
La revista era Mercurio y el artículo “Los secretos legisladores del mundo”. Era el mes de mayo, era un año de aniversario redondo y era Antonio Rivero Taravillo quien rubricaba el artículo y dirigía la revista. En ese momento no lo sabía pero su amistad y camaradería vendrían después.
A comienzos del siglo XXI abundaban las publicaciones gratuitas. Periódicos en la puerta de comercios, de ambulatorios, de facultades universitarias. En las librerías se te ofrecía la revista Mercurio si andabas espabilado y no esperabas a rondar la quincena del mes, porque entonces el dispensario estaba ayuno de ejemplares. Antonio Rivero publicó su primer poema con 26 años pero yo no conocí sus letras hasta que ya había volteado el autor cuarenta veces del calendario.
Comenzó a contar primaveras en Melilla y conforme su biografía se ensanchaba tendría que repetir mil veces que su padre no era militar sino maestro de escuela. Maestro de escuela y padre de familia que buscando ganar unas cuantas pesetas más pidió destino en la plaza africana. Puede que eso marcase a Antonio en su titánica manera de labrar las letras; como un estajanovista de la literatura lo ha definido con acierto su amigo Luis Sánchez Moliní.
“Fitetú” la retranca de Moliní apelando a aquel minero soviético, Alekséi Grigórievich Stajánov, nombrado Héroe del Trabajo Socialista en 1970 por su ejemplo de sacrificio personal dedicado al país según el politburó del soviet supremo. Pero sin duda, Antonio fue un bracero y un manijero de las letras. Bracero cuando bregaba sólo, manijero o capataz cuando tenía a su cargo una cuadrilla de aprendices de literatos en un taller de lecturas o una nómina de correligionarios en algún ciclo de conferencias que dirigía.
En las calendas de la dirección de Mercurio a Antonio le encargaron la dirección de La Casa del Libro en la sevillana calle de Velázquez. Al poco ya había codazos para colarse en la agenda de su última planta, lugar reservado a la presentación de libros, una actividad que dejaba los almanaques sin huecos y los asientos rebosantes de, digamos, espaldas. El pulso cultural de la ciudad de Sevilla subió de frecuencia en un cambio que ya no tendría vuelta atrás. No sólo Foxá llevaba razón cuando decía que en Madrid y a las 8 de la tarde, o te daban una conferencia o la dabas tú. También era cierto en Sevilla. Su amigo Juan María del Pino tuvo también mucho que ver en esto. Foxá regresaría después a Sevilla. Muerto y reivindicado pero regresó. Allí estuvo Antonio.
Rivero era ya imbatible cernudiano. Lo era a ambos lados del Océano Atlántico. Se sentaba con los de Prada, Trapiello, Salvago, Gimferrer, Iwasaki, Vargas Llosa, Cercas, Sánchez Saus, Pérez Reverte, Machuca, Robles, Duque o la Fidalgo con todo su arrollador torrente de icono de la movida madrileña. El contador de este jornalero de versos y prosa no dejaba de correr y para mayor detalle siempre está la respuesta de la IA generativa o la pieza que le cinceló el mismo día de su presentida muerte, Fernando Iwasaki, como pensando a ver si GPT tiene bemoles para decir de Rivero que ahí están sus cuatro libros de aforismos.
Desde la dirección de la editorial Paréntesis Antonio me animó a la publicación de “La Economía fingida” en 2011. El título fue ocurrencia de Eusebio León en plena vorágine de la crisis financiera de las hipotecas basura. Por supuesto Paréntesis fue mucho más y ahí quedaron La Educación sentimental de Gustave Flaubert, Lobos de mar y otros cuentos de Blasco Ibáñez o su Macedonia de rutas en la que Rivero Taravillo nos mostraba cómo había leído las ciudades con sus pies.
En septiembre de 2023, Rivero se sentaba en la todavía imperial sede de la librería Beta de la Calle Sierpes para presentar el libro sobre Manuel Hedilla que había escrito su hijo Miguel y publicado Almuzara persuadida la editorial por Fernando Sánchez-Dragó en sus últimos tiempos. La voz de Antonio estaba afectada de tos por la que se disculpaba apuntando a un catarro que no fue tal. Comenzó su última batalla.
Lo saludé en la Capilla de los Estudiantes. Estaba sentado junto a Teresa, su esposa, entregado al Cristo de la Buena Muerte. Impugnó su sentencia con la fuerza del labrador que siembra minutos de vida a brazadas. Lo fue contando con valentía y transparencia. Sin renunciar a la esperanza. Sin dejar de amar todo aquello que quiso. Eligiendo al final los cuidados del personal del que fuera hospital militar; el Vigil de Quiñones. Su padre no fue a Melilla por vestir uniforme sino por la dignidad de un sueldo para su familia. Antonio entregó su alma en el antiguo Hospital Militar. Paradojas que abrocharon una vida joven, plena y sin flaquear en lealtades.





