El tiempo se detiene cuando Morante de la Puebla dibuja el toreo a la verónica. Dibuja digo, sí. Porque lo del toreo con la capa ya lo dejó atrás hace tiempo. Ahora, el de la Puebla del Río dibuja. Como Curro Romero dibujara con la “paleta —digo… la muleta—“ en la crónica de Joaquín Caro.
Ayer, tarde de Domingo de Resurrección, José Antonio regaló a su afición otra lección magistral del dibujo con el capote. Verónicas tan lentas que parece que vives en un sueño.
En la arena dorada, Morante de la Puebla se quedó quieto, inmóvil. Pies asentados en el albero. El capote respiraba en sus manos, lentejuelas de espejitos en los brazos, midiendo cada trazo con delicadeza y suavidad con las yemas de los dedos. Magia en las muñecas. El pechito fuera, el mentón hundido… El compás exacto de la embestida templada. Su toreo acarició el aire, bordando verónicas que latían como campanas antiguas. Tan, tan, tan… El silencio se volvió música callada. Un torero que con el capote mira a la eternidad y la roza, mientras el toro se rinde al compás exacto, dócil en la memoria del instante y el público respira con él, prendido en la emoción que no termina jamás.
El toro se paró a un metro del embroque. Midió al torero y lo miró desde las zapatillas a la castañeta. Pero Morante no se inmutó. En vez de descomponerse o dar un paso atrás, siguió ahí, donde el toreo quema, con el capotazo a medio dibujar. El burel se arrancó y la verónica terminó por abajo, detrás de las orejas.
El capote caía como un suspiro ante la embestida y el toro humillaba con nobleza, prendido en ese hilo invisible que guía su destino. La plaza contuvo el aliento. Cada lance era una plegaria antigua que nacía del alma y terminaba en la media genial. Los ojos del torero, hondos, parecían escuchar un secreto que solo el arte revela.
Y allí, ahí, en ese instante suspendido, la vida arde más pura, más jonda, más verdadera, como un milagro que se repite eterno.
Luego vino la faena de muleta, basada en la mano derecha, con el pasodoble Gallito, el estoconazo y las dos orejas; la faena —oreja— de figura que no se conforma de Roca Rey, al que le tocó en suerte un lote de Puerta del Príncipe; y la oreja al sexto bis de David de Miranda, torero que viene apretando.
Pero yo hacía tiempo que me había quedado esmorecío con la pintura del toreo por verónicas de Morante.






