
El Ayuntamiento de Sevilla y sus obras. Nicolás Antonio (I)
Estimados lectores, continuamos esta semana con la semblanza de este personaje que, sin ser muy conocido, desarrolló una importante labor cultural en nuestra Sevilla.
Nicolás Antonio poseía una ejemplar laboriosidad y, para la época, una mente abierta, tolerante, antidogmática, y racionalista, una sólida erudición, y cuya labor intelectual se basaba en el amor y en el respeto a la verdad histórica, basada en una crítica rigurosa, atacando duramente a los falsos cronicones, a los que rechazó, llevando a cabo una depuración de textos, examinándolos y estudiándolos detalladamente para descubrir la veracidad de los hechos históricos, descubriendo en ellos una gran cantidad de patrañas y de invenciones inaceptables desde el punto de vista histórico, ya que falseaban la historia nacional y sevillana al aceptarse como verdaderos debido a la ignorancia, a la falta de espíritu crítico y a la piedad mal entendida, como reflejó en su obra “ Censura de historias fabulosas,” un razonado estudio que quedó manuscrito y publicado póstumamente, generando cierta polémica ya que rechazó todo lo ficticio y supersticioso de forma amplia, profunda y decisiva, cuestionando y condenando los falsos cronicones y criticando historias ficticias, sobre todo de santos imaginarios. Buscaba la verdad por medio de la razón, solo admitía lo que podía demostrarse y defendía la autonomía del documento histórico frente a la tradición o la autoridad; consideraba deformada la investigación histórica y consideraba manipulada la historia por la generalizada aceptación de los falsos cronicones, que eran muy populares, debido a la elevada tasa de analfabetos de la población española y respetados por los poderes políticos y religiosos que dirigían la sociedad española, por lo que no se podía ir contra ellos sin sufrir molestias, perjuicios o sinsabores, de ahí la cerrada oposición que encontró Nicolás Antonio y las presiones que sufrió y que superó en gran parte no sin serias dificultades, pues dichos poderes veían en la crítica histórica un peligro para la mentalidad socialmente establecida. Se vio alentado en su lucha por el apoyo y la aceptación que recibió tanto de los demás eruditos españoles como de los eruditos europeos que censuraban duramente la credulidad española respecto a los cronicones y defendían la historia crítica; con ellos mantuvo, Nicolás Antonio, contacto permanente.
Para él la historia era una cuestión nacional, un tema patriótico y la verdad histórica alcanzada mediante la crítica era la única gloria nacional. Le preocupaba y se lamentaba de que se defendieran los falsos cronicones bajo una capa de piedad y que se aceptaran sin crítica, pues pensaba que deshonraban a España por la mentira existente en ellos y que mancillaban la dignidad y el orgullo de la nación; además veía en ellos la representación de la decadencia española (doliéndole profundamente), reivindicando el pasado glorioso de España pero sin apologismo vacío. Para diferenciar la verdad de la ficción veía necesario encontrar documentos originales sobre el pasado español y publicarlos, y con el método crítico superar la lacra de los falsos cronicones. Nicolás Antonio contribuyó con ello a convertir la historia en una ciencia. Perteneció a los” novatores “o preilustrados (minoría muy activa de eruditos españoles surgida en la segunda mitad del siglo XVII), cuyos miembros defendían el avance y la innovación intelectual frente al atraso y al inmovilismo y que encontraron una fortísima oposición, sobre todo, en el cerrado ambiente universitario. Frecuentó tertulias de las que se fundaron en aquel momento, tanto en Sevilla como en Madrid y en Roma, en las que se discutía, en un ambiente distendido, sobre temas variados ( literarios, filosóficos, científicos,…), al margen de las universidades ( controladas por el escolasticismo ), contando con el apoyo de la Corona, y, especialmente, de Juan José de Austria, hombre de gran formación, hijo bastardo de Felipe IV y hermanastro y valido del rey Carlos II de la dinastía de Habsburgo, el último de los Austrias españoles. Nicolás Antonio destacó de entre los novatores, mantuvo relaciones muy cordiales así como una muy abundante y continua correspondencia con todos ellos, mediante cartas o reuniones en las mencionadas tertulias, comunicándose e intercambiándose conocimientos o curiosidades, y aprendiendo unos de otros.
