En el mundo del flamenco con decir un nombre propio, un apellido o un territorio se dice mucho. Y las más de las veces, todo. Es decir Paco y te viene a la memoria todo el toque claro y saliendo del hijo de La Lucía. Es pronunciar Manolo y es Sanlúcar y su playa de Montijo la que te zampa un toque por alegrías. Dices José y eso ya suena a San Fernando y a alcayatas gitanas. Si hablas de Antonio, es el maestro de los alcores, con su mascota y sus gafas de concha. Si mientas a los Ortega es Manolo Caracol y toda su casta flamenca y torera rozando los arriates de flores de la Alameda. O si hablas de Utrera, es Fernanda y Perrate los que se te vienen a los labios. Pero si dices Diego es Morón de la Frontera y su toque a cuerda pela: único, personalísimo.
Pero hoy gritamos el nombre de Dieguito (Diego Torres Amaya). Y Dieguito era —es— Dieguito, con sus sombras y sus luces, con sus contradicciones y sus rasgueos dobles. O triples.
Nos hemos enterado a media mañana de la negra noticia de la muerte del quinto —nunca hay quinto malo— hijo de la familia que formaron Joselero y Ángeles Amaya. En el cielo se entrecortaban las nubes y me trajeron sus formas y sus modos a la memoria que no olvida. Las nubes me parecieron unos pelos largos al viento; una mirada desquiciada que busca los infiernos y la candela a la que arrimarse; una guitarra flamenca…
La noticia de su muerte la he presenciado en las playas de arena dorada de las Islas de Tavira. Subía la marea y el soniquete de las olas me sonó a tu toque natural, nunca impostado. La ojana no tuvo sitio ni en tu vida ni en tu obra. Siempre libre, siempre mirando al horizonte, donde ahora el mar portugués se confunde con el cielo infinito. Siempre buscando el último escalón de la excelencia a través del camino de la genialidad.
Se nos ha muerto Diego de Morón, que lo han velado en Alcalá de Guadaíra con un cante por soleá de Joaquín el de la Paula de fondo y le darán tierra donde nación, donde las calles blancas son protagonistas de todo, con una entrada por seguiriyas de su padre, Joselero, agarrándose a los hierros antiguos del cante de siempre: sonido a bóveda, a cueva, a gruta aún no descubierta.
Diego fue —es— el tocaor de Morón más lejano a Morón. Y me explico. Su primo Juan del Gastor es la gracia y la frescura de su tío Diego. Paco es aquel toque de la finca Espartero llevado a lo excelencia, a la limpieza en la ejecución y en la suprema suerte de saber lo que se quiere expresar y, además, expresarlo. Dieguito no era esto. Diego era —sigue siendo— la libertad y, a veces, la anarquía; el esperar la última nota del compás sin saber por dónde va a salir la cosa; la genialidad; enigmático; el pellizco jondo; lo visceral; el toque arrebatado. Un tocaor distinto con sonidos distintos. Como Niño Miguel, como Riqueni…
Ya se lo dijo su padre en aquel recital en la Sala Zeleste de Barcelona, en 1976, cuando Diego comenzó a tocar y a dar rienda suelta en el inicio por soleá: “No me hagas esas cosas…”. Pues nos la ha hecho.





