¡Buenos días! Debí a mi madre saber que existía un cantante llamado Adamo, Salvatore Adamo. Trajo a casa discos pequeños de aquellos de cuatro canciones, los que llamaban extended play o EP, una categoría numérica entre el single y el LP. Adamo me gustó de inmediato: «Con ilusión castillos levanté, los vi caer, perdí la fe, me desengañé porque en el mundo nunca tanta farsa imaginé». Cantaba «En bandolera» y, como pasaba con todo su repertorio, estaba compuesta por él. Iba relatando los pasos de un desgarro: «Crecí después, veinte años yo cumplí, y a un hombre cruel decir le oí: lucha contra el mundo en esta vida, porque el mundo lucha contra ti». Yo era sólo un niño al que le parecía estar escuchando premoniciones sabias. He tenido siempre un viejo en la barriga encargado de prestar atención a unos textos que me admiraban al estar escritos por jóvenes tan maduros ya en su plena juventud. Es lo mismo que tantas veces me ha dejado perplejo con Serrat. Y Adamo también parecía vaticinarme un asombroso desenlace: «Siempre soñé tu rostro juvenil y tu reír casi infantil, en los que forjaba el universo donde mis castillos levanté». ¡Feliz lunes!





