El PSOE vuelve a ser un cáncer para España. O mejor: el PSOE es el verdadero cáncer de España, una gangrena (Podemos es apenas un cólico nefrítico ocasional), y lo ha sido desde su fundación, exceptuando, si se quiere, el interregno que en sentido diacrónico de su historia supuso el período de Felipe González y Alfonso Guerra, pero sólo porque a medias dejaron de comportarse como tales.
Me refiero a que después de dos mandatos llegué a la convicción de que González era el personaje público más embustero que yo conocería nunca. Y me equivoqué, desde luego, pero entonces no podía saberlo, porque no lograba imaginar que aparecerían tipos como ZP y Sánchez, que dispararon el filibusterismo a niveles surrealistas. Pude haber repasado la Historia para comprender que en realidad todo tuvo su origen en dos tipos siniestros como Prieto y Largo Caballero
La historia del partido está preñada de golpistas y conspiradores desde la primera hora de su fundación. Basta con repasar el «Pacto de San Sebastián» de 1930 (escriban eso en Google y quizá comprendan algo), así como la peripecia, los discursos y las acciones de esos dos golpistas convictos y confesos para entender que fueron los verdaderos causantes de la anomalía desencadenada y de la tragedia descomunal en la que metieron a España por medio siglo.
No es que sólo ellos cometieran las atrocidades, pero sí son la fuente de todo lo ocurrido y, sobre todo, pudieron evitar las catástrofes que se sucedieron en una lógica fácilmente previsible, incluida la derrota bélica que sufrió el bando prosoviético.
Déjense ahora de matices estupendos y de sinécdoques que enmascaran, disimulan y confunden con otros nombres la parte con el todo. La relación de inclusión que existió y existe entre el socialismo de Largo Caballero y la aberrante dictadura de Stalin no permite ya metáforas ni milongas tristes que apenas interesan a nadie, si es que de verdad alguna vez interesó a alguien la retórica gárrula y obscena del marxismo-leninismo.
Lo que se dilucidó en nuestra II República con el colofón sangriento de una guerra civil sólo fue el poderío de dos ideologías, puestas a prueba por las potencias emergentes de Rusia y Alemania, pero nacidas de la misma madre. Tan idénticas en casi todo que la segunda, el fascismo, nació de la primera, el comunismo, como un contrapoder, hijas ambas de una concepción totalitaria de la sociedad que soñaba con el hombre-máquina, convertidos los individuos en piezas, tornillos y engranajes al servicio de un poderoso artilugio social que los aplastaría pero que engrandecería la maquinaria que un puñado de ‘dioses’ manejarían a su antojo como una fábrica manchesteriana.
Los dos mecanismos creados se daban tanto susto entre sí que ambos se prestaron a firmar un pacto de no agresión antes de repartirse el mundo. El nazismo concibió mejor su plan de robustecimiento, pero se pasó de frenada en el cálculo de su fortaleza. El nivel de ensoñación de un psicópata llamado Hitler aceleró demasiado el paso y se enfrentó antes de tiempo a su socio de mundialización, otro psicópata que hubiera preferido aguardar para seguir con el reparto.
A esto, a pequeña escala, es a lo que se prestó el PSOE de aquellos dos minúsculos perversos, Prieto y Largo, padres fundacionales del partido que arrastraron a la catástrofe española.
Felipe González y Alfonso Guerra engañaron a los suyos, sí, pero esa vez, por fortuna, para corregir los pasos errados de aquellos lejanos y pérfidos (o ciegos) antecesores en el PSOE. Felipe llegó a presentar su dimisión (y la habría presentado por segunda vez si en el referendum de la OTAN hubiese ganado el NO) porque el aparato del PSOE se negaba a renunciar al marxismo cuando ya todos los partidos socialistas de Europa habían abjurado de semejante ignominia.
Sólo con el pavor que le causó a muchos su dimisión, Felipe González logró que sus bases y dirigentes reconocieran la socialdemocracia, así como el laborismo democrático europeo, y aprendieran quién era Willy Brandt. Ese fue el acierto de Felipe y Guerra.
Pero fue un espejismo y, apenas una década después de acabar su último mandato, aquel PSOE de siempre, tan golpista, cazurro, inasimilado y frentista como el de entonces (o sea, el de toda su historia previa al felipismo), volvió a las andadas de su burricie, de su pulsión totalitaria, excluyente y sectaria que les hace creer que la democracia consiste no en mejorar la vida de sus ciudadanos y resolver problemas con sus propuestas, sino en obtener mayorías perpetuas sin alternancias de poder.
La tarea desde entonces es la construcción de un cordón sanitario que imposibilite el acceso al poder de ninguna otra opción, aunque obligue a establecer alianzas con el mismo demonio o a implantar con la demagogia más párvula (incluida la simulación, la falsedad y la mentira) cualquier ocurrencia que destripe los discursos.
A pesar de lo que escupen contra VOX (mintiendo), pactarían con los de Abascal si lo necesitaran (y éstos se dejaran), como hizo Stalin con Hitler sin que el cafre de Largo Caballero dijese ni pío, porque ya en el verano de 1933, según reconoció más tarde, se produjo su «giro bolchevique: «Independientemente de la suerte que reserve el futuro a la institución parlamentaria, entre nosotros no tiene partidarios entusiastas…», le llegó a escribir el «Lenin español» en una carta a Stalin cuando éste le pedía en diciembre de 1937 «aparentar cierto parlamentarismo» antes de poder instaurar la dictadura del proletariado, porque «es necesario -decía Stalin- evitar que la consideren una República comunista e impedir así su [del resto de Europa] intervención abierta».
Pero añadía el delictuoso Largo Caballero: «Hoy estoy convencido de que realizar la obra socialista dentro de una democracia burguesa es imposible; después de la República ya no puede venir más que nuestro régimen».
Sin embargo, el peligro, para Prieto, igual que ahora para Felipe desde Buenos Aires, venía de que otros partidos cercanos a la CNT y al PCE se pudieran merendar al PSOE al radicalizarse cada vez más y que sus votantes adoptasen los discursos de sus socios. Y el PSOE de Sánchez, como ven, sigue metido en esta misma mierda.
He dicho.





