Debe ser porque el espíritu de uno es medio gaditano. No lo sé. Pero en aquel bendito lugar me encontré de veras con la presencia fantasmal de varios de mis antepasados, dedicados a las artes y a las armas de la mar.
El Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando alberga la memoria de nuestros caídos de la Armada Española, en un lustroso camposanto impregnado por un ambiente de misterio y de respeto que sobrecoge. Por no decir (permítanme mis lectores) que acojona, como afirman los vecinos de la barriada militar y cañaílla de San Carlos donde se ubica el Santuario, a quienes ni se les ocurre pasear por allí en cuanto empieza a anochecer.
Contiguas a una alberca con agua y salitre, donde se reza por quienes dieron su vida por España en los siete mares y cuyos cuerpos no han podido recuperarse, se alzan orgullosas las tumbas de los Almirantes Churruca y Gravina, fallecido el primero en Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, y el segundo en Cádiz poco después, a consecuencia de las heridas de la batalla.
Ambos simbolizan la ejemplaridad de tantos guardamarinas y tantas buenas gentes de nuestro país, a quienes los dados de la historia les abocaron a embarcarse, mal que les pesara, bajo las órdenes de entorchados caudillos de la napoleónica Francia, en su absurda guerra contra Inglaterra.
De la visita conservo una fotografía que muestra a varios oficiales del buque Juan Sebastián Elcano y al careto de un servidor, de polizón en la imagen, todos con semblante alegre pero digno, entre lápidas funerarias de nuestros heroicos paisanos.
Y mirando la foto no sé si llorar o reír ante la indigna iniciativa del Alcalde de Palma de Mallorca, el cual, al amparo supuestamente de la Ley de Memoria Histórica, ha pedido quitar los nombres de las calles de Churruca y Gravina de su ciudad, asegurando, con solemne gilipollez, que tales nombres «son franquistas”. ¡Toma ya, Nicolás! ¡Ahí lo llevas, Genoveva!
Hace falta ser vacaburro. O, lo que es peor, hay que ser malnacido y no guardar un ápice de gratitud a nuestra patria y a nuestros héroes, imposibles de encasillar en réditos políticos de calculada ignorancia y mala baba.
Churruca y Gravina. Insobornables, atemporales y eternos, orgullo de la antaño y marinera Real Isla de León, hoy San Fernando, y de cualquier persona de bien que sienta y viva a España.
Alcalde de Palma, fariseísmo e hiprogresía en estado puro, diciéndoles a los autónomos que tranquis, que no se preocupen, porque cubrirá con 40.000 eurillos de nada los perjuicios que les cause la modificación de la denominación viaria.
Disparando con pólvora del Rey. Dinero de ustedes, estimados lectores, cuando unos sencillos azulejos bajo los nombres de las calles de tan admirados marinos hubieran bastado para darlos a conocer aún más y para enmarcarlos en su indiscutible lugar de gloria y de honor.
Por ello, creo que lo más inteligente es reírse. Y les invito a cachondearse del regidor y sus adláteres, con una crónica antigua de Cádiz que viene al caso …
… tras batirse el cobre en Trafalgar, el navío Neptuno regresaba a Cádiz como una piltrafa flotante, cosido a cañonazos, desarbolado, con vías de agua como las chorreras de Caños de Meca y a pique de hundirse, cuando, para colmo de males, se levantó un temporal con olas de vértigo, quedando varado a trescientos metros de la costa, frente al Castillo de Santa Catalina.
Los marinos sacaron de la bodega un hermoso cerdo de dieciséis arrobas. Ataron en su pata trasera el cabo de la cuerda más larga que hallaron en la bodega y lo arrojaron por la borda.
El cochino nadó y nadó como superporky, oink, oink, jaleado desde cubierta por los guardamarinas. LLegó exhausto a la playa, donde los soldados del fuerte tensaron la cuerda, a modo de tirolina, por la que se fueron deslizando, uno a uno, toda la marinería del destrozado barco, que se hundió para siempre en el mar de Cádiz cuando el último de ellos pisó las benditas arenas de la costa.
Mis amigos militares de la Marina, los que aparecen conmigo en la foto del Panteón, quieren que una calle gaditana sea rotulada como “El cerdito valiente de Trafalgar”, rememorando la heroica abnegación de nuestro gorrino compatriota, para ilustrar a los niños que juegan por las playas y las plazas de Cádiz, sin imaginar que sus antepasados fueron aquellos bravos marinos del barco Neptuno, a los cuales el marrano tuvo a bien salvarles el pellejo. Que nos recuerde que la infinitud de nuestra humanidad requiere ser ejercida mediante cauces de inteligencia y compasión, ya que con el parco argumento de las armas todos salimos perdiendo.
Una calle que evidencie que el abnegado gesto de un cochinito, contemporáneo de Churruca y de Gravina, nadando hasta pie de playa para que todos pudieran salvarse, halla un eco de plenitud en la eternidad, y que sólo deben llamarse puercos, puercos en su peor acepción, como se merecen, aquellos que azuzan enfrentamientos por intereses sin nombre, variando sin sentido los nombres de ciertas calles.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





