Dos “murciégalos” en Nueva York. Capítulo I
La apasionante historia basada en hechos reales (con algunos detalles imaginados, por discreción) de cómo todo comenzó en Sevilla con dos "murciégalos" de Doñana

Capítulo I. EL EFECTO MARIPOSA: ARDE UN AVISPERO

Permítanme que les cuente una historia… Imagínense por un momento que en las primeras semanas de la pandemia, cuando ésta casi ni había llegado a algunos continentes, alguien, en algún lugar del mundo, hubiese precisado un par de ejemplares de murciélago rinolofo.

Por aquellos días, con el primer estado de alarma recién decretado en España, la dieta de pangolines, murciélagos y otros animales salvajes que se vendían en distintos mercados de China, eran el vector de transmisión más considerado como verdadera causa del paso del virus a infectar a humanos.

Pongamos, por ejemplo, que hacia finales de marzo o primeros de abril, alguna clase de centro avanzado para la investigación médica estuviese desarrollando un trabajo relacionado con el covid19 y hubiese necesitado con cierta urgencia muestras de tejidos de un par de esos bichejos.

Digamos, por citar alguno, que hubiese sido un centro de primer nivel, como el Global Health and Emerging Pathogens Institute, que es un prestigioso laboratorio de investigación biomédica perteneciente a la Icahn School of Medicine del Hospital Monte Sinaí de Nueva York.

Es un decir, oiga…, pero pongamos que a raíz de ese momento el director del laboratorio convoca una reunión de los científicos a su cargo en el edificio principal de la Plaza Gustave L. Levy número 1, entre la 5ª Avenida y Madison, en pleno corazón de la isla de Manhattan, escoltado por el Museo de la Ciudad de Nueva York, esquina con la calle 101, al norte, y la Catedral ruso-ortodoxa de San Nicolás, esquina con la 100, al sur.

El objetivo no parece complejo y la reputación internacional del Hospital Monte Sinaí y de todos los centros y secciones que dependen de dicha institución ayudarán lo suyo para lograrlo.

Todos toman asiento alrededor de una larga mesa acristalada, la mayor parte de los presentes con un café en un gran vaso de poliuretano blanco de la máquina expendedora del pasillo.

A través de los amplios ventanales de la fachada oeste puede contemplarse la paz y el verdor primaveral de Central Park, casi vacío a esta hora debido al confinamiento voluntario que empieza a notarse en la ciudad y por donde corren felices las ardillas en esta mañana soleada.

 

– Bien, hay que conseguir al menos dos ejemplares de murciélago rinolofo en perfecto estado de conservación para observar sus tejidos… -expone secamente el director del trabajo nada más comenzar la reunión.

El rinolofo pequeño es un ejemplar de breve tamaño, unos 4 o 5 centímetros, que acostumbra a vivir en áreas cavernícolas y arbóreas y se alimenta mayormente de dípteros, mosquitos y otros insectos similares, de los que devora más de mil al día.

También llamado murciélago pequeño de herradura, su característica funcional más llamativa es, tal vez, que emite sus ondas de ecolocalización a través de la nariz, no de la boca, de ahí su denominación.

 

Se trata de una subespecie bastante común alrededor del Mediterráneo, tanto en la parte europea como en la asiática y en la africana, donde se extiende por el Este hasta el cuerno de África y por el Norte, en la parte europea, alcanza hasta Polonia.

 

Una singularidad de los murciélagos, también del rinolofo, es que son un reservorio extraordinario de patógenos, de virus y bacterias, muchos de ellos terribles para otras especies y capaces de convertirse en pandemias colosales entre los humanos, pero los murciélagos portadores no desarrollan las enfermedades asociadas a dichos patógenos. Ni siquiera el ébola puede con ellos.

Es decir, los rinolofos, como los murciélagos en general, pueden ser pequeños bombarderos ambulantes que merodean la noche cargados con un arsenal letal para la especie humana y para muchos otros animales, de ahí su especial interés para la Ciencia.

