(VÍDEOS) Al rodaje de “Dejen de prohibir…”, de Gonzalo García-Pelayo, le sobrarán varios días
En un año espera sumar siete nuevas obras a su inclasificable filmografía

Su reino no es de este mundo… O sí, no sé. Me refiero a Gonzalo García Pelayo y a su hermano Javier, dos depredadores de la realidad o, para bien decir, de las realidades que ellos circundan y les circundan, razón que les permitirá adelantar el final del rodaje de “Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo”, la película que graba o “rueda” en estos días en Sevilla, en al menos tres o cuatro días sobre lo previsto.

En la cabeza de Gonzalo hay una Thermomix que se traga y cocina el mundo en menos de lo que dura el rodaje de una de sus obras, pero delinea tantos matices en cada intento que de una película le sale una más y así sucesivamente, como matrioscas amontonadas las unas dentro de las otras.

 

 

A Javier, los argumentos se le atraviesan en la carretera como gamos y conejos en la media noche , se le disparan en todas direcciones y con ellos se entretiene en todos los vericuetos y barreduelas del camino hasta construir un universo de apariencia caótica pero completo, cuya fuerza procede, dice, del amor, que es el motor y la fuerza que mueve el mundo.

Tenían catorce días para el rodaje de “Dejen de prohibir que no alcanzo a desobedecer todo”, un paseo por las cosas cotidianas de los círculos concéntricos del underground que se arremolinan y habitan por debajo de Sevilla, pero todo ha ido saliendo como la seda y puede que les sobren tres o cuatro días.

Todo lo que sucede entre los cuatro hermosos y pacíficos callejones que se esconden en la plaza del Pelícano, allá por San Julián, no cabe en la caja de ningún guión y acontece con la naturalidad y la tensión que Gonzalo exige a cada actor y a cada actriz, que no interpretan sino que se vacían o se desangran cuando el director ordena “¡acción!”.

Javier ejerce de tornillo del abanico al que se sujeta casi toda la narración emocional y racional que discurre dentro de Gonzalo. Su sola presencia en la escena sujeta las miradas y sus pantagruélicas divagaciones arraciman las conversaciones sobre el asunto que Gonzalo elige: “Pretendo que esta escena le dé mucho coraje a casi todas las mujeres que la vean y si no, no importa, pero no impostéis lo que digáis aunque podéis entrar a saco…”, predica Gonzalo a sus actores antes de dar comienzo a una secuencia.

Mientras los demás descansan o preparan la siguiente toma, todos con una PCR o vacunados, Gonzalo rumia y trafica con su mundo interior, anárquico pero jamás despreocupado, para redirigir los discursos que soportarán un relato que se diría improvisado y que lo es sólo en la medida que olvidemos que ha necesitado la vida del propio Gonzalo y de los que intervienen para que ahora se desate y se reproduzca.

 

 

Gervasio Iglesias, su productor esta vez en La Zanfoña, no encuentra palabras suficientes en el Off Cinema ni en la “nouvelle vague” para definir el contenido ni la forma de rodaje de lo que está viviendo.

Gonzalo rompe el molde pero sabe cómo reconstruirlo, tal que si fuera un juego de ‘kintsugi’ japonés, esa técnica que recompone las piezas rotas de cerámica para dotarlas de una nueva vida con sus cicatrices.

No hay desperdicio en lo que concibe y crea, ni tiempo que perder, porque de aquí a la Semana Santa del año que viene, Gonzalo se ha propuesto rodar siete películas, algunas de ellas en lugares tan apartados como Argentina o Kazajstán, país este último que ha visitado recientemente como invitado de una bolsa de valores de criptomonedas que dicho país acaba de poner en marcha y en las que Gonzalo se ha convertido en un especialista después de su paso por el mundo de los casinos y el juego on line. Su último proyecto de esta tanda de ‘rodajes’ se centrará en San Gil, para grabar la entrada de la Macarena en su templo.

 

 

 

Creo que no conozco a nadie que haya pisado tantos países diferentes a lo largo de su vida como Gonzalo, que el año pasado estuvo interesado en embarcarse hacia Ruanda con nosotros para la grabación de un documental africano que la aparición de la pandemia dejó aparcado sine die, así que no descarten del todo que tenga que abrir un hueco en su agenda de intenciones para sumar un improbable rodaje más en esta peripecia inaudita e inclasificable.

Mientras tanto seguirá bañándose de músicas por dentro y ejercitándose en la edición de nuevos libros a través de la Editorial Gong, del mismo nombre que la célebre serie de discos que produjo para Movieplay.

Galería de imágines:

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