Fue Nicolás Antonio uno de los pocos hombres de relevante mérito en la España de Carlos II, siendo admirado por el reducido círculo de eruditos de la España de entonces, así como por la Corona y el Papado. Además, fue un distinguido intelectual con espíritu renovador, consciente de la decadencia en la que estaba sumida España en ese momento en todos los aspectos ( políticos, económicos,… ), en comparación con el esplendor europeo o el pasado glorioso de España, y deseoso de introducir y difundir en España innovaciones europeas; pero vivió en circunstancias adversas, en un ambiente difícil, muy anclado en la tradición y poco propicio a la renovación, a la novedad y al progreso ( apenas pudo publicar en vida algunas de sus obras, otras no llegaron a publicarse o se publicaron en el extranjero, o tardíamente, en el siglo XVIII, con posterioridad a su muerte ), y en una sociedad española encerrada en sí misma y bastante aislada ideológicamente respecto a Europa para preservar la ortodoxia católica. Tuvo que nadar Nicolás Antonio contra corriente en una sociedad mayoritariamente acrítica apoyada casi siempre por la autoridad eclesiástica, con mucha rutina y poco estímulo y en la que apenas había enseñanza e investigación científica; se sintió atraído por ideas europeas más racionales que el viejo pensamiento tradicional reinante en España, con el que chocó y al que se enfrentó y combatió con mucho ánimo y entusiasmo pero con escaso éxito, ya que dicho pensamiento era muy poderoso, reprochándole y adoptando una actitud hostil hacia su talante innovador, siendo la penetración de ideas europeas en España lenta y difícil, y, aunque aparentemente fracasó en su propósito, debido a los obstáculos que encontró, tuvo como como continuadores a los ilustrados españoles del siglo XVIII. También mostró desinterés por la Escolástica, poseía gran cantidad de obras extranjeras, e hizo gestiones para obtener de la Inquisición permiso especial para leer o adquirir libros prohibidos, total o parcialmente, por el Santo Oficio que también formaron parte de su biblioteca, siendo visto por algunos sectores de la Iglesia Católica como “sospechoso de heterodoxia” a pesar de ser miembro de la Inquisición, y tratado despectivamente por los sectores de la sociedad española más conservadores y aferrados a la tradición. Debido a la crisis que vivía España entonces, se cuenta que Nicolás Antonio llegó a ser invitado para formar parte de un tribunal de oposición convocada en 1655 para proveer la cátedra de Cosmografía de la Casa de Contratación ante la dificultad de encontrar personal capacitado para formar parte del mismo.
En esta última etapa de su vida en Madrid, Nicolás Antonio, que era hombre muy piadoso y de gran religiosidad, ingresó en la congregación católica llamada “ Escuela de Cristo,” fundada para perfeccionar la vida cristiana sobre todo a través de la oración y de la penitencia y se identificó mucho con dicha congregación, ostentando varios cargos en ella ( Nuncio de altar, Coadjutor del secretario, Diputado seglar ) y, además, intervino bastante en el gobierno de la misma, asistiendo a sus juntas y participando en sus acuerdos, como, por ejemplo, en el deber de los hermanos de visitar los hospitales, convirtiéndose muchos hermanos de dicha institución en amigos suyos, como el también bibliófilo Juan Lucas Cortés o Pascual de Aragón ( que luego sería cardenal arzobispo de Toledo). También mantuvo un continuo e íntimo contacto con su entorno cultural sevillano, como su amigo Juan Lucas Cortés o sus compañeros canónigos bibliotecarios, e intervino en la polémica sobre Góngora, que dividió al mundo literario en partidarios y detractores del escritor, defendiéndolo y comentando su obra ( en las Cartas dirigidas a su amigo el canónigo Martín Vázquez Siruela, Nicolás Antonio se mostró entusiasta de Góngora ).
Nicolás Antonio falleció en Madrid el 13 de abril de 1684 de un derrame cerebral, dejando varias obras sin terminar, y fue enterrado en la cripta de la iglesia del convento franciscano del Espíritu Santo de la congregación de Clérigos Regulares Menores. Murió en la penuria, sin dejar bienes ni objetos de valor, solamente deudas y su inmensa biblioteca particular, la cual parece ser que fue vendida en parte por sus herederos para saldar dichas deudas. Debido al gran número de analfabetos que había en España, apenas interesó siendo incluso despreciada por algunos elementos de lo más tradicional de la sociedad española del momento; aunque se sospecha que buena parte de ella quedó en poder de los benedictinos, por la vinculación que tuvo Nicolás Antonio con dicha orden.
Con el paso del tiempo se ha convertido nuestro personaje en el autor más conocido del grupo de los ya citados novatores.