 

Así las cosas, uno de los científicos reunidos ahora en la sala de la Icahn School of Medicine, un antiguo expatriado de la ONG Oxfam, de origen irlandés, sugiere la posibilidad de cursar una solicitud al Gobierno de Somalia o de Sudán, donde los vio a millares durante su estancia de varios meses mientras desarrollaba un programa de tratamiento de enfermedades tropicales entre la población local.

El antiguo expatriado añade a su relato que en cualquiera de esos lugares los nativos estarían encantados de proporcionarles varios sacos de ejemplares de rinolofo a cambio de unas escasas monedas (“casi regalados”, dice), aunque el precio, a buen seguro, no es en estos momentos lo importante para una institución sobradamente saneada.

Sin embargo, enseguida alguien lanza la advertencia de que enviar a un país del cuerno de África a un especialista biomédico supondría un despliegue algo aparatoso de medios técnicos y humanos, además de un operativo de seguridad y de precauciones inauditas, lo cual, dadas las circunstancias políticas allí, tampoco garantizarían el éxito de la misión.

Mejor, sugiere otro de los presentes, un investigador de ojos rasgados y de origen taiwanés, realizar el encargo a alguien de allí que enviar a uno de los nuestros, ¿no?…

 

El problema -añade Jenny, la secretaria del grupo de trabajo, que suele encargarse de esta clase de logísticas para el laboratorio- es que en ese tipo de Estados fallidos tampoco acostumbra a haber demasiados organismos con los que ponerse en contacto.

 

Con algo de pesimismo, como un mal augurio, otro de los investigadores con años de experiencia, de madre portorriqueña, añade que en lugares así ni siquiera resulta del todo fácil encontrar un recipiente estéril adecuado ni el necesario nitrógeno líquido, ni hielo seco, o sea, dióxido de carbono en estado sólido a -78,5º C, para la adecuada conservación de la mercancía y su transporte.

 

– En realidad -apostilla-, tengo entendido que buena parte de la población allí ni siquiera conoce el hielo normal común y corriente…

 

Esa frase cae a plomo en la sala y causa en los presentes el mismo efecto que cuando le quitas el tapón a un lavabo lleno de pececitos de colores.

Todas las opciones planteadas parecían a priori dinámicas y aparentemente baratas, pero quedan descartadas muy pronto por no resultar demasiado realistas ni tampoco fiables.

Tras un pequeño silencio entre los presentes en la sala, el investigador jefe no le da muchas vueltas: mejor encontrar un contacto en alguna institución de un país homologable, en alguna otra zona donde la subespecie del rinolofo sea endémica.

 

– Por ejemplo…, ¿qué tal en España?, dice.

 

Una rápida búsqueda en los archivos del Mac portátil que ha llevado el más joven de los presentes en la sala y que tenía abierto en esos momentos sobre la mesa les conduce muy pronto hasta un centro de investigación en el sur de Europa, concretamente en la ciudad de… Sevilla.

 

– Creo que podría valer -interviene el joven investigador. Se trata de una estación biológica vinculada a un valioso Parque Nacional en el límite sur de Europa, frente a las costas de África -todos prestan atención a lo que expone. Está catalogada como un organismo de buen nivel, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, una agencia estatal española que dedica sus esfuerzos al estudio y conservación de ese Parque, Reserva de la Biosfera, que lleva el extraño nombre de… Couto of Dounana.

– Eh, oye, eso de ahí es una eñe. Se pronunciará Douñana…, le corrige el medio portorriqueño.

– Sí, bueno, eso mismo: Couto of Douñana.

 

Todos buscan la mirada de aprobación del investigador jefe…

 

– De acuerdo, no perdamos tiempo. Inténtenlo ahí en primer lugar. Nos vemos mañana a la misma hora… -sentencia, antes de aplazar la reunión para dar tiempo a su equipo de colaboradores a tantear el objetivo, efectuar los contactos y realizar las primeras gestiones.

 

El equipo cosmopolita del laboratorio de expertos del Global Health and Emerging Pathogens Institute, perteneciente a la Icahn School of Medicine del Mount Sinaí Hospital, en la cumbre del universo científico, de la bulliciosa y activa ciudad de Nueva York, desconoce que está a punto de desencadenar un imprevisible “efecto mariposa” en el otro lado del mundo. Acaba de incendiar un avispero…

(Continuará)




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