Un calcetín viudo es un desastre, una tragedia. Es el indicio inequívoco de que el fin del mundo se aproxima de forma inexorable, un anuncio previo de la tormenta en el apocalipsis.
Cuando aparece un calcetín viudo en el bombo de una lavadora sabes que algo irreversible se cierne sobre tu entorno y por más indagaciones que realices debes aceptar que todas las fuerzas diabólicas se han amalgamado y rebelado contra el orden de tu universo antes de que se derrumbe y caiga sobre tu cabeza.
A no ser, claro, que al volver alarmado y con urgencia sobre tus pasos detectes que se te ha caído de manera inocente y distraída en el discurrir hacia el alambre y lo recuperes. O aparezca al revisar los rincones esquinados de la circunferencia, en cuyo caso ha de considerarse un golpe de suerte y habrás logrado demorar un algo la tragedia.
A partir de que un calcetín desaparece, puede tardar aún unos días o semanas hasta que suceda el desenlace y lo comprendas, pero antes deberías aceptar que la realidad ha comenzado a deshilacharse por una esquina de forma imparable, como un presagio de apariencia intrascendente pero demoledor.
Si no aparece pronto su mellizo, su gemelo, su jimagua, su siamés (cosa improbable, porque no sucede casi nunca antes de que el final cobre firmeza), debes asumir que la hora de la deconstrucción total ha llegado como una corrupción del orden necesario para que el mundo gire sin excentricidades excesivas, no se aflojen los tornillos que fijan la naturaleza de las cosas y los ciclos anárquicos del universo se adapten al caos inconsciente de los objetos que te rodean.
Es la vida misma y, más que pararte a lamentarlo, deberías prepararte para el reseteo dramático con los restos de lo que sobreviva a esa hecatombe inesperada e inexplicable. Porque esa es otra, se trata de un enigma irresuelto hasta nuestros días, un jeroglífico inaccesible para el que nadie, ni filósofos, ni teólogos, ni teósofos, ingenieros, espiritistas, marabúes o chamanes, ha logrado aproximar una explicación prudencial. Menos aún científica.
¿Dónde está un calcetín desaparecido? ¿Está vivo o está muerto? ¿Fue secuestrado o huyó secretamente y en silencio a una isla desconocida donde se solazan los calcetines ignotos que desaparecen cada día de las lavadoras del planeta? ¿Hay detectives, o al menos inspectores de Hacienda o agentes de la UCO, que persigan a los calcetines tristes que abandonaron sin aviso y sin dejar testimonio a su pareja? ¿Alguna mafia los recluta para cometer sus crímenes en lugares apartados del globo? Por último: ¿Cómo consuelas a un calcetín viudo para que no se sienta inútil ni tampoco note el dolor hiriente de su repentina soledad?
Un calcetín viudo es el heraldo más tenue de que el fin del mundo está cerca. Maldita sea.
He dicho.