La “Bibliotheca Hispana Vetus et Nova“ resultó una obra bibliográfica ambiciosa y muy completa, sin precedentes, que superó a toda bibliografía anterior y que inmortalizó a Nicolás Antonio, fue el trabajo de toda su vida, realizado con gran exactitud, fruto de una sólida formación humanística, sensibilidad literaria, y coraje científico, con un sentido riguroso y crítico de la historia, siendo la primera recopilación de autores y de obras de alcance geográfico y de carácter nacional. Fue una obra muy elogiada por otros eruditos españoles, preocupados por el gran desconocimiento de la cultura española en Europa, debido, en gran parte, a la ausencia de grandes proyectos aglutinantes y divulgadores como el de Nicolás Antonio, y sirvió de base para el conocimiento y la investigación de la cultura española, permitiendo que se conociera mejor el pasado cultural de España, y defendiendo en ella Nicolás Antonio la cultura española frente a Europa. En opinión de los bibliógrafos, y a pesar de haber transcurrido más de trescientos años desde su confección, esta obra sigue siendo admirada, tanto por el número de autores que recoge como por el número de obras reseñadas, la lógica división de las materias, la riqueza y profusión de datos bibliográficos, y un orden cronológico para no confundir autores, constituyendo un magnífico ejemplo de biblioteconomía para cualquier época, reconociendo Menéndez Pelayo a Nicolás Antonio, justamente, como el padre de la bibliografía española, ya que admiraba su obra por la dificultad que había en el siglo XVII de hacer acopio de tal cantidad de datos sobre escritores antiguos y de ahí que el Instituto de dicha disciplina del Consejo Superior de investigaciones Científicas lleve su nombre. De esta forma, la obra de Nicolás Antonio se ha convertido en un modelo que ha sido la base de los trabajos posteriores sobre bibliografía española, pues además de mostrar una mentalidad innovadora en la técnica bibliográfica, demostró apertura de miras en la selección de autores, incluyendo a mujeres y a personajes de espíritu crítico. Gran parte de su información está vigente aún, siendo un medio de consulta imprescindible para filólogos e historiadores, aportando datos muy interesantes. De hecho, muchos autores no se conocerían hoy día sin su trabajo, rescatándolos del olvido, lo cual demuestra la labor tan importante de la obra de Nicolás Antonio. A pesar de que los especialistas de estas materias hayan encontrado errores, lapsus, imprecisiones, es cierto que en su época no podía darse el rigor científico actual, avalado por medios técnicos y electrónicos tan eficaces. Comenzó su magna obra durante el reinado de Felipe IV, y la terminó durante el reinado de Carlos II, al cual se la dedicó, pues esperaba que dicho monarca recuperara la antigua grandeza de España y la situara al mismo nivel que Europa, e, incluso, suscitara su envidia.
La parte Vetus sufrió varios avatares y Nicolás Antonio no pudo verla impresa al fallecer cuando la estaba repasando y corrigiendo, al contrario de la parte Nova. La Vetus quedó manuscrita y sus familiares y amistades no pudieron publicarla, por lo que fue enviada a Roma, donde fue publicada por el ya mencionado cardenal Sáenz de Aguirre a su costa y a título póstumo en 1696, con una serie de correcciones y añadidos, cuyas últimas páginas comprenden una Bibliotheca arábico-hispana, siendo reeditada posteriormente. Tenía una extensa introducción sobre el saber de los españoles, la utilidad de las bibliotecas y el propósito de la obra, ordenación cronológica de escritores de épocas romana, visigoda y cristiana, con un suplemento para escritores árabes, otro de escritores sin fecha precisa, un índice de cronistas y otro onomástico e incluía una biografía de Nicolás Antonio . Y la Nova, publicada en 1672 en Roma, en vida y bajo su dirección, también fue reeditada posteriormente, al añadírsele suplementos, adiciones y numerosas correcciones manuscritas que Nicolás Antonio hizo en los últimos años de su vida ( había algunos equívocos o errores a subsanar, y era propenso a revisar sus trabajos, y no darlos nunca por cerrados ), con un avanzado sistema de clasificación, estando dispuesta en forma de diccionario con varios índices para facilitar su manejo; estaba ordenada alfabéticamente por el nombre propio del autor, completada con suplementos de escritores españoles y anónimos , así como de autores extranjeros famosos por escribir obras notables en castellano o en otro idioma vulgar de España, por tratar de España en sus libros, o que vivieron o murieron en España, acabando con una Lamentación por no haber podido incluir escritores valiosos pero sin obra publicada. La Nova la terminó antes que la Vetus, posiblemente por la dificultad de acceder a fuentes antiguas, quedando ésta última inacabada a su muerte y en borrador.
Empezó a escribir la Biblioteca Hispano- rabínica de la que solamente se conservan algunos apuntes manuscritos en Madrid, en la Biblioteca Nacional, así como empezó, pero no llegó a terminar, “Censura universal o Juicio crítico de todos los escritores antiguos y modernos. “
Como ya se indicó al comienzo de este artículo de la semana pasada, hay una calle en Sevilla en el barrio de Santa Cruz, abierta en 1911 y dedicada a Nicolás Antonio, que está rotulada con su nombre. También dos retratos en la casa consistorial del Ayuntamiento de Sevilla, uno perteneciente a la colección Montpensier ( procedente del Palacio de San Telmo ), y otro procedente de la biblioteca del exconvento de San Acacio.





