le disputara a Biden las primarias. Enseguida vio que el otro ala demócrata, más conservadora, no le dejaría respirar y se retiró de la carrera para permanecer con influencia aunque sin poder.
En los cuatro años de Trump, las brigadas incendiarias que maneja Sanders han sido la punta de lanza de la verdadera oposición, alimentadas y favorecidas por ese odio bíblico y semi clandestino de Hilaria, la de los cuernos ovalados.
Escuchen bien: Biden no es socialista, ni tampoco comunista, sólo es un tipo corrupto y muy mayor, de pasado triste y de futuro más triste aún, que pasaba por allí. Si logra sostenerse vivo, recuérdenlo, será «el cero de la izquierda». Nada más.
He dicho.





