¡Buenos días! A veces se reciben invitaciones que te hacen sentir tomar un modesto asiento en la historia. Una de esas invitaciones ha sido la del alcalde, para que podamos compartir con nuestro gran amigo el compositor Abel Moreno el momento de inaugurarse unos jardines sevillanos que desde ahora llevarán su nombre. A poco de empezar el acto ya le damos nuestra enhorabuena al homenajeado y a su familia. Les trato desde hace unos treinta años, cuando el maestro me distinguía con entrar en su casa y me narraba ante el piano las secuencias musicales de su famosa marcha «La Madrugada»; cuando Abel Moreno me pidió que escribiera el texto, los versos, de dos de sus obras, a fin de que pudieran ser cantadas. Realmente me pidió más, pero aquí no cabe; sólo podría admitir que me propició el honor de poderlas interpretar acompañado por la mítica banda de Soria 9. De entre el público escuché ole! Y escuchar ole en Sevilla es como si en Argentina te dicen «vos sos Gardel». Le digo a Carmen, la mujer de Abel Moreno, que así me gustan las cortinillas que descorren una placa o una estatua: en vida. Desprecio los títulos póstumos. La envidia no está en la bandeja de nuestros desayunos como sé que se sirve a diario y bien temprano en la de tantos. ¡Cuánto cuesta dar la enhorabuena, pero que rápido te dan un pésame o se suben a la arrogancia de que van a rezar por ti si te encuentras enfermo!! ¡Qué asco de gente, qué lejos las quiero de mí! Parte de nuestros mejores alimentos espirituales es la admiración. Felicidades al genial compositor que, entre tantos aciertos y talento, bordó en compases sublimes el manto de malla de la Macarena. ¡Feliz lunes!
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