La última vez que presencié la elegante procesión de Virgen de los Reyes todavía era un niño. Han pasado más de treinta años, tres décadas cargadas de memoria, y a veces pienso que aquella Sevilla se fue aquella misma mañana, cuando la Virgen volvió a la Catedral y nosotros regresamos a nuestra casa con el corazón lleno de agosto.
Olía a nardos. Olía también a azahar antiguo, aunque los naranjos de la calle Alemanes estaban ya bajo el sol blanco de agosto. La Plaza estaba llena, apretada de gente. La Avenida, de bote en bote, como si toda Sevilla hubiese decidido salir a la calle para rezarle a su Madre y a la risa guasona de su niño bendito. Había un moreno de playa en muchos rostros, ese moreno humilde y feliz de quienes habían vuelto por un día para ver a la Virgen.
Yo fui con mis padres. Ellos me llevaban de la mano, todavía adolescente, como quien conduce a un hijo hasta un recuerdo que habrá de acompañarlo toda la vida. Ellos quizá no sabían que aquel día estaban llevándome también hacia el último día plenamente feliz de mi infancia.
Sonaba Soria 9, y las marchas parecían venir de muy lejos, desde una Sevilla que entonces tenía otro compás. El palio de tumbilla avanzaba despacio, mecido sobre un mar de cabezas. Y llegaban las revirás, imposibles, de 270 grados, esas vueltas que hacían que la Virgen pareciera quedarse suspendida un instante entre el cielo y la ciudad.
La Puerta de Palos era un río humano para pedir las Tres Gracias. Al fondo, en la espesa oscuridad de las altas naves de la Catedral, se presentían altares y cirios encendidos. Todo era blanco, azul, oro, nardo, sudor y emoción. Todo era Sevilla.
Después, como tantas veces, quedaba el Postigo y los calentitos de Juana. El papel de estraza manchado de aceite. El calor en las manos. El sabor sencillo de una ciudad que no necesitaba explicarse porque estaba allí, entera, alrededor de nosotros.
Ahora comprendo que aquella Sevilla no existe ya. O quizá sí existe, pero solamente en la memoria, que es la más hermosa y más cruel de las ciudades. Allí siguen los naranjos de Alemanes, la Plaza abarrotada, las marchas, el palio, los nardos y las manos morenas de mi padre.
Y allí sigo yo, con la edad que tenía entonces, mirando pasar a la Virgen de los Reyes. Sólo que ahora, cuando la recuerdo, ya no soy aquel niño. Soy el hombre que aquel niño llegó a ser.
Y por eso aquella fue la última vez que la vi, para guardar intacto el recuerdo, sin distorsiones. Era 1994. La última vez que la vi y que le pedí salud para los míos.





