El Gobierno municipal de Juan Espadas es puro letargo. Para todo. Y si algo avanza es a paso de tortuga, no ya en los grandes proyectos que la ciudad tiene pendientes, sino en las funciones más ordinarias y comunes propias del Ayuntamiento. Basta recordar lo que se ha tardado en instalar los toldos de las calles o los inexistentes pasos de cebra que el tiempo ha borrado y no se vuelven a pintar. Un desastre en el mantenimiento diario de la ciudad, que está en manos de un equipo incapaz de abarcarla. Sigue también abandonada a la desidia la Cruz de la Inquisición, junto a la fachada de la Casa Consistorial que da a la Plaza de San Francisco, en el rincón situado entre el Arquillo y la puerta de la Sala Capitular.
A principios del mes de septiembre de 2019, en la madrugada del día 10 para ser exactos, el monumento fue destrozado por quien no pudo identificarse con certeza, pues la cámara allí instalada con la finalidad de registrar cualquier acto delictivo, resultó descubrirse entonces que tampoco funcionaba. Va a cumplirse un año -¡un año!- del suceso, pero por lo visto eso es muy poco para este Ayuntamiento que aún no ha restaurado una pieza artística que forma parte del entorno más monumental y céntrico de Sevilla.
La Cruz, como muestra la imagen tomada a día de ayer, sigue con los brazos mutilados. Y resulta vergonzoso recordar que el mensaje del Ayuntamiento de Sevilla en Twitter fue entonces el siguiente: «Esta noche se ha producido un grave acto vandálico contra el patrimonio de Sevilla: la Cruz del Ayuntamiento en la Plaza de San Francisco, junto al arquillo». Se comprueba al cabo de un año que la noción de “grave” para Ayuntamiento es bastante relativa y puede permitirse la tranquilidad y sosiego en devolver a la Cruz su aspecto original.
La Cruz forma parte del conjunto arquitectónico de estilo plateresco del Ayuntamiento, antes Convento Casa Grande de San Francisco (que llegó a ocupar el espacio de lo que después sería la Plaza Nueva). Data de 1903, cuando sustituyó a una anterior de 1703, el año de la ejecución del último auto. Precisamente la Cruz vino a testimoniar el fin de tan deplorable y nada cristiano ni evangélico tribunal eclesiástico, uno de los grandes pecados de la Iglesia Católica a lo largo de su historia.





