Se cumplen hoy 100 años del nacimiento de Cayetana, Duquesa de Alba. Es curioso que la efemérides venga a caer justo cuando Sevilla está a punto de entrar mañana en su más genuino contenido, el de la Semana Santa. La vida se hará en Sevilla más grande que nunca por el resto de los días, tan grande como iba en el corazón galopante, intenso y sevillano de Cayetana. Me pareció siempre una mujer fascinante, como me lo parece cada ser humano que se atreve a ponerse el mundo por montera, a sacar los pies del tiesto donde los mediocres, los del montón, te los quieren meter. Fue capaz la Duquesa hasta de enamorarse cuando ya era octogenaria; enamorarse y casarse, a pesar de tenerlo todo en contra por parte de su propia familia. Sabía que en las familias es donde, antes de que asomemos a la sociedad, ya empiezan las primeras guasas de esos decentes y pulcros que jamás se mirarán a sí mismos y quienes creen que la viga en el ojo sólo te ha tocado a ti. Cayetana no tuvo las cosas tan fáciles y llanas como muchos creen. Se creció para mantener un patrimonio digno de la mejor conservación. Y estuvo profundamente arraigada a esta ciudad desde ese palacio donde florecía el limonero del poeta.





