En el transcurso de la primera entrevista televisiva conjunta de Joe Biden y Kamala Harris, que la propia CNN ha calificado de «entrevista amiga», Biden ha vuelto a aparecer como una especie de pelele o marioneta, un personaje secundario, amortizado y prescindible que sólo enuncia vaguedades y hace exhibiciones de «talante» zapateril, pero dispuesto a ser manejado por unas manos en la sombra, representadas en la figura de su candidata a vicepresidenta, Kamala Harris.
Jake Tapper, el entrevistador, tampoco parecía muy interesado en desvelar mucho más de interés y sí en maquillar a fondo a ambos personajes con una pátina de pequeñas frivolidades que, sin entrar en el fondo de ninguna cuestión, sirviera para poner en contraste al futurible presidente electo con el actual presidente de los EE.UU.
Lo malo de todo ello es que Biden, a sus 78 años, cuatro de ellos como vicepresidente del anterior, Barack Hussein Obama, tampoco parece capaz de mantener en serio otro perfil que el de una especie de «abuelo cebolleta» siempre a punto del resbalón dialéctico y de desvelar inapropiadamente lo que se esconde detrás de una cortina que le prepararon a conciencia pero que a duras penas mantiene dentro del guión por alguna clase de problema, tal vez, de disonancia cognitiva, que le arruina una y otra vez.
Al lapsus que ya tuvo cuando habló de que su partido, el Partido Demócrata, iba a desplegar el mayor operativo jamás visto «para el fraude electoral» (no contra el fraude electoral), ahora añade otra especie de lapsus sorprendente sobre los planes que esconde su proyecto de gobierno.
Al ser preguntado sobre los desacuerdos mostrados en no pocas ocasiones en los últimos meses con su candidata a vicepresidente, Kamala Harris, sobre diversos temas, Biden aseguró ayer: «Como le dije a Barack, si llego a algo en lo que hay un desacuerdo fundamental con ella, desarrollaré alguna enfermedad y diré que tengo que renunciar».
Sólo esas palabras vendrían a confirmar lo que muchos de sus detractores vienen denunciando desde el primer día, que Biden es apenas una estampa, un cromo, que oculta las verdaderas intenciones de llevar por la puerta falsa a insatalar por primera vez a una mujer al frente de la Casa Blanca después del fracasado intento de Hillary Clinton, que fue aplastada en las anteriores elecciones por Donald Trump.
«No tomaré una sola decisión sin la opinión de Harris», insistió ayer Biden. Y añadió de forma confusa: «Sabemos cómo queremos tratar las cuestiones. Cuando haya un desacuerdo será como sucedía con Barack Obama».
Por su parte, Kamala Harris, lejos de desmentir en ninguna ocasión las acusaciones que se le vienen haciendo en este sentido sobre unos planes predeterminados para relevar a Biden lo antes que se pueda, señaló que ella será la última persona a la que escuchará Biden cuando haya que tomar una decisión importante, lo que le volvía a dejar a él en esa posición como de marioneta listo para tirar la toalla y abandonar el ring en cuanto se presente la primera oportunidas.
«Somos compañeros plenos en este proceso. El presidente electo, desde que me dijo que me uniera a su fórmula electoral, ha dejado claro que quería que fuera la primera y la última en la sala. Estaremos unidos para afrontar cualquier cuestión que sea relevante para el pueblo americano y le apoyaré plenamente en todas sus decisiones», apuntó la ex fiscal general de California y ahora vicepresidenta electa in pectore.
¿Otro lapsus? Parece que se la ha escapado lo que planean. Preguntan a Biden sobre sus desacuerdos con Kamala Harris en ciertos temas:
"Como le dije a Barack, si llego a algo en lo que hay un desacuerdo fundamental, desarrollaré alguna enfermedad y diré que tengo que renunciar" pic.twitter.com/Uj9JPvN6Aa— Elena Berberana (@ElenaBerberana) December 4, 2020
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