Ayer salí al campo, a dar un paseo detenido y a buscarme por los adentros, que son demasiadas cosas las que a uno le atormentan en este mes de noviembre que, entre lluvias, muertes enfangadas y los primeros fríos, nos está helando el corazón. El campo estaba ahí, esperándome, impertérrito pero vivo, quieto como una liebre encamá pero en continuo movimiento.
Las cosas del campo, que tituló un libro de los imprescindibles el antequerano José Antonio Muñoz Rojas. Una obra fundamental para entender el ir y venir de la vida entre el silencio de la tierra de calma y el viento por entre los olivares. Lo dejó escrito en una piedra de linde, difuminando el campo y la infancia, como Juan Ramón con “Platero y yo”:
“¡No tan sola la tierra! ¡Los hombres están en ella y con ella! Son los órganos vitales del gran cuerpo telúrico. Ellos la aran, la siembran, la riegan con su sudores, la cuidad, la maldicen, canta su hermosura con sus labores en ella, en ella se miran y en ella descansan eternamente, aunque ella no se cansa”.
Al campo se llega perdido, “ligero de equipaje”, pero ahí, ahora que está saliendo “la toñá”, uno se encuentra, porque te das de bruces con una de la pocas verdades inmutables de la vida. El campo siempre ha sido campo. El aire siempre fue aire. Y el sol y las nubes siempre fueron lo que son ahora. Es como pasear por un cuadro de Juan Fernández Lacomba o por una novela de Manuel Halcón —que “hoy he llegado a Sevilla pero mañana me vuelvo al campo”–, que se refería al campo y al hombre en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua en 1962 de la siguiente manera:
“Tanto para el hombre de ciudad como para el que vive de la tierra el prestigio del campo como concepto se funda en su grandiosa y ceñuda indiferencia; y más aún, en su honda antigüedad. (…) Podría decirse que la Agricultura nació vieja. Al cultivo de las plantas y al apiaramiento de las bestias llega el hombre saturado de raíces pulposas, cansado de molturar trigo salvaje con sus muelas propias y de cazar, más con trampa que con armas arrojadizas. El hombre pudo sacar alimento de la tierra en plena libertad cuando el suelo no era ni propio ni ajeno”.
Miguel Delibes —el Manuel Halcón de las tierras castellanas— también supo entender a su manera de cazador inagotable las verdades camperas, que para eso era “un escritor de campo y sobre el campo”.
Y Fernando Villalón, el de Morón de la Frontera, se lleva el campo a las eras, donde había que rematar la faena que la naturaleza había empezado, que el mundo del campo no acaba en el campo:
“Las espigas se desgranan bajo el casco
y el rubio trigo que apisonan sueltan
y las pajas trilladas por el trote
saltan rápidas”.
El campo nos quita el hambre y, a veces, hasta el hipo. El campo suele ser un mal negocio, que nunca fue buen trato dedicarse a algo que viva y tenga que producir a la intemperie. A veces no es vida el estar toda la vida mirando al cielo, dependiendo de los achaques del tiempo.
Estos días comienza un nuevo año agrícola, que va por su lado, por su cuenta y no con el de las doce campanadas de la Puerta del Sol. Un año agrario que echa a andar entre los arroyos cargados de aguas enfangadas, de tritones y de regajos jondos. Saldrá el sol en las tierras de campiña y lo pondrá todo en su sitio, como hace mil millones años. Volverá a salir el agricultor al campo y preparará la tierra para la siembra del trigo. Y luego la del girasol. Y siempre, mimando al olivo.
Ayer salí al campo, a dar un paseo detenido y a buscarme por los adentros, que son demasiadas cosas las que a uno le atormentan en este mes de noviembre. Y el campo estaba ahí, impertérrito pero vivo, quieto pero en continuo movimiento, como una torre reflejándose en las aguas claras de un río.





