Ha muerto El Cabrero, y con él parece agrietarse una generación entera de flamencos que cantaban como quien ara la tierra: despacio, con fatiga, con verdad. Los años han ido doblando las espaldas de aquel linaje bronco y campesino. Ahora el silencio entra por las puertas de las gañanías donde antes resonaban martinetes, tonás y fandangos con olor a sudor y jara.
Al fondo, como una sombra antigua, suena el toque desnudo de Paco del Gastor: una guitarra de cal y polvo, de madera herida por madrugadas interminables. Sobre esas cuerdas parecía caminar la voz de El Cabrero, áspera y mineral, una voz que no buscaba adornos sino verdad, como si quisiera parecerse al silencio del campo cuando cae la tarde sobre los olivares.
Cantó para los jornaleros, para los olvidados, para quienes aprendieron a mirar la vida desde la dureza del terrón. Sus letras levantaban ampollas porque estaban hechas de hambre, rebeldía y dignidad. Nunca quiso domesticar el cante ni convertirlo en vitrina. Iba por los escenarios con la misma dignidad austera con la que un pastor atraviesa la sierra acompañado apenas de sus cabras y de su sombra.
Nacido en Aznalcóllar, hijo de la tierra y del trabajo humilde, José Domínguez convirtió el flamenco en un grito de conciencia. Su carrera fue larga y desobediente: festivales, peñas, noches interminables de cante jondo y discos donde la protesta convivía con la seguiriya más honda. Nunca dejó de ser aquel hombre del campo que miraba al poder con desconfianza y al pueblo con ternura amarga.
Hoy el flamenco amanece un poco más viejo. Se marcha una manera de entender el arte: sin maquillaje, sin cálculo, sin más escuela que el polvo de los caminos y la memoria de los mayores. Quedan sus cantes suspendidos en las tabernas vacías, en las radios de los tractores, en las noches donde algún aficionado todavía escucha cómo la pena puede hacerse música.
Y mientras el eco se apaga lentamente, parece que Andalucía entera guarda luto bajo un cielo de cobre. Porque hay voces que no mueren del todo: se quedan temblando en la tierra, igual que el viento entre los olivos.

El Cabrero con el cantaor Miguel Vargas. Semana Cultural de Actividades Flamencas de Paradas. Foto: Beni
…






1 Comment
Se ha ido un gran cantaor, muy político para muchos, quizás pecara de eso, pero muy de raza y con una sensibilidad social bestial como reflejaba en sus letras. Un cantaor de los que le gustaba aprender de otros y de los que se forjó. Tan puro y sencillo como el amanecer o como las amapolas que se crían entre las hazas de trigo y heno. Yo coincidía con él muchas veces cuando salía con las cabras y tuve largas conversaciones….. «niño…. que me gusta esa llegua andando… suéltala de la boca pa que se estire»…. se me ponen los vellos de punta. Dios quiera que allá donde esté ahora le siga cantando a las injusticias sociales.