Hace treinta y dos años me invitaron a recibir unas catequesis para adultos en la parroquia de mi barrio. Asistí más por curiosidad que por otros motivos, pero pronto me di cuenta de que aquella forma de predicar la Palabra por laicos era algo muy distinto a lo que había conocido anteriormente. Fue allí donde conocí a Miguel y pude escuchar por primera vez de sus labios la palabra Kerygma, el anuncio fundamental, vivo y alegre del Evangelio de Jesucristo: Dios te ama como un buen padre a su hijo, a pesar de tus pecados, porque ante todo, eres su hijo, hasta el punto de que ha dado su vida por ti.
Ese mensaje ya lo había oído antes, pero no lo había escuchado aplicado a uno mismo, con esa convicción y, sobre todo, con la fuerza interior de quien lo había experimentado en su propia vida, abandonando una vida tranquila como maestro por oposición y yéndose como familia en misión con su mujer, Merche, y su hijo Pablo de corta edad a Medellín (Colombia) a colaborar en la fundación de un seminario con el arzobispo de dicha archidiócesis.
Miguel se ha entregado sin reservas a todas las comunidades a las que ha llevado la Palabra de Dios en el Camino Neocatecumenal en Sevilla, con catequesis, Anuncios de Cuaresma, Pascua y Adviento cada año, haciéndonos ver la importancia de estos tiempos litúrgicos y de recordarnos constantemente la necesidad de vivir la fe en el trípode de la Palabra celebrada en comunidad cada semana, la Eucaristía dominical y la convivencia (ágape fraterno) periódica entre los hermanos, para compartir las experiencias de fe vividas durante cada mes.
He sido testigo de cómo ha acudido presto con su mujer a la llamada de matrimonios en crisis para aportar motivos de reconciliación, a la de padres desconsolados por el sufrimiento ocasionado por sus hijos, al dolor del duelo por la pérdida inesperada de un familiar cuando no se encuentran palabras de consuelo. También como ha acompañado a comunidades en sus visitas a lugares sagrados como Roma, haciendo presente la Historia de la sangre derramada por los mártires; Loreto, en la costa del Adriático, orando ante la casa de la Virgen; Tierra Santa, proclamando las lecturas de los Evangelios que narraban los hechos acaecidos en los lugares que se visitaban (Belén, Betania, Jerusalén…), a varias Jornadas Mundiales de la Juventud compartiendo las incomodidades propias de una peregrinación multitudinaria…
Somos muchos los que podemos dar fe de tu humildad (Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos (Lucas 17, 10); o Mi predicación no es fruto de un esfuerzo personal, sino de la oración de toda una comunidad que os tiene presente), de cómo te has implicado con todos y cada uno de tus catecúmenos (Si alguien se siente débil, yo comparto su debilidad… 2ª Corintios 11,29) y, finalmente, de los frutos de conversión con tu testimonio.
Los hechos en nuestra vida no acontecen por causalidad, y así, nos has dejado el día del Dulce Nombre de María y te hemos acompañado al cementerio el día de la Exaltación de la Santa Cruz. Un día antes de tu fallecimiento coincidimos en la misa de difuntos de un padre muy joven en la que el presbítero nos recordó que nadie sabe el día ni la hora (Mateo 24, 36)
Te vamos a echar mucho de menos no solo en tu parroquia de la Sagrada Familia, pues has dejado tu huella en otras muchas (San Julián, San Pablo, San Roque, San Gonzalo, Inmaculada Concepción, Gines, Los Palacios…) pero esa voz tan personal con esa dicción tan clara, tono sosegado, ritmo ameno, no exento de sentido de humor, y esa bondad natural, se nos quedará grabada para siempre. Como bien decía uno de los muchos mensajes aparecido en las redes sociales durante estos días, Quien ha conocido el Amor de Dios puede que no haya conocido a Miguel, pero quien ha conocido a Miguel, ha conocido el Amor de Dios. Descansa en la Paz del Señor, Miguel. Hasta siempre.
Alberto Amador Tobaja: aamador@us.es





